Viviendo en El Aleph

Internet, cibercultura, sociedad de la información

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Tendencias mediáticas en América Latina

Publicado por rtrejo on Abril 9, 2007

Publicado en Zócalo, febrero de 2007 

    Los medios de comunicación han sido el motor cultural y social de la globalización contemporánea. Más que la apertura de mercados y la trasnacionalización de capitales, pero junto con ellos, la propagación de mensajes más allá de cualquier frontera geográfica o política y la homogeneidad de muchos de esos contenidos han significado un cambio drástico en la apreciación que la gente tiene acerca de sí misma y del mundo en el que vive. Ese nuevo entorno implica transformaciones en muchas direcciones.

   La apreciación catastrofista, que le asigna a la globalización un carácter esencialmente perverso, sirve de poco para entender esos cambios pero, además, conduce a una parálisis analítica y política porque al subrayar solamente sus consecuencias indeseables llega a magnificar e incluso a mitificar los efectos de la internacionalización económica y cultural. La apreciación complaciente, que busca solamente los rasgos virtuosos de un proceso que encierra profundas desigualdades sociales e incluso las acrecienta, tampoco es el enfoque más adecuado en el plano del análisis intelectual ni en el terreno de la elaboración de políticas. 

Híbrido espacio cultural    

   La globalización cultural es un proceso. No surge de manera súbita. Tampoco conduce a la suplantación drástica de las culturas nacionales y locales. Se trata, más bien, de una sucesión de inter-influencias mutuas, de una serie de hibridaciones como ha sugerido, entre otros, Néstor García Canclini. En ese proceso las culturas nacionales y locales ceden algo de espacio a los contenidos de carácter global –que son fundamentalmente, aunque no de manera exclusiva, de índole estadounidense–. Pero al mismo tiempo un segmento de los valores, rasgos y tradiciones de las culturas locales y nacionales comienza a formar parte de la que, en aras de la descripción breve, podemos denominar como cultura global.      En el espacio cultural iberoamericano concurren, así, contenidos de toda índole. Allí hay sitio para las culturas locales al mismo tiempo que para expresiones de la cultura trasnacional que irradian los medios de comunicación. En todos nuestros países, así como en otras regiones del mundo, la gente se entretiene mirando series estadounidenses como Lost, 24 y Sex and the city pero también aplaude la música y la figura de Shakira, las composiciones de Chico Buarque, las caracterizaciones de Penélope Cruz y Antonio Banderas, las canciones de Luis Miguel o las jugadas del Barsa y el Real Madrid. Los contenidos hispanoamericanos forman parte del caudal que circula en los medios de comunicación de dimensiones globales. Eso no significa que toda nuestra idiosincrasia ni todas nuestras costumbres estén siendo determinantes en esa cultura global.

   En esa avalancha de contenidos se amalgaman expresiones, características y tradiciones de numerosas culturas regionales y nacionales. Al mismo tiempo, por lo menos hasta ahora, las culturas locales y regionales se mantienen gracias a que forman parte de la gente que las nutre y reproduce.

    Las nuevas tecnologías facilitan e intensifican esos procesos de amalgama cultural pero, además, comienzan a crear nuevas formas de consumo, generación y apropiación de contenidos. Por una parte, llevan hasta las audiencias más diversas los contenidos de la heterogénea pero omnipresente cultura global. En segundo término permiten algunas formas de intercambio e interactividad que la gente aprovecha para ampliar sus redes de relaciones personales y, en ocasiones, para propagar sus propias creaciones culturales. En tercer lugar, esas nuevas tecnologías hacen posible la reproducción de muchos de esos contenidos por mecanismos de apropiación y circuitos de distribución paralelos y en ocasiones contradictorios con el mercado institucional –la reproducción y distribución de archivos de vídeo y música más allá del copyright tiene delicadas implicaciones legales pero, al mismo tiempo, se ha convertido en una peculiar pero efectiva forma de democratización del consumo cultural–.

 El idioma y la Red      

    Influido y constantemente modificado por la cultura global, el espacio hispanoamericano tiene rasgos que lo singularizan. El primero de ellos es, desde luego, el idioma. El sustrato común que significa el español permite que se mantengan constantes flujos de bienes culturales, mantiene un contexto compartido y, sobre todo, les da a nuestros países una identidad común.    Sin embargo ese sustrato que significa la lengua no es apuntalado con el interés y los recursos que harían falta para sustentar ese asidero de nuestra identidad compartida. Los proyectos bibliográficos, comunicacionales, periodísticos, artísticos y/o cinematográficos que podrían desarrollarse para promover contenidos y la lengua común en estaos países, siguen resultando escasos.     Ante la insuficiencia de políticas nacionales y regionales de suficiente calado, la identidad común en nuestras naciones es promovida fundamentalmente por los grandes medios de comunicación de masas. En la mayoría de ellos, como es de suponerse, la producción de contenidos no suele estar orientada por la calidad sino por la búsqueda de rendimientos financieros.    

En nuestros países la mayor parte de la sociedad depende, para su consumo mediático, de los canales de televisión abierta; el acceso a plataformas de televisión satelital, o por cable, sigue siendo un privilegio al que tienen acceso segmentos aun minoritarios de la población o, en otros casos, solamente los habitantes de las grandes zonas urbanas.    Internet no ha llegado a ser un auténtico contrapeso a la hegemonía comunicacional de los medios tradicionales. En la mayor parte de América Latina las tasas de acceso a la Red todavía son inferiores al 20% de la población. Los contenidos en español se han incrementado pero no tanto como los que se propagan en otras lenguas en la Red de redes. La creación de tales contenidos para Internet ha quedado fundamentalmente supeditada al interés mercantil o al afán comunicativo de pequeños y a veces aislados grupos de usuarios. En pocos países latinoamericanos (Brasil y Chile, destacadamente) ha existido una política estatal para impulsar el desarrollo tanto de la cobertura como de contenidos nacionales en Internet. Y si las políticas nacionales en ese terreno han escaseado, mucho mayor es la ausencia de políticas regionales para Internet. Fuerza de los medios     

   En ausencia de contrapesos y junto con el declive en la presencia social de otros actores públicos (como las instituciones del Estado, o los partidos políticos) la influencia social de los medios tradicionales ha crecido tanto que, en ocasiones, rivaliza con los poderes establecidos. No resultó sorprendente, por ello, que el Informe sobre la Democracia en América Latina que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo presentó en 2004 identifique a los medios de comunicación entre los poderes fácticos más influyentes en esta región.

   La fuerza política de los medios llega a determinar decisiones u omisiones de los poderes establecidos (como sucedió en México a comienzos de 2006 con la aprobación de una reforma de legal tan favorable al interés de las corporaciones mediáticas que llegó a ser conocida como Ley Televisa). Paradójicamente, en experiencias como esa, los medios privados llegan a padecer un costo político significativo cuando en la sociedad se extiende la convicción de que tales empresas están abusando del poder que tienen.

    Los medios públicos no alcanzan a constituir una alternativa sobre todo cuando experimentan carencias financieras tan acusadas como las que padecen numerosas emisoras estatales en América Latina. Los medios comunitarios han experimentado un desarrollo desigual: suman centenares o quizá millares en Brasil y Argentina pero solamente –a lo sumo– un par de docenas en México. En todos los casos, su sola existencia contradice la concepción que suelen tener los empresarios de la radiodifusión privada que habitualmente se consideran propietarios de todo el espacio radioeléctrico y no únicamente concesionarios de algunas frecuencias. 

Acaparadores empresarios   

¿Fortalezas y debilidades? Si se les puede llamar así, para la industria de la comunicación, que es esencialmente privada, entre las primeras se encuentran el acaparamiento que hacen de las frecuencias de transmisión –hay muchos canales en pocas manos– y, por lo tanto, el monopolio que ejercen sobre las audiencias. Uno de los patrimonios más importantes de tales empresas es la experiencia técnica y comunicacional que han mantenido y consolidado durante, en ocasiones, más de medio siglo. Entre sus desventajas se encuentran la frecuente reticencia a cualquier innovación –lo mismo en materia de contenidos que de índole política, cultural o tecnológica–, el discurso estrecho y a menudo maniqueo que promueven acerca de los asuntos públicos, el afán para aprovechar políticamente la ventaja que suelen tener frente a otros actores públicos y el escaso interés que manifiestan para tomar en cuenta a sus audiencias como algo más que resignados conglomerados de pasivos consumidores de mensajes. Muchos de los empresarios mediáticos latinoamericanos más relevantes mantienen una visión del mundo tan estrecha que no suelen interesarse en producir o difundir contenidos capaces de reivindicar la identidad común de la región o de apuntalar el desarrollo de nuestro idioma.    

   (A fines de 2006 la Fundación Telefónica, de Madrid, les pidió a varias docenas de investigadores de la comunicación en Iberoamérica que respondieran a un cuestionario sobre las fortalezas y las debilidades del espacio mediático en nuestros países. La síntesis de ese sondeo aparecerá en el Informe Anual Tendencias que dirige el profesor Bernardo Díaz Nosty. El texto anterior recoge las respuestas que presenté a ese cuestionario).

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Internet, la gran conversación

Publicado por rtrejo on Diciembre 12, 2005

Comunicación tradicional y comunicación virtual en el universo de la red de redes

 Fragmento del ensayo “Internet, la gran conversación” publicado en Iberoamericana, del Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín. Berlín, 2002.

 

20 años después de haber comenzado a expandirse y a una década del surgimiento de las páginas web, Internet ocupa ya un sitio propio entre los medios de comunicación. Todavía se debate si es una amalgama de los medios convencionales o la anticipación de un nuevo espacio multimedia y omnipresente. Como quiera que sea la red de redes forma parte de la vida contemporánea y su aun insuficiente cobertura es uno de los desafíos principales para los países en donde el desarrollo de Internet ha sido balbuceante o desigual.

   No ha pasado mucho desde que en 1982 el equipo encabezado por Bob Kahn y Vinton Cerf desarrolló el protocolo TCP/IP, que sería el lenguaje común a las computadoras conectadas a la red de redes (PBS, 1997). Ese año se empleó por primera vez el término Internet para designar al entramado de sistemas de cómputo cuyo entrelazamiento había comenzado años antes a partir de un proyecto militar del gobierno estadounidense. Tampoco ha transcurrido demasiado desde que en 1991 Tim Berners Lee creara en Ginebra el protocolo que permitiría desarrollar la world wide web, el espacio audiovisual que se constituyó en la esencia de Internet. El desarrollo de la red de redes en apenas una década ha sido al más intenso que haya experimentado medio de comunicación alguno en la historia de la humanidad, aunque aun existen amplias zonas en donde la Red es casi inexistente o constituye un privilegio para grupos muy acotados dentro de la sociedad.

 “El medio” en la primera crisis del siglo 21

   Conforme Internet desarrolla sus características y se distingue de la radio, la televisión y la prensa, tienden a quedar atrás las discusiones sobre si la red de redes es o no un medio de comunicación. Internet está ocupando un sitio propio al lado de los medios tradicionales a los cuales no desplaza, aunque tampoco depende de ninguno de ellos para ser reconocida como vía, espacio e instrumento de comunicación.

   Todos los medios, incluso la red de redes, quedaron a prueba cuando ocurrió la tragedia del 11 de septiembre de 2001. La necesidad de información de millones de personas en todo el mundo saturó los sitios de noticias y los buscadores más conocidos de Internet a tal grado que algunos de ellos, como Goggle y Altavista, colocaron avisos invitando a sus usuarios para que buscaran información en la televisión y la radio. En las horas iniciales después de los ataques terroristas la Red sirvió para encauzar a sus usuarios a que sintonizaran los medios tradicionales. Pero una vez que se habían conocido la caída de las Torres Gemelas y el ataque al Pentágono Internet asumió y potenció sus propios rasgos. Mucha gente encontró allí información sobre los grupos a los que se atribuían los atentados o pudo expresar, sin restricción de ninguna índole, sus sentimientos ante ese terrible suceso. Otros pudieron colocar avisos sobre el rescate de víctimas o recaudar fondos para aquellas tareas.

   Internet fue espacio, durante días y semanas, para que se manifestaran consternación, indignación, temores, dudas, recelos, ayuda y solidaridad en torno a la tragedia del 11 de septiembre. Con razón la fundadora de The Webby Awards (que han llegado a ser en Internet el equivalente a los Óscares en la industria del cine) decía a fines de 2001:

   “A través de los últimos meses, la red ha brillado como un medio fundamental para la comunidad, la comunicación y la información. Todos los tiempos de guerra tienen un medio que los define y que les permite a los civiles experimentarlos desde la seguridad de sus hogares. La Guerra Civil tuvo a la fotografía, la Segunda Guerra Mundial a la radio, Vietnam a las cadenas de noticias, la Guerra del Golfo a la CNN y las noticias por cable. La ‘Guerra contra el Terrorismo’ tiene a la Red. Realmente ha desempeñado y continúa jugando un papel crucial. La Red ha hecho nuestra información  más global, suministrando a los americanos acceso a perspectivas extranjeras, perspectivas alternas desde diferentes países y puntos de vista religiosos. Ha facilitado la comunicación, las condolencias y la asistencia. La gente volteó a los foros de la Red para compartir pensamientos. Los soldados están enviando correos electrónicos y empleando sitios web para comunicarse en tiempo real con sus familias y amigos en casa, permitiéndoles permanecer más conectados diariamente. La infraestructura para la donación en línea establecida después del 11 de septiembre propició donativos de millones de dólares en las semanas posteriores a los ataques. Además, los homenajes en línea crearon un espacio común para que se reunieran personas que pudieran no estar en el mismo punto geográfico a recordar y compartir sentimientos acerca de la vida de sus seres queridos” (Shlain, 2001).

   Aun es pronto para advertir con precisión los alcances de esta guerra y los atributos mediáticos que a la postre se le hayan de reconocer, aunque ha quedado claro el intenso empleo de los medios  tanto por parte del terrorismo como del gobierno de Estados Unidos. En varios momentos los medios de mayor cobertura han quedado acaparados por las imágenes y el discurso suscitados por uno u otro de esos actores desde los atentados del 11 de septiembre (fecha a partir de la cual hemos visto centenares de veces las siempre crispantes imágenes de los aviones estrellándose contra las torres neoyorquinas) hasta la propagación de los videos que mostraron a Bin Laden arengando o ufanándose de aquellos acontecimientos.

   La polarización mediática ha sido determinada tanto por el enorme dramatismo de tales hechos como por la censura y las exigencias del gobierno de Washington que ha presionado especialmente a los grandes medios en los Estados Unidos. En ese panorama Internet ha sido un espacio propicio para que se conozcan y confronten otras voces, capaces de contribuir a establecer un panorama menos esquemático y más útil para entender esta nueva guerra.

   Así que de la misma manera que horas y días después de los atentados del 11-S Internet afianzó sus rasgos como espacio de expresión abierta y diversa –y también informadora y solidaria– gracias al interés de millones de usuarios que se asomaron a ella para decir sus inquietudes y conocer las de otros, esa capacidad fue manifiesta delante de la parcialidad de los medios de comunicación convencionales.

La red de redes: sitio, espacio y medio

   Internet propaga mensajes similares, o idénticos, a los que suelen distribuirse por los medios convencionales. Además difunde contenidos que habitualmente no encuentran cabida en la televisión, la radio o la prensa industriales. Es un medio de comunicación pero además es un lugar o un conjunto de sitios que pueden ser visitados, creados o incluso modificados por sus usuarios. Y también es un espacio social (Poster 2001: 176) en donde convergen las más diversas expresiones.

   ¿Qué define a un medio de comunicación? Vale la pena recordar, aunque parezca un tanto obvio, que los medios comunican a partir de sus capacidades para llevar mensajes de un sitio a otro. Pero el acto de comunicar no se resuelve en la mera transmisión de un mensaje sino cuando es recibido. Para que haya comunicación, como establecieron los viejos patriarcas del estudio de esta disciplina, se precisa la existencia de emisor y receptor. Muchos incluso, consideraban que el acto de comunicar solamente se realizaba cuando el receptor podía, a su vez, responder al mensaje que recibió.

   Si no hay comunicación sin receptor es preciso advertir que la forma en que un mensaje es entendido –decodificado, como gustan decir algunos autores– depende entre otros factores del contexto del receptor. Una noticia sobre secuestros de aviones la entenderé de manera distinta si estoy a punto de tomar una aeronave; el reporte del clima en Hamburgo me resultará indiferente si no conozco a nadie o no pienso viajar a esa ciudad; si tengo el televisor encendido al mismo tiempo que desayuno y leo el periódico la atención a lo que allí se dice resultará mucho menor a la que tengo cuando no hago mas que contemplar y escuchar los mensajes que surgen de la pantalla. El acto de comunicar se resuelve de maneras diferentes y un mismo mensaje adquiere implicaciones y significados según la situación –física, emocional, cognitiva, etcétera– de quien lo recibe.

   La comunicación implica un continente, es decir, el mecanismo merced al cual un mensaje es enviado; en segundo término requiere de un contenido que es aquello que se comunica. Muchas de las descripciones tradicionales del proceso de comunicación se agotan en el acto en el cual un mensaje es propagado (es decir, en la caracterización del continente y el contenido). Pero la relación emisor-receptor depende, para ser tal, del estado en el que ese mensaje será recibido y, entonces, entendido.

   En otras palabras, la comunicación es mensaje y además, parafraseando a Ortega y Gasset, el receptor es él y su circunstancia. Para que el proceso de comunicación culmine y a fin de que sea posible entender cómo se desarrolla hay que tomar en cuenta, además del continente  y el contenido, al contexto en el cual un mensaje se decodifica.

   Esa circunstancia es creada, en parte, por las características técnicas del medio (la televisión reclama la mirada y el oído, el diario requiere que abramos sus páginas manualmente, etc.) y por condiciones materiales y anímicas del receptor. Cada medio tiene lenguajes y estilos que condicionan las maneras como sus mensajes pueden ser aprehendidos. La televisión, exigente con sus audiencias, impone una atracción magnética; la radio envuelve a través del oído y provoca la imaginación; la prensa obliga a un esfuerzo de concentración peculiar con la vista y la atención fijas. Todo esto es muy evidente. Pero hasta ahora se ha reflexionado poco acerca de las condiciones que Internet produce como medio de comunicación y que, a su vez, condicionan las maneras en que sus mensajes son percibidos.

Cibernautas del multimedia y el hipertexto

   La singularidad de un medio de comunicación depende de las capacidades que tenga para interesar e involucrar a los destinatarios de sus mensajes. Por ejemplo, la proyección de una película en una sala cinematográfica es envolvente y la pantalla, iluminada en medio de un entorno oscuro, nos obliga a supeditarnos a la sucesión de imágenes que desfilan sobre ella. La televisión requiere que nos coloquemos frente a ella y su eficacia radica en la combinación de imágenes y sonido que se sobreponen a su entorno –si queremos conversar con alguien es preciso reducir el volumen del sonido y si la charla es algo más que casual debemos apartar la mirada del televisor para ver a nuestro interlocutor–­.

   ¿Cuál es el contexto que establece la comunicación a través de la computadora y específicamente Internet? ¿Qué exigencias y condiciones implica esta forma de comunicación? En la Red se pueden reconocer la atracción visual, de intensidad que llega a ser hipnótica, que tiene la televisión. También tenemos texto e imágenes fijas como en la prensa y sonido igual que en la radio.

   Inclusive algunos de los hábitos en el consumo de los medios tradicionales se reproducen en Internet. Igual que pasamos las páginas de un diario podemos recorrer una página en la red deslizando el cursor. Así como hacemos zapping delante del televisor es posible brincar de uno a otro sitio web. De la misma manera que podemos leer una revista mientras escuchamos un disco de música, podemos acompañar nuestra exploración en Internet con sonido de fondo. Todas esas son rutinas en el empleo de los medios convencionales que ha sido posible trasladar al uso de Internet. Pero la red de redes no se singulariza por su atracción visual, ni por la posibilidad de incorporar sonido, ni por su capacidad para propagar imágenes y texto. Lo que distingue a Internet de otros medios es la amalgama de todos esos formatos y recursos y su carácter abierto tanto en la variedad de contenidos, como en las opciones que ofrece para que sus consumidores interactúen –o no– delante de ellos. Se trata de un instrumento multimedia y con capacidades de intercambio recíproco.

   El profesor Charles Soukup ha identificado las actitudes más frecuentes en la aproximación de los estudiosos de los medios a la comunicación mediada por computadora (CMC): “En general, los investigadores y teóricos se han acercado a la CMC desde tres amplias perspectivas. Primero, un grupo pionero de investigadores vio al contexto de la CMC como impersonal, técnico y distante. En respuesta a esa investigación temprana, un segundo grupo de investigadores miró a la CMC como personal, normativa y compleja. En tercer término, muchos académicos críticos y retóricos han ofrecido su análisis de las implicaciones sociales de la CMC. Desafortunadamente… esas perspectivas a menudo han sobre enfatizado los códigos textuales de la CMC y han fracasado al registrar las complejas aplicaciones multimedia” (Soukup 2000: 411).

   La red de redes se apoya en formatos multimedia y sus contenidos se relacionan de manera versátil y flexible a través de enlaces de hipertexto. La multimedia implica la fusión de recursos de los medios tradicionales –audio, texto, video– gracias a la digitalización de la información. El hipertexto resulta del empleo de programas de cómputo para ofrecer distintas opciones de recorrido “a partir de un texto principal, donde el usuario puede vincular información secundaria o explorar referencias cruzadas de manera no lineal” (Regil 2001: 23). Las ligas que aparecen en una página web nos permiten saltar a otro lugar de ese sitio o a un domicilio diferente dentro de la red de redes de tal manera que tenemos la capacidad de organizar nuestra lectura de acuerdo con nuestros intereses y prioridades.

   Cuando leemos un libro nos ajustamos al recorrido que su autor ha establecido previamente. Cuando pasamos por las páginas de una revista elegimos en qué textos o fotografías detenernos pero siempre dentro de los confines de esa publicación impresa. En Internet en cambio según nuestros caprichos o inclinaciones podemos organizar nuestra lectura, dicho sea de la manera más amplia porque en la pantalla no leemos solo caracteres lingüísticos sino además imágenes y sonidos –y ya se incursiona en la incorporación de sensaciones táctiles y olfativas e incluso sabores que podrán ser percibidos a través de instrumentos incorporados al ordenador–.

   La organización multimedia de los contenidos en la red de redes no propone caminos únicos sino tantas rutas como quiera el afán exploratorio del consumidor de esa información. Desde luego casi siempre hay opciones que sus editores proponen para aprehender los contenidos de un sitio web, especialmente aquellos que reproducen contenidos de los medios tradicionales. La página en Internet de un periódico que además circula de manera convencional imita la lógica de la edición impresa: primera plana, secciones de finanzas, deportes, comentarios, etcétera. El usuario puede seguir ese orden tradicional o modificarlo, de la misma manera que quienes prefieren comenzar por la sección deportiva del diario. Pero a diferencia del lector de la edición en papel y tinta, el consumidor de la versión electrónica puede volver o avanzar a cualquier zona del periódico tan solo con hacer click en una liga de hipertexto.

   El consumo de contenidos en este formato exige de un comportamiento más activo que el de quien mira el televisor o pasa las páginas de un diario. A diferencia de la lectura lineal, la comunicación hipertextual asume características de un viaje. Con razón, al uso de Internet se le llega a denominar navegación. Nadie habla de navegar a través del televisor pero sí mediante la red de redes.

   No hay telenautas pero sí cibernautas: esa connotación de desplazamiento y migración se la confieren a Internet y a sus usuarios tres características: a) las dimensiones de la red de redes, b) la ubicuidad constante de sus sitios independientemente del emplazamiento desde donde los rastreemos gracias a nuestro navegador y c) la posibilidad de brincar de un sitio a otro en un recorrido que trasciende entonces la lógica del desplazamiento lineal y territorial que hasta ahora había sido convencional.

Multimedia + interacción = hipermedia

   Otra diferencia definitoria y esencial entre Internet y los medios convencionales radica en las cuantía de los canales emisores y en las dimensiones de los contenidos. La televisión, incluso actualmente cuando es posible la recepción de centenares de canales a través de una sola antena satelital o por un solo cable tiene una capacidad limitada: no podemos recibir más señales que las que pasan por el traspondedor del satélite o las que pueden ser conducidas en la fibra óptica. Un diario o una revista son acotados por el continente de sus mensajes que son las páginas en las que puede imprimir.

   En cambio en Internet el continente y los contenidos tienen capacidades cuantitativamente ilimitadas –o casi–. La cantidad de sonidos, imágenes fijas o en movimiento, texto y cualquier tipo de archivos digitalizados que puede albergar la Red es tan amplia como la capacidad de almacenamiento de las computadoras que alojan páginas y sitios web.

   Navegar por Internet es, potencialmente al menos, una aventura que puede cursar por senderos versátiles, exuberantes e incluso inesperados. El formato multimedia enriquecido por las características digitales –aunque con la limitación que todavía significa el llamado ancho de banda al que nos referimos más adelante– amplía las capacidades que cada medio tiene por separado. Ese atributo,  al amalgamarse con la vasta capacidad de almacenamiento que le confiere su condición de red de redes, sin un centro único y diversificada en centenares de miles o millones de computadoras que alojan contenidos, permite que Internet sea un medio de medios: el multimedia que alcanza la condición de hipermedia.

   El hipermedia mezcla atributos de los medios convencionales, propone opciones versátiles para la apropiación de los mensajes y exige una atención e incluso un compromiso intensos por parte de sus usuarios. Por hipermedia se entiende el: “Sistema informático de combinación de texto, imagen y audio, diseñado y producido con intenciones determinadas, que –en términos generales– pueden ser: educar, entretener o informar. Una vez producido, las formas de interrelacionar los elementos del conjunto, dependerán de la capacidad de interacción usuario-contenido. Su característica fundamental, y quizás la más revolucionaria, es la posibilidad de enlace entre diferentes medios que lo componen (texto, imagen y audio). Particularidad que permite la ruptura de la estructura lineal, presente de hecho, hasta hace poco, en todos los medios” (Regil 2001: 50).

   Los medios tradicionales difunden hacia públicos masivos, en tanto que Internet propaga sus contenidos a audiencias de lo más diversas –independientemente de que sean abundantes o limitadas–. Esos contenidos son finitos en los medios tradicionales pero Internet prácticamente no tiene barreras para albergar toda clase de mensajes. A los medios convencionales se les suele consumir en localidades específicas (con excepción de casos peculiares como el que constituye la CNN, de alcance planetario o casi) y a Internet se puede acceder dondequiera que haya computadora, módem, línea telefónica o otra clase de conexión a la red de redes.

   En algunos aspectos Internet supera características de los medios tradicionales. En otros, no. De hecho, ponerla en contraste con ellos no constituye la mejor manera de entenderla. Si estamos de acuerdo en que Internet es un medio de comunicación específico, distinto a otros aunque tenga rasgos de los medios tradicionales, también podremos admitir que no es necesario encontrarle ventajas sobre ellos para advertir sus posibilidades distintivas.

   Sin embargo el discurso más frecuente acerca del futuro de Internet como medio de comunicación sugiere que solo alcanzará sus capacidades plenas cuando haya podido fusionarse con la televisión. Pareciera que los promotores industriales y los diseñadores técnicos de la red de redes no estarán satisfechos sino hasta que Internet desplace a la televisión tal y como la conocemos hasta ahora.

   Posiblemente con el tiempo, además del desarrollo tecnológico y su propagación entre la gente, Internet quede incorporada a un sistema de comunicaciones que se difunda por canales de información digital diseminados a la manera en que ahora funciona la red de redes. La televisión, o el dispositivo multimedia que la sustituya, será una de las vías de salida, aunque no la única, de los contenidos que ahora conocemos a través de Internet y de los muchos más que serán elaborados y colocados en línea. Pero es difícil hacer pronósticos tajantes, de la misma forma que resulta apresurado decir que Internet no se realizará como medio de comunicación sino hasta que esa simbiosis tenga lugar.

Angosto ancho de banda y extensa brecha digital

   Aunque al terminar el primer año del siglo XXI la capacidad de la red de redes es notablemente superior a la que tenía una década antes, cuando surgió la world wide web, todavía es casi imposible recibir a través de Internet mensajes audiovisuales de un tamaño similar a los que obtenemos a través de la televisión. Quienquiera que haya visto televisión difundida por Internet conoce su deficiente calidad, resultado tanto de la velocidad con que se envían por la Red  los paquetes de información como de la memoria no siempre óptima de los equipos de cómputo que empleamos para conectarnos a ella. El desarrollo de las comunicaciones electrónicas llegará a ofrecer velocidades muy superiores pero para ello faltan varios años, incluso con la propagación de conexiones satelitales que son notoriamente más rápidas pero de mayor costo que las que se apoyan en la línea telefónica o en el cable coaxial.

   El “ancho de banda” (bandwith) como se le llama a la cantidad de datos que se pueden transmitir por una línea conectada a Internet, aun no permite la difusión de señales audiovisuales de calidad equiparable a la que tenemos en la televisión convencional. Sin embargo ya es usual la difusión por Internet de estaciones de radio con un sonido de calidad digital aunque eventualmente interrumpido por las desconexiones o las alteraciones en el enlace de un equipo de cómputo a otro.

   La escasez del ancho de banda se resolverá conforme se desarrolle la tecnología, lo cual irá acompañado de inversiones financieras que harán posible esa evolución. En cambio para solucionar la otra gran limitación que tiene Internet y que es su pobre presencia en la mayor parte de los países se requieren tecnología y dinero, pero también políticas estatales que no siempre cuentan con la permanencia, la solidez, los recursos y la visión de futuro que se necesitan para la propagación de la red de redes. En tanto que en los países más desarrollados en América del Norte y Europa los usuarios de Internet a fines de 2001 alcanzan ya a la cuarta parte de la población y en algunos casos llegan a la mitad o más, en el resto del mundo representan unos cuantos puntos porcentuales.

   En el umbral de 2002 en Australia el 26% de la población tiene conexión a Internet, en Bélgica el 26%, en Canadá el 45%, en Finlandia el 39%, en Francia el 18%, en Alemania el 31%, en Irlanda el 25%, en Italia el 19%, en Japón el 18%, en Noruega el 49%, en Holanda el 43%, en Portugal el 20%, en España el 18%, en Suecia el 51%, en Suiza el 47%, en el Reino Unido el 55% y en Estados Unidos el 61%.

   En América Latina, en Argentina tiene acceso a Internet el 5.5%, en Brasil el 3.5%, en Chile el 12%, en Colombia el 1.7% , en Cuba el 0.4% y en México el 2.5%.

   Esa situación no mejora en otras zonas del mundo. En China solamente tiene acceso a Internet el 1.7%, en Egipto el 0.65%, en la India el 0.5%, en Filipinas el 2.4%, en Marruecos el 0.17% y en Rusia el 5.2% para no referirnos a la mayoría de los países de África o Asia. Estos porcentajes los hemos calculado a partir de la información, originada en numerosas fuentes, que compila y actualiza regularmente el INT Media Group (CyberAtlas, 2001). Estos datos cambian constantemente y en algunos casos no se trata de los más recientes, pero dan una idea de la dispar distribución del acceso a Internet en el planeta.

   La brecha digital como la han denominado numerosos investigadores y activistas preocupados por el insuficiente crecimiento del acceso a Internet en el mundo menos desarrollado no se resolverá pronto ni de manera uniforme. Se trata de la expresión informática de las desigualdades que cruzan al mundo y también, de las que existen en cada país. Es pertinente reconocerla para acotar los alcances de Internet como medio de comunicación. Sin demérito de las capacidades que tiene en sí misma, la red de redes no puede comunicar nada en donde no hay equipo ni capacidad técnica para conectarse a ella.

   El siguiente cuadro ha sido elaborado con porcentajes calculados a partir de una fuente distinta de la anterior y por eso la proporción de usuarios de Internet respecto de la población no coincide con las cifras que mencionamos líneas atrás. Los datos de este cuadro son previos a los que registra la fuente mencionada en los párrafos anteriores pero permiten comparar la gran diferencia que hay entre el acceso a la red de redes y el consumo de otros medios –el teléfono y la televisión– en algunos países de América Latina.

 

Teléfonos, usuarios de Internet y televisores en

nueve países de América Latina.

Porcentajes sobre población

 

Líneas telefónicas principales

Usuarios de Internet

Televisores

Argentina

20.1 %

2.47 %

28.6 %

Brasil

14.9

2.08

31.6

Colombia

16.0

1.4

21

Costa Rica

20.4

3.8

22

Chile

20.7

4.1

23

México

11.2

2.6

25.3

Perú

6.7

1.6

14

Uruguay

27.1

9.0

52

Venezuela

10.9

1.7

18

Datos elaborados a partir de INEGI, 2001

 

   Es difícil estimar a cuánta gente sirven un televisor o una línea telefónica pero es usual considerar que si se encuentran instalados en una vivienda son aprovechados por entre 4 y 5 personas en promedio. Eso indicaría que en casi todos los países mencionados en la tabla anterior la televisión tendría una cobertura casi completa entre la población, en tanto que la telefonía alcanzaría cerca del 50% en la mayoría de ellos, sin contar la existencia de teléfonos celulares que se están convirtiendo en una alternativa de gran crecimiento frente al servicio alámbrico en casi todos los países de la región. En todo caso, la tabla permite apreciar el abismo que se mantiene entre el uso de la televisión y el acceso a Internet. La cantidad de usuarios de la red de redes ha crecido de manera muy notable particularmente a partir de 1998, pero es posible que ese ritmo de expansión se detenga dentro de pocos años.

 

Virtualidad en tres tiempos

   A lo virtual se le entiende como implícito, aquello que es tácito o está sobrentendido: “que tiene virtud para producir un efecto aunque no lo produce de presente… que tiene existencia aparente y no real”, señala entre otras acepciones el Diccionario de la Lengua Española  de la Real Academia. Lo virtual es algo que no alcanza su plenitud: aquello que todavía no es del todo.

   Ante datos como los que mencionamos en páginas anteriores y que dan cuenta de la desigual inserción de Internet en el mundo –y entre otras regiones en América Latina– es posible considerar que la comunicación a través de la red de redes es virtual en más de un sentido. Lo es en la acepción más frecuente que califica como virtual a la comunicación de carácter digital que no tiene densidad física y que articula mensajes y contenidos a partir de la combinación de bytes organizados merced a un programa de cómputo.

   Pero esa comunicación en un mundo en donde Internet se ha desarrollado de manera heterogénea, muy concentrada en el norte y dispareja en el sur, también resulta virtual debido a su todavía insuficiente cobertura entre la población.

   En una tercera acepción, podemos considerar que la que se efectúa a través de Internet es una comunicación virtual porque no siempre se completa el camino de ida y vuelta que define al proceso comunicacional cuando existe de manera completa. Los medios tradicionales fallan en ese aspecto porque propagan mensajes enviados por pocas personas hacia muchos destinatarios, los cuales no tienen oportunidad de replicar.

   La comunicación, decíamos antes, existe cuando hay receptores y la comunicación plena se realiza cuando los receptores pueden responder a los contenidos que han recibido. En tal sentido Internet parecería el medio de comunicación por excelencia: cualquier usuario puede ser, a su vez, productor de mensajes. Por eso Internet ha sido, en sus fundamentos, la realización de las utopías comunicacionales que, en sus críticas a los medios convencionales, siempre deploraron la imposibilidad práctica para que los ciudadanos contasen con vías expeditas y permanentes para expresarse delante de los contenidos de la televisión, la prensa o la radio industrializadas.

   En Internet existe la posibilidad, al menos hipotéticamente, para que los destinatarios de un mensaje respondan a él. Ante los contenidos que miramos o recibimos al abrir una página web casi siempre hay cauces para que manifestemos nuestra opinión, o para que los completemos o maticemos con nuestras propias elaboraciones o respuestas a través del correo electrónico, en los foros de discusión (chats o tableros electrónicos) o inclusive colocando nuestras propias páginas en la Red. Sin embargo esa es una oportunidad que pocos usuarios de Internet aprovechan.

   Aunque sus características técnicas y su esquema descentralizado permiten que Internet sea un mecanismo de comunicación de ida y vuelta, no es frecuente que esa opción sea utilizada por la mayoría de los cibernautas. La navegación en la red de redes suele ser fundamentalmente contemplativa y solo en pocos casos se convierte en participativa.

   De esta manera la comunicación en la Red es virtual no solo porque los contenidos que se difunden en ella carecen de la corporeidad o densidad física que tiene la realidad, o debido a su insuficiente cobertura en la sociedad. Además se le puede aplicar ese adjetivo porque no llega a ser una comunicación en donde los receptores se asumen como emisores.

   Incluso cuando aprovechan las capacidades de la Red para hacerse oír y ver y no solamente escuchar y mirar lo que dicen otros, los internautas tienen pocas posibilidades de ser atendidos. A menudo colocar una página web es como echar una botella al mar. Un usuario de Internet puede armar su propio sitio, contratar un servidor en dónde alojarlo y esperar infructuosamente a que sea visitado porque la oferta de contenidos en la Red se encuentra dominada por las páginas con mayores recursos para publicitarse y para ofrecer materiales más vistosos y abundantes.

   La diferencia, si acaso, radica en que podemos saber si  esa botella que hemos arrojado al océano de las redes es recogida por alguien, siempre y cuando el servidor en el que alojamos nuestra página registre las visitas que recibe. Además quien lo desee puede replicarnos por e-mail.

   No hay acuerdo acerca del tamaño de Internet porque las metodologías para evaluarlo son distintas. Las empresas y los centros de investigación que han empleado rastreadores para identificar cuántos sitios se encuentran alojados en los servidores conectados a la Red suelen contabilizar domicilios registrados pero que en ocasiones no tienen contenido, o que repiten el contenido de otros. Un acercamiento más reciente al tamaño de la red de redes ha sido emprendido por el Online Computer Library Center de Ohio, que estimó la existencia de 8 millones 745 mil sitios web a mediados de 2001 (OCLC, 2001). Esa cifra se refiere a los sitios y no al número de páginas web –un sitio está conformado por una o por más páginas– y es muy baja en comparación con otras evaluaciones del tamaño de la world wide web, pero constituye una plataforma mínima para apreciar el crecimiento de la Red. Si comparamos esos datos con la cantidad de usuarios de Internet en todo el mundo tenemos que cada vez hay, proporcionalmente, menos sitios.

   Con el propósito de contrastar los datos sobre sitios web que manifiesta e la fuente antes mencionada con la cantidad de usuarios que ha tenido la Red, acudimos a las estimaciones demográficas de la empresa Global Reach. De esa comparación provienen los resultados que mostramos en la siguiente tabla.

 

 

Usuarios de Internet por cada sitio web

 

 

Número de sitios web (1)

Usuarios de Internet (2)

Promedio de

usuarios por

cada sitio web

1997

1, 570, 000

 70 millones

   44.6

1998

2, 851, 000

117 millones

   41

1999

4, 882, 000

245 millones

   50

2000

7, 399, 000

391 millones

   52.8

2001

8, 745, 000

490 millones

   56

Fuentes: (1) OCLC: 2001 

(2) Global Reach: 2001

 

   Las cifras son, en todo caso, indicativas. Pero muestran una tendencia sugerente. Desde luego cada vez hay más sitios y más usuarios de Internet. Pero todo parece indicar que los sitios aumentan proporcionalmente menos que la cantidad de internautas, de tal manera que cada vez tenemos más usuarios por cada sitio en la world wide web. A diferencia de 44.6 usuarios por sitio, en promedio, que se registraban en 1997, cuatro años más tarde tuvimos 56 usuarios por cada sitio en la Red. La cantidad de sitios en la Red creció 557% pero los usuarios aumentaron 700%.

   Ese dato confirmaría la tendencia a la concentración de las páginas, especialmente las de mayor audiencia, en menos manos. Además se verifica un comportamiento cada vez menos activo de los usuarios de Internet. Aparentemente, aunque sus usuarios eran menos, en los primeros años de la red de redes había mayor interés e intensidad participativas en comparación con el panorama que se dibuja al comienzo del siglo XXI. Los pioneros en el uso de la Red tenían mayor disposición a la interactividad que muchos de los internautas que en los años recientes se han incorporado a Internet.

 

Internet delante de los otros medios

   Internet seguirá definiendo sus propias características que la distinguirán de otros medios de comunicación. Gracias a ello se ampliará la oferta de contenidos entre los cuales los públicos de los medios pueden elegir sus opciones de entretenimiento, ilustración, información o incluso educación. Paso a paso, aunque se trata de trancos que da con gran rapidez, la Red precisará los rasgos mediáticos que comparte y sobre todo aquellos que no ofrecen otros medios.

   El continente de los mensajes en Internet es claramente distinto: se trata de paquetes de información digitalizada que son conducidos a través de una estructura reticular, a diferencia de la transmisión o edición centralizadas que define a los medios tradicionales. Ese formato nos permite acceder a contenidos muy diversos, casi ilimitados, desde donde sea y en cualquier momento: sin restricciones espaciales ni temporales.

   El contenido es en parte el mismo de los medios convencionales pues las empresas mediáticas, salvo excepciones, no han sabido diseñar mensajes peculiares para la red de redes. Al menos en una fase inicial la han concebido solamente como un espacio adicional para propagar el material que difunden a través de los canales tradicionales –es paradójica, digámoslo solo de paso, la inhabilidad de los grandes consorcios de la comunicación para entender a Internet como un medio singular que amerita y exige contenidos, lenguaje, cadencias y estilos distintos a los que definen a medios como la televisión y la prensa­­–. Junto a esos contenidos se encuentran muchos otros, menos respaldados por la promoción de los sitios con mayor sustento comercial pero de imaginación, originalidad, versatilidad y abundancia prácticamente inagotables. Se trata de sitios y páginas web colocados con el afán de comunicar de la manera más elemental: sus autores, simplemente, dicen allí sus verdades e inquietudes buscando suscitar el interés de otros. Se trata del mismo procedimiento con que se busca iniciar una conversación en la vida fuera de línea. En ese sentido a Internet se le puede considerar como el espacio oceánico en donde se despliegan innumerables pláticas en busca de interlocutores. De sus usuarios depende que Internet se convierta en una inagotable y estéril suma de diálogos de sordos, en simple cháchara inservible y baladí o, como sería deseable, en una conversación ilimitada.

   El contexto que Internet les impone a sus usuarios y aquel en el que se desarrolla como medio, también está en construcción. Por lo pronto se ha afianzado como instrumento de consumo personal en donde la socialización ocurre gracias a las redes que nos comunican con otros pero no delante de ellas (como cuando miramos la televisión junto con otros) ni solo como consumidores pasivos de lo que otros dicen como cuando leemos en los diarios las ideas o informaciones de otros. Las vías técnicas para apropiarnos de los contenidos de Internet evolucionarán de manera drástica y constante. Pero en lo fundamental, todo parecería indicar que seguirá siendo esa colección de espejos de la realidad que ha cautivado e inquietado en los primeros diez años de existencia de la world wide web, cuya estructura descentralizada y reticular le confiere una flexibilidad y agilidad que no tienen los medios convencionales. Tanto o más que respecto de cualquier otro medio en Internet se cumple el diagnóstico del canadiense Marshall McLuhan: las características merced a las que se propaga contribuyen a determinar el contenido, el medio es el mensaje.

   La gran pregunta que podemos seguir haciéndonos delante de Internet es para qué nos sirve la sofisticación tecnológica que nos permite hurgar en el contenido depositado en las computadoras más remotas, explorar archivos textuales, icónicos o multimedia, charlar en tiempo real con gente de la que jamás nos hubiéramos enterado de otra manera, discutir sobre temas en los que somos reputados expertos o sobresalientes ignorantes y colocar lo mismo la información más útil para algunos que la más anodina o agresiva para muchos.

   Pero esa es una pregunta que sigue siendo pertinente para todos los medios y nos la hacemos cada vez que constatamos la programación baladí e irresponsable que caracteriza a la televisión comercial en todo el mundo, o las prácticas abusivas que la prensa mercantil suele desplegar para vender ejemplares.

   Internet, como colección de espejos que es de la realidad, también reproduce errores, necedades y excesos de los medios convencionales. Quizá alcance a ser útil para atemperar, analizar y entender esos rasgos y en vez de solamente remedarlos pueda contribuir a superarlos. Si la Red sirve, entre otros propósitos, como espacio para la discusión, la vigilancia, el contraste y el uso creativo de los medios de comunicación tradicionales podría llegar a ser un espacio auténticamente hiper mediático: no más allá del resto de los medios ni sobre ellos, sino capaz de llevarlos a estar al servicio del diálogo entre la gente para aclarar, distender y entonces resolver sus conflictos y carencias.

   En un mundo creciente y constantemente comunicado, pero en donde siguen ausentes explicaciones muy elementales y en el cual las personas y los países suelen recelar y arremeter antes de dialogar, esa es la gran conversación que sigue pendiente.

 

Granja de la Concepción,

Ciudad de México,

diciembre 31 de 2001

 

Libros y sitios consultados

-Manuel Castells, The Internet Galaxy, Oxford University Press, 2001.

-CyberAtlas, “The world’s online populations”,

http://cyberatlas.internet.com/big_picture/geographics/article/0,1323,5911_151151,00.html , lectura tomada en diciembre de 2001.

Luis Ángel Fernández Hermana, En.red.ando. Ediciones Zeta, 1998. El

         texto que citamos fue inicialmente publicado en mayo de 1996.

Global Reach, “Evolution & proyections of online populations”.

         http://www.glreach.com/globstats/evol.htm , consultada en

 septiembre de 2001.

INEGI, Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática,

         México en el mundo. México, 2001.

Online Computer Library Center, “Web characterization”,

         http://wcp.oclc.org/, consultada en diciembre de 2001.

Mark Poster, What´s the matter with the Internet. University of

         Minnesota Press, 2001.

Public Broadcasting System, PBS Life on the Internet.

         http://www.pbs.org/internet/timeline/index.html  Datos de 1997.

Laura Regil Vargas, La caverna digital. Hipermedia: orígenes y

         características. Universidad Pedagógica Nacional, México, 2001.

Tiffany Shlain, “State of the Web: Glass half full”, entrevista en la

página de Cnet.com: http://news.cnet.com/news/0-1014-201-8159417-0.html, diciembre 2001.

Charles Soukup, “Building a theory of multimedia CMC”, en New media

         and society. Vol. 2, Num. 4, december 2000.

UCLA, The UCInternet Report 2001 – “Surveying the Digital

         Future.”  www.ccp.ucla.edu

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Internet es el futuro

Publicado por rtrejo on Diciembre 11, 2005

Ensayo publicado en el libro DIREITOS À COMUNICAÇÃO NA SOCIEDADE DA INFORMAÇÃO que, coordinado por el Dr. Jose Marques de Melo, fue publicado en 2005 por la Universidad Metodista de Sao Paulo.

 

El 11 de septiembre de 2001, igual que el mundo entero, la Internet quedó pasmada. Durante varias horas los sitios de noticias más conocidos, todos ellos estadounidenses, fueron colmados por la demanda de información provocada por el ataque a las Torres Gemelas de Nueva York y más tarde, el asalto al Pentágono en Washington. Entre las 9 y las 10 de la mañana, hora del Este americano, las páginas de CNN.com, NYTimes.com y ABCNews.com eran inaccesibles para la mayoría de los internautas de todo el mundo que buscaban saciar su inagotable necesidad de informaciones. El atentado terrorista fue tan monstruoso y al mismo tiempo tan explicable que centenares de millones de personas querían, si no respuestas, al menos nuevos ecos de la tragedia además de los que ofrecían los medios de comunicación tradicionales. Durante todo el día el acceso a esas y las páginas de MSNBC.com y USAToday.com entre otras, fue varias veces más lento que en circunstancias regulares. A fin de aligerar el volumen de información digital que sus servidores enviaban a cada usuario esas empresas modificaron sus home pages, simplificando el diseño y limitando la información a unos cuantos titulares y algunas fotografías. La página de entrada de CNN.com que suele “pesar” 255 kilobytes quedó reducida a 20 kbs. para que más gente pudiera tener acceso a ella [1].

   Ese día, en medio de la enorme tragedia en Nueva York y Washington, la Internet manifestó las limitaciones que todavía la atajan y las virtudes que podrá desplegar en el futuro inmediato. Los servidores de las empresas noticiosas no se dieron abasto para enviar información a una cantidad inusitada de internautas pero decenas de millones sí pudieron conectarse a algunas de esas páginas. Luego, conforme avanzaron ese y los siguientes días las noticias de la penosa búsqueda de víctimas y la discusión sobre qué podían hacer Estados Unidos y el mundo ante el terrorismo se propagaron a través de millares de páginas en la red de redes.

   El 11 de septiembre la Internet y la televisión se ocuparon de la tragedia apoyándose mutuamente. Pocos minutos después de que el primer avión secuestrado se estrellara contra la Torre Norte en Manhattan los principales portales (como MSN.com y Lycos.com) así como los buscadores más concurridos (Yahoo.com. Altavista.com, Goggle.com) colocaron avisos para que todo aquel que accediera a ellos, si aun no lo sabía, se enterase del siniestro. Entonces se produjo un recorrido de ida y vuelta de la Internet a los medios convencionales. Los administradores de Goggle.com colocaron el siguiente aviso:

   “Si usted está buscando noticias, encontrará la información más actual en la televisión o en la radio. Muchos servicios de noticias en línea no están disponibles debido a la demanda extremadamente alta”.

   Goggle.com copió las portadas de los sitios de The Washington Post y la CNN para ofrecerlas a sus usuarios.

   La Internet contribuyó, de esa manera, a incrementar la audiencia de las cadenas de televisión. Para enterarnos de los asuntos más recientes o incluso para presenciarlos en directo como ocurrió con los atentados del 11 de septiembre el medio idóneo es la televisión. Para ofrecer información de contexto y espacios de discusión y retroalimentación la red de redes comienza a ser entendida como medio de servicio y no solo de entretenimiento.

   Una encuesta levantada al día siguiente por el Pew Internet and Life American Project confirmó que la gran mayoría de los estadounidenses prefirió a la televisión para conocer las secuelas de los atentados. El 81% obtuvo de la TV la mayor parte de la información acerca de esos acontecimientos. El 11% atendió preponderantemente a la radio y solamente 2% declaró haber preferido a la Internet. El 1% tuvo a los periódicos como fuente principal de información [2]. Ese y los siguientes días, en cambio, la participación en foros de discusión en la red aumentó al menos una tercera parte.

 

Hábitos, crecimiento y

desigualdades en la red

   Pero la Internet no se encuentra tan concurrida todos los días ni sus usuarios la emplean con tal intensidad para buscar informaciones de actualidad. En los países en donde este recurso informático se ha desarrollado más el empleo del correo electrónico es habitual y la consulta de datos, tanto para esparcimiento como para trabajar, se ha vuelto frecuente. En Estados Unidos en agosto de 2000 según un estudio gubernamental, el 80% de los usuarios de la Internet enviaban y recibían correos electrónicos y el 43.2% acostumbraba buscar información en sitios de noticias. El 35.3 recababa datos para asuntos relacionados con su trabajo y el 30% había realizado compras en línea (Gráfica 1).

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   En España según otra investigación, publicada en julio de 2001, prácticamente todos los usuarios de Internet lo son antes que nada de correo electrónico, el 82% consulta noticias y el 45.3% hace compras y casi el 40% descarga archivos de audio en formato MP3 (Gráfica 2). Las dos encuestas tienen parámetros distintos pero algunos de sus resultados se pueden comparar cotejando las dos tablas adjuntas.

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   La red es cada vez más útil como transmisora de noticias de actualidad y fuente de información documental, bibliográfica e institucional. Además nutre el esparcimiento de sus usuarios e incluso se ha constituido en guía para los más distintos espectáculos. No hay, hasta ahora al menos, una disminución significativa de la atención a otros medios por navegar en la red. Al contrario: las pautas de contemplación fundamentalmente pasiva que singularizan a los espectadores de los medios convencionales se han reproducido entre la mayoría de los usuarios de la red de redes.

   Casi todos ellos, especialmente en el espacio multimedia de la Internet que es la world wide web, se limitan a ser consumidores de datos. Solo una pequeña porción de internautas aprovecha a la red como espacio para ser ellos mismos propagadores de contenidos propios. Son muchos más quienes miran las páginas web de otros, que aquellos que enriquecen a la red con sus respectivos sitios. Aunque la cantidad de sitios ha crecido muy considerablemente, los usuarios de la red suelen buscar los mismos domicilios.

   La abundancia de información que hormiguea por la red de redes se ha convertido en prácticamente inasible por sus dimensiones colosales. Los más tecnificados buscadores de contenidos, como Goggle y Yahoo, apenas alcanzan a rastrear una quinta parte de todo el acervo –en donde hay de todo– en la WWW. La Internet se ha convertido en una sucesión de océanos en donde solo es posible no extraviarse si se tienen experiencia y brújulas adecuadas.

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   Hacia la mitad de 2001 existían casi 30 millones de sitios web, a los que no hay que confundir con las páginas en la red. Un sitio puede estar conformado por una o por varias (incluso millares) de páginas. Si consideramos que 8 años antes, en 1993 apenas existían 130 sitios, que cinco años antes (en 1996) eran 25 mil y que un año antes, en 2000, habían crecido a 17 millones, queda claro el desarrollo intenso y vertiginoso que ha tenido la Internet. La Gráfica Tres, elaborada con datos del investigador Robert H. Zakon, resulta muy explícita. El despegue de la red de redes ocurre a mediados de 1997 cuando alcanza más de un millón de sitios, se duplica al año siguiente y entre 1997 y 1998 crece dos veces y medio. Luego casi se triplica. En cambio el crecimiento entre 2000 y 2001 medido de junio a junio alcanza la tasa más baja en seis años. Las variaciones en el ritmo de desarrollo de sitios web aparece en la Gráfica 4. Cada vez hay más sitios, evidentemente, pero el ritmo de su crecimiento tiende a disminuir.

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   La Internet es más grande y sus navegantes aprovechan de ella recursos de índole muy variada, pero aun constituyen una porción pequeña de la población mundial. El acceso a este recurso informático se ha convertido en su principal limitación no solo desde la perspectiva de los intereses de cada nación sino, también, para el desarrollo de la red como opción mercantil. La debacle de las llamadas empresas punto com entra las cuales muchas hicieron severos ajustes o cerraron a partir del año 2000, se debe fundamentalmente a la sobre valoración que muchos de sus promotores habían hecho de la Internet. Se llegó a pensar que bastaba colocar un sitio en la red para que llovieran las compras y las inversiones. En la mayoría de los casos no ha ocurrido así porque los mecanismos de transacción comercial tradicionales no han sido sustituidos por los de carácter electrónico y, también, debido a que los usuarios de la Internet no son tantos como se había esperado.

   De todos modos suman un número respetable. Se estima que al finalizar 2001 habrá casi 500 millones de personas que, en todo el mundo, tienen acceso regular a la Internet [3]. Son muchos, pero apenas constituyen el 8% de la población mundial. Medidos de acuerdo con la cantidad de anfitriones o hosts (es decir, aparatos de cómputo conectados a la Internet) la Gráfica 5 muestra la evolución que ha tenido el acceso a la red de redes en una decena de países.

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   La concentración de las desigualdades económicas y sociales se traduce en mayores dificultades para el acceso a la red de redes. De acuerdo con el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo Humano el año 2000 la cantidad de hosts por cada mil habitantes era de 0.4 en los países árabes, 0.6 en Asia Oriental y el Pacífico,   0.6 en Asia Meridional y 0.1 en el África Subsahariana.

   En América Latina y el Caribe esa proporción era de 5.6 y en Europa Oriental y la CEI de 4.7 anfitriones de Internet por cada millar de personas. En los países de alto ingreso de la OCDE esa tasa era de 96.9 [4].

   No hay que tener dotes proféticas para decir que en el futuro esas tendencias se mantendrán en lo fundamental, aunque a largo plazo el acceso a la Internet vaya siendo cada vez más amplio. Hay quienes estiman que en 2005 los usuarios de la red de redes serán mil millones, lo cual significaría un aumento del 100% en cuatro años. Entre 1995 y 2000 la cantidad de anfitriones de Internet creció de 1.7 a 15.1 por cada mil habitantes en el mundo [5]. La población en línea, según evaluaciones que parecen confiables, creció de 50 millones en 1996 a 117 en 1998, 391 en 2000 y llegará a 490 al finalizar 2001 [6]. Es decir, el número de internautas en el planeta se incrementó casi mil por ciento en ese lustro.

   La Gráfica 6 compara el crecimiento de los usuarios de la Internet en el mundo con el incremento en el número de sitios. En 1996 teníamos un sitio por cada 198 usuarios. En 1997 esa relación era de 62.7. a uno. En 1998, un sitio por cada 48.5 internautas. Al año siguiente 39.7 usuarios de la red por cada sitio, en promedio. En 2000 la relación fue de 22.84 por cada sitio. En 2001, contamos con 16.72 usuarios por cada sitio en la Internet. (La comparación es ligeramente forzada porque los datos de sitios web son a junio de cada año y los de usuarios reflejan las estimaciones totales al final de cada año, pero muestran un panorama significativo).

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Saturación y confusión. Los

internautas están fatigados

   Esas correlaciones parecieran indicar que cada vez tenemos una red más representativa de los intereses, la diversidad y las singularidades de sus usuarios. Eso es cierto solamente en parte. Cada vez más personas colocan su información en la Internet aunque sigan constituyendo un porcentaje modesto del conjunto de consumidores de ese medio. Sin embargo los sitios más visitados son unos cuantos en comparación con la descomunal cuantía de opciones que ofrece la Internet. Los usuarios de la red, al menos en Estados Unidos, visitan cada vez menos sitios web. El espíritu de exploración que animaba a quienes se sumergían en ella en los primeros años de la Internet, ha venido decantando en la consulta rutinaria a los mismos domicilios. En 2000 el 60% de los usuarios de la red en ese país se asomaba a más de 20 sitios al mes. Un año después la cantidad de sitios visitados se ha reducido a casi la mitad [7].

   Es paradójico: tenemos más sitios en la red pero la gente la recorre menos. Cada vez resulta más difícil hablar de navegantes como en los primeros tiempos de la Internet. Ahora la costumbre es recalar en los lugares ya conocidos, como si los internautas se hubiesen fatigado y ya no conservasen el espíritu de aventura y búsqueda que era considerado como uno de los atractivos de la red.

   Pero la Internet llegó no solo para quedarse, sino para crecer y diversificar su presencia en los más variados órdenes. En el futuro cercano el crecimiento de las personas con acceso a la red seguirá aumentando, particularmente en los países en donde apenas recientemente la Internet ha comenzado a acreditarse. Ese desarrollo seguirá supeditado a intereses fundamentalmente mercantiles en ausencia de políticas nacionales y regionales –que sean suficientemente eficaces, y con recursos– para promover el acceso de los ciudadanos a la Internet.

   Es previsible que el ritmo de crecimiento de los sitios web sea menor pero también, que una gran cantidad de los accesos de los internautas en todo el mundo sea a las páginas de las mayores corporaciones de la información y el entretenimiento –casi todas ellas asociadas a las empresas de medios tradicionales–. Así como el 11 de septiembre de 2001 los espacios más visitados en la red dirigieron a quienes los consultaban a la televisión que ofrecía información más oportuna y masiva, con frecuencia las cadenas televisivas recomiendan a sus espectadores que se asomen a sus respectivos sitios web.

   La brecha informática que existe entre las naciones y que escinde a las sociedades también se reproduce dentro de la red de redes. Aquellas empresas y personas con mayores recursos tecnológicos y financieros pueden no solo colocar, sino difundir, remozar y actualizar sus sitios en la Internet con más ventaja que los negocios pequeños o los ciudadanos comunes.

   En el futuro inmediato se mantendrán sin solución satisfactoria varios de los grandes dilemas que enfrenta hoy la Internet. Asuntos como la propiedad y la autoría de la información, la defensa de la privacía, la existencia de barreras culturales e idiomáticas que forman parte de la complejidad de las sociedades humanas y que en la Internet se reproducen y hacen patentes, serán vistos según la perspectiva de cada interesado en ellos. Tendrán que pasar más tiempo para que establezcamos consensos sobre derechos patrimoniales, respeto a la intimidad y reconocimiento de la diversidad en la Internet.

   Aun así la extensión de las redes en nuestras sociedades, su imbricación y complementariedad con otros medios y las posibilidades aun escasamente exploradas que ofrece para informar, recrear y educar, harán de la Internet no solo parte del futuro de la comunicación. La red de redes es el futuro y para admitir este diagnóstico es preciso considerar que su desarrollo tecnológico y su disponibilidad (ancho de banda, velocidad de conexiones, capacidad instalada en cada comunidad y hogar, etc.) apenas se están desarrollando. No es un futuro perfecto, ni mucho menos –y no nos referimos solamente al tiempo gramatical–. Se trata de un porvenir repleto de contradicciones y que, valgan la obviedad y el gerundio, apenas se están construyendo. Sobre todo, es altamente posible que la formidable capacidad que la Internet ofrece en ilimitados campos de actividad quede circunscrita por la preponderancia de unas cuantas empresas en el desarrollo y la promoción de la red.

   Junto con la brecha digital entre los países y también dentro de muchas naciones, la gran dificultad para usufructuar la Internet será cómo desbrozar entre millones de sitios y miles de millones de páginas la información que mejor nos pueda enterar, cultivar, auxiliar o entretener. Los ordenadores están dejando de servir como instrumentos para organizar la información para convertirse, antes que nada, en proveedores de ella a través de las conexiones digitales. Nuestras sociedades, incluso con respetables índices de acceso a la Internet, siguen padeciendo una suerte de analfabetismo digital: mucha gente se asoma a la red solo para cumplir con tareas elementales y rutinarias a semejanza de quienes, disponiendo de una enorme biblioteca, únicamente la utilizan para consultar recetas de cocina y la guía de teléfonos.

 

Granja de la Concepción, Ciudad de México, Septiembre de 2001




[1] Keynote, “News and events, september 12 2001”: http://www.keynote.com/press/html/091101.html

[2] Pew Internet & American Life Project, How americans used the Internet after the terror attack, http://www.pewinternet.org/reports/pdfs/PIP_Terror_Report.pdf

 [3] www.glreach.com/globstats

 [4] Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, Informe sobre desarrollo humano 2001. México, 2001, p. 65

 

[5] Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, cit., pp. 34 y 65.

[6] http://www.glreach.com/globalstats/evol.htm

[7] Amy Harmon, “Exploration of World Wide Web Tilts From Eclectic to Mundane”, en The New York Times, agosto 26 de 2001.

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