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Una red para la gente

Publicado por rtrejo en Diciembre 13, 2005

Fragmento de la participación presentada en la Conferencia Internacional El Reto de México ante la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información. Senado de la República, México, 28 de mayo de 2003


La próxima Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información ha revitalizado, en numerosos países, el debate acerca de las nuevas tecnologías de la comunicación y los usos que pueden tener. Lamentablemente en México hemos estado casi del todo ajenos a esa intensa, extensa y en otras latitudes fructífera discusión. Ni los especialistas interesados en estos temas, ni la sociedad que es a la postre beneficiaria o damnificada según sea el empleo de tales tecnologías, ni los organismos del Estado a cargo de tales asuntos, han propiciado la reflexión colectiva que nos podría permitir tanto afinar las posiciones de nuestro país rumbo a la cumbre de Ginebra y Túnez como deliberar, en ese contexto, acerca de lo mucho que nos falta para tener un país auténticamente imbricado en la construcción de una auténtica Sociedad de la Información.

Por eso es en tantos sentidos bienvenida la Conferencia convocada por el Senado de la República. Si bien ha sido lamentable la intencional ausencia de los representantes de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, que según se ha informado cancelaron su participación apenas unas horas antes de la mesa redonda en la que se habían comprometido a participar, es muy alentadora la respuesta de muchas otras instituciones y organizaciones. Hoy podemos afirmar que, al fin, el de la Sociedad de la Información es un tema que comienza a formar parte de la agenda pública mexicana. Quienes mantengan el interés por intercambiar impresiones en espacios como este se beneficiarán de uno de los rasgos esenciales de la Sociedad de la Información, que es la interactividad. Quienes decidan permanecer al margen de coloquios como este, seguirán apartados de las percepciones e inquietudes que la sociedad mexicana tiene en su aproximación a las nuevas tecnologías de la información.

Compleja brecha digital

Al ocuparnos de la relación entre los ciudadanos del mundo actual y la Sociedad de la Información –específicamente la Internet, a la que podríamos considerar como su columna vertebral–, encontramos dificultades de cantidad y calidad. Entre las primeras destaca la todavía escasa presencia de la red de redes entre los habitantes del planeta. El cuadro uno compara el número de usuarios de la Red que la empresa Nielsen estimaba en marzo de 2003 y muestra el porcentaje de cibernautas en cada región del mundo, así como sus dimensiones dentro de la población de cada zona.

Cuadro Uno

La brecha digital / Internet en el mundo

Región

Usuarios marzo 2003

% usuarios

Cobertura (% población)

África

6 866 400

1.1%

0.8%

América

222 238 795

36.6%

26.0%

Asia

185 458 120

30.5%

5.2%

Europa

172 834 809

28.4%

23.8%

Med Oriente

7 165 407

1.2%

2.9%

Oceanía

13 069 833

2.2%

42.1%

Total mundial

607 633 364

100 %

9.7%

Fuente: a partir de datos de Nielsen NetRatings

Datos como los anteriores confirman que, al menos en alguna medida, la Internet y sus distintos afluentes informáticos se han llegado a convertir en un nuevo espacio de desigualdades en el mundo de nuestros días. Eso no implica que nos resignemos a las dimensiones actuales de la brecha digital que escinde a unos países de otros y que, también, implica contrastes dentro de cada nación.

Ya que se trata de un medio de comunicación y un espacio social tan nuevos, aun estamos a tiempo de emprender los esfuerzos necesarios para que la Internet deje de ser un indicador más de la inequidad en nuestro mundo. Para ello es preciso reconocer en qué medida las nuevas tecnologías proporcionan un ámbito de recreación, conocimiento e información y de qué manera también se convierten en nueva zona de injusticias y desigualdades.

Las cifras anteriores hacen patente que en el mundo contemporáneo mucha gente (cerca del 90% de los habitantes del planeta) sigue sin disfrutar de los bienes informáticos. Del total mundial de más o menos 607 millones de personas con posibilidades para conectarse a la Internet tenemos una gran cantidad –más de la tercera parte– que se concentra en América del Norte. Europa reúne casi a otro 30%.

Pero si bien entre Norteamérica y Europa se encuentra más del 67% por ciento de los usuarios de la Red, en esos sitios radica apenas el 13% de la población total del planeta.

En América Latina, como puede apreciarse en el cuadro dos, el porcentaje de internautas es muy inferior al promedio mundial del 10%. Brasil y Argentina superan ese porcentaje y Chile casi se le acerca. Pero en cambio Colombia, Venezuela están abajo del 6% de usuarios de Internet respecto de su población total y Perú no llega al 3.5%.

En ese panorama la situación de México es desalentadora. A pesar de que el nuestro fue uno de los primeros países conectados a la Red, a mediados de 2003 la cantidad de usuarios de ese medio apenas llega al 5% según las estimaciones más frecuentes. En las zonas urbanas más importantes, como la ciudad de México y Monterrey, ese porcentaje se duplica o quizá se triplica. Pero en términos nacionales seguimos teniendo una situación de rezago tanto respecto del mundo, como en comparación con otros países de la región latinoamericana.

senado-internet-en-al-cuadro-2.GIF

 

 

Auge y estancamiento en México y el mundo

El desarrollo de la red de redes en nuestro país ha sido paralelo a la expansión de este recurso en el mundo entero, como puede apreciarse en el cuadro tres. Allí se comparan, a partir de fuentes distintas pero que ofrecen datos homologables, las variaciones en la cantidad de usuarios de la Internet en el mundo y en México.

 

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Aparentemente la evolución global y mexicana de la Red han sido casi paralelas. Entre 1995 y 2000 prácticamente cada año se duplicó la cantidad de cibernautas en cada uno de esos ámbitos y a partir de entonces los incrementos fueron de aproximadamente 40 y 30%, respectivamente. Es decir, en ambos planos –global y nacional– se aprecia una desaceleración en el ritmo de crecimiento que la Internet tuvo en su lapso de mayor desarrollo hasta la fecha, en el último lustro del siglo XX.

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 Las tendencias que se muestran en el cuadro tres ofrecen otras conclusiones a partir de la comparación del ritmo de crecimiento de la Red, año por año, como se aprecia en el cuadro cuatro. Allí se contrastan las variaciones porcentuales entre la cantidad total de usuarios, de un año a otro, tanto global como nacionalmente.

Así, podemos constatar que entre 1995 y 1996 y en el bienio siguiente el número de usuarios de la Red creció en México casi el doble y más del triple. Sin embargo a partir del lapso 1998-1999 ese ritmo se estanca y luego cae notablemente.

Mientras en el mundo los internautas aumentan 80% entre 1999 y el último año del siglo, en México ese crecimiento fue solamente del 49%. Más adelante el crecimiento de usuarios en nuestro país aumenta por encima del porcentaje mundial: 34% en México en el tránsito de una centuria a otra, cuando la cifra global es de 23%.

Y en el periodo más reciente el aumento de usuarios de la Red fue de 28% en México mientras que en el mundo, solamente de 10% de un año a otro.

Esos datos pueden ser leídos de dos maneras. En contraste con la tendencia mundial, México ha tenido altibajos y en los años más recientes un crecimiento mayor que su entorno internacional. Sin embargo, a diferencia de las metas que tanto el gobierno como diversas empresas privadas habían sugerido, en el parteaguas del milenio la Internet se ha desarrollado en México de manera cada vez más lenta. No podemos afirmar que el cambio de gobierno haya tenido alguna relación con esa caída en el ritmo nacional de crecimiento de usuarios de la Red pero ambos hechos coinciden significativamente.

Pocos usuarios y páginas web

Ante ese panorama no resulta sorprendente, aunque no deje de suscitar preocupación, el rezago mexicano en el empleo de la Internet al lado de los países más desarrollados del mundo. México no ha dejado de ser un participante menor en el consumo de nuevas tecnologías entre las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos como se aprecia en el cuadro cinco, con datos de 2000.

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La brecha digital se aprecia tanto en la capacidad de cada sociedad y nación para conectarse a la Internet, como en la posibilidad que tiene para colocar información en ella. Independientemente de la calidad que tenga esa información, un indicador para contrastarla es la cantidad de sitios web puestos en línea en servidores de cada país.

Con el propósito de comparar tales datos, la OECD muestra el número de sitios en la Red que hay por cada mil habitantes en sus países miembros. En el cuadro seis se aprecia la bajísima actividad mexicana en ese terreno, evaluada en julio de 2000. Si, como vimos en el cuadro anterior, en la comparación de usuarios de la Red el nuestro estaba en penúltimo sitio entre los países de esa organización, en la medición de sitios web quedamos en último término.

 

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México y la Cumbre Mundial

Ese es parte del contexto en el cual nuestro país acudirá a la Cumbre de Ginebra y Túnez –en diciembre de 2003 y noviembre de 2005 respectivamente–. La atención estatal y social al desarrollo de la Internet ha sido tan pobre como el interés que, hasta antes de esta Conferencia, había existido en México acerca de la Cumbre Mundial.

Sin deliberación y a menudo con indicadores tecnológicos y sociales notoriamente insuficientes, la reflexión que podemos alimentar acerca de la Sociedad de la Información es pobre. Al mismo tiempo, la Cumbre Mundial ofrece la oportunidad de ubicar en un panorama nuevo y útil el examen que sobre estos temas seamos capaces de impulsar en nuestro país.

A la Cumbre Mundial acudirán los gobiernos, en representación de cada país. Pero pocos eventos internacionales habrán estado precedidos de una discusión tan amplia como la que ahora mismo existe acerca de la Sociedad de la Información. En numerosos sitios de Internet, así como en reuniones nacionales y regionales, además de los gobiernos los organismos de la sociedad que así lo han querido pueden externar sus opiniones e influir en la conformación de las tesis que serán aprobadas en la Cumbre de Ginebra.

La representación del gobierno mexicano que vaya a ese encuentro y que desde hace varios meses participa en la discusión internacional sobre tales asuntos, no podría desatender opiniones como las que se están ventilando en esta Conferencia que auspicia el Senado de la República. En esta ocasión además, se puede apreciar la importancia que puede tener un Poder Legislativo resuelto a influir, nutriéndose de los puntos de vista de la sociedad, en temas de interés público que conciernen al bienestar de los ciudadanos y que forman parte, desde ya, de la agenda nacional. Ese es el caso de la Internet y el modelo de sociedad en el cual pretendamos ubicarla.

Pensar en la Cumbre Mundial implica mirar el desarrollo que ha tenido la Internet en nuestro país. La Cumbre es ocasión propicia para que, en México, el Estado y la sociedad sean capaces de precisar metas ambiciosas, pero cumplibles, para la red de redes.

Revisar e-México

El contraste entre la presencia mexicana en la Internet y el desarrollo mucho más fructífero que la Red ha tenido en otras naciones tendría que ser motivo suficiente para preocuparnos. Pero además, cuando revisamos experiencias internacionales y constatamos que los casos más exitosos de desarrollo informático han sido aquellos en los que a ese tema se le ha reconocido una importancia estratégica, encontramos motivos de alarma muy serios.

En México, hasta el gobierno pasado la Internet era considerada como un asunto que concernía solo a los ámbitos académico y comercial. No existía política de gobierno, y mucho menos de Estado, que se ocupara de tal tema.

La administración del presidente Vicente Fox reconoció la importancia de la Internet pero tampoco ha tenido, hasta ahora, una auténtica política de desarrollo en ese terreno. Los esfuerzos gubernamentales se han concentrado en el programa e-México que no tiene objetivos, ni contenidos, ni financiamiento suficientemente claros. La página web de ese proyecto es de una pobreza notable y prácticamente no informa nada acerca de planes, avances, ni sobre la concepción general que lo anima. Y aunque tuviese éxito, e-México no pasaría de ser un proyecto del gobierno pero no del Estado mexicano.

Esa ausencia podría resolverse si se entendiera que ningún diseño para impulsar a la Internet tendrá éxito si no cuenta con participación de todos los peldaños del entramado estatal –municipios, gobiernos de los estados, congresos locales y cámaras federales y desde luego el gobierno federal– además de un sólido amarre con los sectores de la sociedad interesados en estos temas.

Por eso, más que reformular al proyecto e-México como a menudo señalan sus no pocos críticos –y como se ha dicho en el transcurso de esta Conferencia– habría que reconocer que ha fracasado.

El fracaso de e-México para constituir una política informática de carácter integral y nacional, se advierte desde su concepción originaria. No se trata de un área peculiar del gobierno sino de un remiendo que fue colocado en la estructura de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Es inadmisible que la política informática de nuestro país se encuentre adscrita a esa dependencia, como si fuera únicamente un asunto técnico. En otras naciones, tanto de América Latina como en otras áreas, la política informática y el auspicio a la Internet en muchos casos está a cargo de comisiones o entidades autónomas. Cuando se encuentra adscrita a alguna oficina ya existente dentro de los organigramas gubernamentales, la entidad encargada de esas tareas suele ser ubicada en los ministerios de Ciencia y Tecnología, o de Educación.

En México en cambio, para el gobierno la Internet es un asunto técnico. No parecen importarle los contenidos, ni el aprendizaje necesario para aprovecharla, ni la capacidad de información e instrucción que entre otros atributos tiene la red de redes.

Un auténtico proyecto nacional para el desarrollo de la Internet podría tener como punto de partida la creación de un grupo de trabajo que con agilidad, sin enredos burocráticos y teniendo en cuenta las generosas experiencias internacionales que ya se conocen al respecto, diseñara el Programa Internet para México. En esa tarea podría tomarse como ejemplo a la sociedad y al gobierno brasileños que hace pocos años diseñaron el Libro Verde [1]. Esa es la colección de estrategias que resultaron de la reunión de un centenar de interesados y conocedores de esos asuntos –gente del mundo académico, del Congreso, de los estados o provincias– que discutieron y sugirieron los caminos para que en Brasil la Internet experimentase, como ha ocurrido, un crecimiento de cantidad pero también de calidad.

Cuatro puntos insoslayables

Mientras nos ponemos de acuerdo para confirmar la inutilidad del proyecto e-México y sin dejar de pensar en la Cumbre Mundial, hay por lo menos cuatro temas que, de acuerdo con la discusión internacional y la situación mexicana, parecieran prioritarios.

El debate de estos y otros rubros permitirá nutrir las posiciones mexicanas en espacios como los de Ginebra y Túnez. Pero además, en la medida en que temas como estos vayan formando parte de las preocupaciones de ciudadanos y gobernantes, será mayor la posibilidad de enfrentarlos con imaginación, inteligencia y recursos. Si la Internet ha de ser una red para todos, resulta preciso construirle una intensa presencia social.

1. Ampliar la cobertura pero también la calidad de las conexiones a la Internet. El desarrollo de sistemas de banda ancha que permiten un intercambio de paquetes de información mucho más veloz que a través de las tradicionales conexiones por módem y teléfono está abriendo nuevas perspectivas para la Internet. Esa nueva capacidad, desde luego plausible, puede llevarnos a una nueva forma de escisión entre los mexicanos: aquellos que se conectan por módem telefónico y los que tienen el privilegio de contar con enlaces de calidad y velocidad notablemente mayores.

2. Desarrollar y extender la educación para el uso de la Red y del conjunto de nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Las conexiones no bastan. Para aprovecharlas se requiere de una capacitación a la que todavía no estamos habituados. Sería necesario que en las escuelas de todos los niveles se enseñara a emplear la Internet, con la misma atención que se invierte para enseñar a leer y escribir y luego, desarrollar esas habilidades.

3. Impulsar contenidos nacionales para la Red. Aquí también se puede hablar de cantidad y calidad inevitablemente complementarias. No sería suficiente que existieran muchos sitios de factura mexicana en la World Wide web. Junto con ello es posible –deseable también– incrementar la calidad de los contenidos mexicanos en esa inagotable colección de espacios. La iniciativa de la sociedad es muy valiosa para desplegar, con imaginación y libertad, tantos acercamientos a la Red como los usuarios mexicanos sean capaces. Pero además es pertinente que el Estado asuma como tarea relevante el impulso a la creación de contenidos nacionales en la red de redes. Esa sería una manera de respaldar la cultura y la idiosincrasia pero también, desde luego, la enseñanza, la información, el comercio y otras actividades en la Red.

4. Defender la libertad de expresión y la privacía en la Internet. Esos, constituyen principios fundamentales que alientan el interés por la Red entre internautas de todas las nacionalidades. Pero conforme la Internet ha crecido y ganado influencia –y especialmente a partir del recrudecimiento que han experimentado políticas de supervisión y persecución como las que impulsa el gobierno de Estados Unidos– resultan más importantes la defensa de la libertad de expresión y del derecho de sus usuarios a la privacía, en la Internet igual que en cualquier otra zona del espacio público contemporáneo.

–0–


[1] Livro Verde de Sociedade da Informacao. Brasilia, septiembre 2000: http://www.socinfo.org.br/livro_verde/download.htm

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Información: diagnósticos, discrepancias, deliberaciones

Publicado por rtrejo en Diciembre 13, 2005

Publicado el 1 de junio de 2003 en La Crónica de Hoy y otros diarios

Apenas a tiempo para ser consideradas en las propuestas que México llevará a las reuniones preparatorias de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información a fines de este año en Ginebra, la Conferencia Internacional que organizó el Senado de la República recogió numerosas, sugerentes y variadas propuestas. Con presencia de varios centenares de participantes y difundida en vivo por el Canal del Congreso –a cuyos números telefónicos los televidentes de los estados podían enviar comentarios y preguntas– la Conferencia realizada entre el miércoles y el viernes de esta semana buscó contribuir a ubicar el tema de las nuevas tecnologías de la información en la agenda de los asuntos nacionales.

   La importancia que ya se le reconoce al desarrollo de la Internet y los nuevos medios se advierte en el interés que suscitó entre los poderes Legislativo y Ejecutivo. Los senadores Dulce María Sauri del PRI, Demetrio Sodi del PRD y Javier Corral del PAN –este último titular de la Comisión de Comunicaciones y Transportes que organizó la Conferencia– presentaron sendas ponencias que coincidieron en la preocupación por la insuficiente relevancia que hasta ahora había tenido, en el mundo político mexicano, el debate sobre la sociedad de la información.

   El presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado, Diego Fernández de Cevallos, acudió a la Conferencia para comprometerse a que sus conclusiones sean atendidas por el presidente de la República cuando se defina la posición del Estado mexicano ante la Cumbre de Ginebra. El día de la inauguración el secretario de Relaciones Exteriores, Luis Ernesto Derbez, había considerado que las políticas públicas sobre asuntos como el que se discutió en el patio central del Senado tienen que reconocer la participación de la sociedad. 

 

Conferencia internacional

   El contexto para deliberar la posición de México en la Cumbre Mundial pero sobre todo para definir qué es preciso hacer en nuestro país en la ruta de un desarrollo nacional de la informática y la comunicación, lo establecieron los conferencistas internacionales.

   El prestigiado profesor Armand Mattelart de la Universidad de París, cuya experiencia e influencia en la comunicación latinoamericana es ampliamente conocida, no solo ofreció una espléndida conferencia sobre la pertinencia de entender a la sociedad de la información como una sociedad de los saberes para todos y por todos. Además, con disciplina y generosidad, estuvo presente los tres días de sesiones acompañado de su esposa Michelle, también investigadora de los medios y la cultura en las sociedades contemporáneas.

   El doctor Alejandro Piscitelli de la Universidad de Buenos Aires, autor de libros fundamentales para entender el desarrollo de las ciberculturas y fenómenos recientísimos como las llamadas empresas “punto-com” que surgieron y fracasaron debido a una apreciación demasiado voluntarista del auge de la Internet, ofreció una conferencia sobre la nueva economía.

   La periodista británica Sally Burch, directora de la Agencia Latinoamericana de Información, presentó un enterado inventario de las medidas que se pueden tomar para defender la libertad de expresión y auspiciar la participación de la sociedad en las nuevas redes de información.

   El doctor Bert Hoffmann del Instituto Iberoamericano de Hamburgo, autor de una cuidadosa investigación sobre la Internet en varios países latinoamericanos, describió las posibilidades (pero también los riesgos) de las nuevas tecnologías respecto de las economías de naciones como la nuestra.

   El consejero regional de la Unesco, Alejandro Alfonzo, describió las líneas principales de la Cumbre Mundial cuya primera fase tendrá lugar en diciembre próximo en Ginebra. Una segunda reunión se realizará en noviembre de 2005 en Túnez. Por su parte el colombiano Santiago Reyes Borda, actualmente asesor del Ministerio de Industria de Canadá, explicó el desarrollo de la Internet en ese país norteamericano.

 

Variadas voces nacionales

   Esas conferencias a cargo de invitados extranjeros, fueron complementadas con intervenciones de especialistas mexicanos en seis paneles. Jaime Chico Pardo, director general de Teléfonos de México; los consultores en asuntos informáticos Ricardo Zermeño y Enzo Molino y senadores de los tres partidos nacionales, estuvieron entre los panelistas.

   Del campo académico hubo profesores de la UAM como Scott Robinson y Antulio Sánchez; Kiyoshi Tsuru y Jorge Navarro del ITAM y Ernesto Piedras, del CIDE. De la UNAM participaron, entre otros, el profesor Víctor Flores Olea, el maestro Jorge Alberto Lizama y el director de Cómputo Académico Alejandro Pisanty. También estuvo Adolfo Dunayewish, de la organización civil La neta que se ha interesado en el uso ciudadano de la red de redes.

 

Ausencias y relevos

   Se habían comprometido a participar el presidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, Jorge Arredondo, y el director del programa e-México, Julio César Margáin. Unas horas antes de la Conferencia los dos avisaron que no acudirían. Es deplorable que la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, de la cual dependen esos dos funcionarios, haya querido ignorar a la Conferencia.

   A ese desdén, los organizadores respondieron con astucia política. Los sitios que dejaron libres Margáin y Arredondo fueron ocupados por dos especialistas con un intenso y directo conocimiento de las nuevas tecnologías de la información.

   Uno de ellos es Javier Lozano Alarcón, que en el gobierno anterior fue presidente de la Comisión Federal de Telecomunicaciones y subsecretario de Comunicaciones y Transportes y que, dedicado hace algunos años a la consultoría privada, recientemente fundó el Instituto del Derecho de las Telecomunicaciones.

   El otro invitado que a pesar de haber sido convocado a última hora llegó con una presentación repleta de experiencia y sugerencias fue don Carlos Casasús, que en años pasado también fue subsecretario de Comunicaciones y presidente de la Cofetel y que actualmente dirige la Corporación Universitaria para el Desarrollo de Internet.

   Hubiera sido muy útil que los actuales responsables del desarrollo informático del país explicaran, ante un auditorio enterado e interesado, las características de los proyectos que tienen para incorporar a México a la sociedad de la información. Sin embargo, en el plano de las propuestas y el debate, la participación de Casasús y Lozano fue muy gratificante.

   A diferencia de la postura de la SCT la Secretaría de Relaciones Exteriores, que representa a nuestro país en los preparativos de la Cumbre de Ginebra y Túnez, manifestó una reconocible actitud de apertura. Además del titular de la SRE que estuvo en la ceremonia inaugural, en la última sesión participó con una ponencia el doctor Salvador de Lara Rangel, Director General de Negociaciones Económicas Internacionales de esa Secretaría.

  

Encandilamiento tecnológico

   En la relatoría de la Conferencia Internacional se reconoce que, en las sociedades contemporáneas, la información no basta. De hecho, su exuberancia llega a ser un problema adicional a los que significa el marginamiento respecto de los cauces de difusión más abundantes en datos y opciones. Darle respuesta y contenido a esa preocupación es tarea de las sociedades y los Estados.

   Al explicar a la Sociedad de la Información se entremezclan el diagnóstico y el pronóstico. En las sesiones de la Conferencia se recordó la definición de los documentos preparatorios para la Cumbre de Ginebra: “Es una nueva forma de organización social, más compleja, en la cual las redes TIC más modernas, el acceso equitativo y ubicuo a la información, el contenido adecuado en formatos accesibles y la comunicación eficaz deben permitir a todas las personas realizarse plenamente, promover un desarrollo económico y social sostenible, mejorar la calidad de vida y aliviar la pobreza y el hambre”.

   Como delante de otros recursos de información, con estos que ofrecen las nuevas tecnologías corremos el riesgo de quedar atrapados por el encandilamiento y el sobredimensionamiento que produce su influencia. El doctor Mattelart señaló en su disertación que “el enfrentamiento no es entre tecnófilos y tecnófobos sino entre mesianismo tecnoglobal y apropiación de las técnicas en cada sociedad”.

 

Defensa del espacio público

   Mattelart mismo se había referido a las connotaciones geopolíticas de la Sociedad de la Información. Antes, en la inauguración de la Conferencia el Rector General de la UAM, Luis Mier y Terán, deseó: “Todos los países debemos tener garantizado el acceso a la información pero, además y sobre todo, tendremos que tener garantizado el acceso a la palabra”. Con afán similar Sally Burch, de la Agencia Latinoamericana de Información, propuso “rescatar el sentido de lo ‘público’: lo que no es ni del Estado ni de lo privado… (la) esfera o espacio donde la ciudadanía en sus diversas expresiones pueda intercambiar ideas, debatir sobre modelos de sociedad, fiscalizar el manejo de poderes y tener un acceso transparente a la información que concierne a la comunidad”. Ese ámbito plural de la comunicación, dijo Burch, ha de ser garantizado por políticas públicas.

   Anhelos y políticas entremezclados, a la Sociedad de la Información se le reconoció como espacio de bienaventuranza pero también territorio de riesgos tan grandes como las oportunidades que ofrece. En el inicio de las sesiones el legislador Javier Corral Jurado indicó que “el Senado de la República tiene interés en que haya un rostro humano de las tecnologías de la información y de la comunicación”.

   De la manera como se le moldee, con políticas públicas, acciones legislativas y según la concertación social que se logre, dependerá la humanidad o brutalidad que tengan los rostros de esta Sociedad de la Información. Alfonzo, de la Unesco, se apoyó en la Declaración de Bávaro, que forma parte de los materiales que alimentan la discusión rumbo a Ginebra, para decir: “La sociedad de la información es un sistema económico y social donde el conocimiento y la información constituyen fuentes fundamentales de bienestar y progreso”.

   Otras voces en la Conferencia amalgamaron reivindicaciones sociales y subrayaron diferencias políticas con las concepciones imperantes en la discusión y, en vez de Sociedad de la Información, prefirieron hablar de “Derecho humano a la comunicación”. En un comunicado dirigido a la reunión por 14 organizaciones sociales y 9 ciudadanos interesados en el tema, se plantea que ese derecho sea “garantizado a todos los miembros de la población, incluyendo en esto su participación activa, incluso en la producción de contenido, y el derecho a la propiedad de los medios para transmitir tales contenidos”.

 

Brecha, software y futuro

   En la Conferencia se habló, y surgieron numerosas propuestas, acerca de las medidas pertinentes para abatir la brecha entre quienes tienen acceso y aquellos que siguen apartados de las nuevas tecnologías de la información, se discutieron medidas para utilizar esos recursos en la educación, se dedicaron varias horas a evaluar los riesgos a las libertades y la posibilidad de emprender acciones técnicas y jurídicas para preservar el derecho a la expresión en las redes informáticas. En su relación con la economía se hicieron recomendaciones para impulsar la industria informática y especialmente la producción de contenidos y software nacional.

   El método para procesar esas sugerencias y la participación de sectores muy variados en la Conferencia que organizó el Senado podrían ser emblemáticos de la Sociedad de la Información que es posible construir: con una deliberación enterada y abierta, logrando que la posición mexicana en Ginebra represente el interés de la sociedad y no únicamente las apreciaciones gubernamentales y propiciando que a estos temas se les confiera la importancia que tienen en el diseño de la sociedad, la economía y la cultura del país.

  

ALACENA: Luis Suárez

Cronista del cambio político en México, fundador de organizaciones de periodistas, hombre de convicciones antimperialistas y colaborador de numerosos medios, Luis Suárez murió ayer a los 85 años.

   Nació en España donde fue capitán de milicias en la guerra civil. De su llegada a nuestro país y de las simpatías que conservaría toda la vida escribió en su libro más reciente: “Por obvias razones de gratitud y afinidad política –arribé a puerto mexicano el 13 de junio de 1939, en el oleaje de refugiados españoles derrotado en la prebatalla antifascista de la Segunda Guerra Mundial– me siento identificado, como nuevo mexicano, con la obra y la política de Lázaro Cárdenas. En General, que escrito con mayúsculas ya no requiere nombre ni apellido, no sólo me abrió, como a miles, las puertas de México; también, y como a muchos, las de su familia”.

   Eso escribió Suárez en la presentación de su libro Cuauhtémoc Cárdenas. Política, familia, proyecto y compromiso que apareció hace tres meses. En otras obras dejó testimonio de sus convicciones y afinidades: Lucio Cabañas, el guerrillero sin esperanzas (1976); Echeverría rompe el silencio (1979); Petróleo: ¿México invadido? (1981), entre otros.

   Colaborador de docenas de publicaciones -entre ellas, durante largo tiempo Siempre! y Excélsior–, hizo durante 17 años el programa de televisión Luis Suárez en el Once. Hace casi tres décadas participó en la fundación de la Unión de Periodistas Democráticos, fue directivo en la Organización Internacional de Periodistas y desde hace varios años presidía la Federación Latinoamericana de Periodistas.

   En numerosos foros Luis Suárez pugnó por la apertura de los medios de comunicación. En su libro más reciente apuntó: “La información es un instrumento de y para la gobernabilidad, pero no sustituye las diferencias, y menos elimina las desigualdades sociales. Ha de servir para la más consciente participación ciudadana. Pero se ha convertido en un elemento del poder que los verdaderos poderes apetecen para consolidarse sobre las diferencias de clase”.

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Internet, la gran conversación

Publicado por rtrejo en Diciembre 12, 2005

Comunicación tradicional y comunicación virtual en el universo de la red de redes

 Fragmento del ensayo “Internet, la gran conversación” publicado en Iberoamericana, del Ibero-Amerikanisches Institut de Berlín. Berlín, 2002.

 

20 años después de haber comenzado a expandirse y a una década del surgimiento de las páginas web, Internet ocupa ya un sitio propio entre los medios de comunicación. Todavía se debate si es una amalgama de los medios convencionales o la anticipación de un nuevo espacio multimedia y omnipresente. Como quiera que sea la red de redes forma parte de la vida contemporánea y su aun insuficiente cobertura es uno de los desafíos principales para los países en donde el desarrollo de Internet ha sido balbuceante o desigual.

   No ha pasado mucho desde que en 1982 el equipo encabezado por Bob Kahn y Vinton Cerf desarrolló el protocolo TCP/IP, que sería el lenguaje común a las computadoras conectadas a la red de redes (PBS, 1997). Ese año se empleó por primera vez el término Internet para designar al entramado de sistemas de cómputo cuyo entrelazamiento había comenzado años antes a partir de un proyecto militar del gobierno estadounidense. Tampoco ha transcurrido demasiado desde que en 1991 Tim Berners Lee creara en Ginebra el protocolo que permitiría desarrollar la world wide web, el espacio audiovisual que se constituyó en la esencia de Internet. El desarrollo de la red de redes en apenas una década ha sido al más intenso que haya experimentado medio de comunicación alguno en la historia de la humanidad, aunque aun existen amplias zonas en donde la Red es casi inexistente o constituye un privilegio para grupos muy acotados dentro de la sociedad.

 “El medio” en la primera crisis del siglo 21

   Conforme Internet desarrolla sus características y se distingue de la radio, la televisión y la prensa, tienden a quedar atrás las discusiones sobre si la red de redes es o no un medio de comunicación. Internet está ocupando un sitio propio al lado de los medios tradicionales a los cuales no desplaza, aunque tampoco depende de ninguno de ellos para ser reconocida como vía, espacio e instrumento de comunicación.

   Todos los medios, incluso la red de redes, quedaron a prueba cuando ocurrió la tragedia del 11 de septiembre de 2001. La necesidad de información de millones de personas en todo el mundo saturó los sitios de noticias y los buscadores más conocidos de Internet a tal grado que algunos de ellos, como Goggle y Altavista, colocaron avisos invitando a sus usuarios para que buscaran información en la televisión y la radio. En las horas iniciales después de los ataques terroristas la Red sirvió para encauzar a sus usuarios a que sintonizaran los medios tradicionales. Pero una vez que se habían conocido la caída de las Torres Gemelas y el ataque al Pentágono Internet asumió y potenció sus propios rasgos. Mucha gente encontró allí información sobre los grupos a los que se atribuían los atentados o pudo expresar, sin restricción de ninguna índole, sus sentimientos ante ese terrible suceso. Otros pudieron colocar avisos sobre el rescate de víctimas o recaudar fondos para aquellas tareas.

   Internet fue espacio, durante días y semanas, para que se manifestaran consternación, indignación, temores, dudas, recelos, ayuda y solidaridad en torno a la tragedia del 11 de septiembre. Con razón la fundadora de The Webby Awards (que han llegado a ser en Internet el equivalente a los Óscares en la industria del cine) decía a fines de 2001:

   “A través de los últimos meses, la red ha brillado como un medio fundamental para la comunidad, la comunicación y la información. Todos los tiempos de guerra tienen un medio que los define y que les permite a los civiles experimentarlos desde la seguridad de sus hogares. La Guerra Civil tuvo a la fotografía, la Segunda Guerra Mundial a la radio, Vietnam a las cadenas de noticias, la Guerra del Golfo a la CNN y las noticias por cable. La ‘Guerra contra el Terrorismo’ tiene a la Red. Realmente ha desempeñado y continúa jugando un papel crucial. La Red ha hecho nuestra información  más global, suministrando a los americanos acceso a perspectivas extranjeras, perspectivas alternas desde diferentes países y puntos de vista religiosos. Ha facilitado la comunicación, las condolencias y la asistencia. La gente volteó a los foros de la Red para compartir pensamientos. Los soldados están enviando correos electrónicos y empleando sitios web para comunicarse en tiempo real con sus familias y amigos en casa, permitiéndoles permanecer más conectados diariamente. La infraestructura para la donación en línea establecida después del 11 de septiembre propició donativos de millones de dólares en las semanas posteriores a los ataques. Además, los homenajes en línea crearon un espacio común para que se reunieran personas que pudieran no estar en el mismo punto geográfico a recordar y compartir sentimientos acerca de la vida de sus seres queridos” (Shlain, 2001).

   Aun es pronto para advertir con precisión los alcances de esta guerra y los atributos mediáticos que a la postre se le hayan de reconocer, aunque ha quedado claro el intenso empleo de los medios  tanto por parte del terrorismo como del gobierno de Estados Unidos. En varios momentos los medios de mayor cobertura han quedado acaparados por las imágenes y el discurso suscitados por uno u otro de esos actores desde los atentados del 11 de septiembre (fecha a partir de la cual hemos visto centenares de veces las siempre crispantes imágenes de los aviones estrellándose contra las torres neoyorquinas) hasta la propagación de los videos que mostraron a Bin Laden arengando o ufanándose de aquellos acontecimientos.

   La polarización mediática ha sido determinada tanto por el enorme dramatismo de tales hechos como por la censura y las exigencias del gobierno de Washington que ha presionado especialmente a los grandes medios en los Estados Unidos. En ese panorama Internet ha sido un espacio propicio para que se conozcan y confronten otras voces, capaces de contribuir a establecer un panorama menos esquemático y más útil para entender esta nueva guerra.

   Así que de la misma manera que horas y días después de los atentados del 11-S Internet afianzó sus rasgos como espacio de expresión abierta y diversa –y también informadora y solidaria– gracias al interés de millones de usuarios que se asomaron a ella para decir sus inquietudes y conocer las de otros, esa capacidad fue manifiesta delante de la parcialidad de los medios de comunicación convencionales.

La red de redes: sitio, espacio y medio

   Internet propaga mensajes similares, o idénticos, a los que suelen distribuirse por los medios convencionales. Además difunde contenidos que habitualmente no encuentran cabida en la televisión, la radio o la prensa industriales. Es un medio de comunicación pero además es un lugar o un conjunto de sitios que pueden ser visitados, creados o incluso modificados por sus usuarios. Y también es un espacio social (Poster 2001: 176) en donde convergen las más diversas expresiones.

   ¿Qué define a un medio de comunicación? Vale la pena recordar, aunque parezca un tanto obvio, que los medios comunican a partir de sus capacidades para llevar mensajes de un sitio a otro. Pero el acto de comunicar no se resuelve en la mera transmisión de un mensaje sino cuando es recibido. Para que haya comunicación, como establecieron los viejos patriarcas del estudio de esta disciplina, se precisa la existencia de emisor y receptor. Muchos incluso, consideraban que el acto de comunicar solamente se realizaba cuando el receptor podía, a su vez, responder al mensaje que recibió.

   Si no hay comunicación sin receptor es preciso advertir que la forma en que un mensaje es entendido –decodificado, como gustan decir algunos autores– depende entre otros factores del contexto del receptor. Una noticia sobre secuestros de aviones la entenderé de manera distinta si estoy a punto de tomar una aeronave; el reporte del clima en Hamburgo me resultará indiferente si no conozco a nadie o no pienso viajar a esa ciudad; si tengo el televisor encendido al mismo tiempo que desayuno y leo el periódico la atención a lo que allí se dice resultará mucho menor a la que tengo cuando no hago mas que contemplar y escuchar los mensajes que surgen de la pantalla. El acto de comunicar se resuelve de maneras diferentes y un mismo mensaje adquiere implicaciones y significados según la situación –física, emocional, cognitiva, etcétera– de quien lo recibe.

   La comunicación implica un continente, es decir, el mecanismo merced al cual un mensaje es enviado; en segundo término requiere de un contenido que es aquello que se comunica. Muchas de las descripciones tradicionales del proceso de comunicación se agotan en el acto en el cual un mensaje es propagado (es decir, en la caracterización del continente y el contenido). Pero la relación emisor-receptor depende, para ser tal, del estado en el que ese mensaje será recibido y, entonces, entendido.

   En otras palabras, la comunicación es mensaje y además, parafraseando a Ortega y Gasset, el receptor es él y su circunstancia. Para que el proceso de comunicación culmine y a fin de que sea posible entender cómo se desarrolla hay que tomar en cuenta, además del continente  y el contenido, al contexto en el cual un mensaje se decodifica.

   Esa circunstancia es creada, en parte, por las características técnicas del medio (la televisión reclama la mirada y el oído, el diario requiere que abramos sus páginas manualmente, etc.) y por condiciones materiales y anímicas del receptor. Cada medio tiene lenguajes y estilos que condicionan las maneras como sus mensajes pueden ser aprehendidos. La televisión, exigente con sus audiencias, impone una atracción magnética; la radio envuelve a través del oído y provoca la imaginación; la prensa obliga a un esfuerzo de concentración peculiar con la vista y la atención fijas. Todo esto es muy evidente. Pero hasta ahora se ha reflexionado poco acerca de las condiciones que Internet produce como medio de comunicación y que, a su vez, condicionan las maneras en que sus mensajes son percibidos.

Cibernautas del multimedia y el hipertexto

   La singularidad de un medio de comunicación depende de las capacidades que tenga para interesar e involucrar a los destinatarios de sus mensajes. Por ejemplo, la proyección de una película en una sala cinematográfica es envolvente y la pantalla, iluminada en medio de un entorno oscuro, nos obliga a supeditarnos a la sucesión de imágenes que desfilan sobre ella. La televisión requiere que nos coloquemos frente a ella y su eficacia radica en la combinación de imágenes y sonido que se sobreponen a su entorno –si queremos conversar con alguien es preciso reducir el volumen del sonido y si la charla es algo más que casual debemos apartar la mirada del televisor para ver a nuestro interlocutor–­.

   ¿Cuál es el contexto que establece la comunicación a través de la computadora y específicamente Internet? ¿Qué exigencias y condiciones implica esta forma de comunicación? En la Red se pueden reconocer la atracción visual, de intensidad que llega a ser hipnótica, que tiene la televisión. También tenemos texto e imágenes fijas como en la prensa y sonido igual que en la radio.

   Inclusive algunos de los hábitos en el consumo de los medios tradicionales se reproducen en Internet. Igual que pasamos las páginas de un diario podemos recorrer una página en la red deslizando el cursor. Así como hacemos zapping delante del televisor es posible brincar de uno a otro sitio web. De la misma manera que podemos leer una revista mientras escuchamos un disco de música, podemos acompañar nuestra exploración en Internet con sonido de fondo. Todas esas son rutinas en el empleo de los medios convencionales que ha sido posible trasladar al uso de Internet. Pero la red de redes no se singulariza por su atracción visual, ni por la posibilidad de incorporar sonido, ni por su capacidad para propagar imágenes y texto. Lo que distingue a Internet de otros medios es la amalgama de todos esos formatos y recursos y su carácter abierto tanto en la variedad de contenidos, como en las opciones que ofrece para que sus consumidores interactúen –o no– delante de ellos. Se trata de un instrumento multimedia y con capacidades de intercambio recíproco.

   El profesor Charles Soukup ha identificado las actitudes más frecuentes en la aproximación de los estudiosos de los medios a la comunicación mediada por computadora (CMC): “En general, los investigadores y teóricos se han acercado a la CMC desde tres amplias perspectivas. Primero, un grupo pionero de investigadores vio al contexto de la CMC como impersonal, técnico y distante. En respuesta a esa investigación temprana, un segundo grupo de investigadores miró a la CMC como personal, normativa y compleja. En tercer término, muchos académicos críticos y retóricos han ofrecido su análisis de las implicaciones sociales de la CMC. Desafortunadamente… esas perspectivas a menudo han sobre enfatizado los códigos textuales de la CMC y han fracasado al registrar las complejas aplicaciones multimedia” (Soukup 2000: 411).

   La red de redes se apoya en formatos multimedia y sus contenidos se relacionan de manera versátil y flexible a través de enlaces de hipertexto. La multimedia implica la fusión de recursos de los medios tradicionales –audio, texto, video– gracias a la digitalización de la información. El hipertexto resulta del empleo de programas de cómputo para ofrecer distintas opciones de recorrido “a partir de un texto principal, donde el usuario puede vincular información secundaria o explorar referencias cruzadas de manera no lineal” (Regil 2001: 23). Las ligas que aparecen en una página web nos permiten saltar a otro lugar de ese sitio o a un domicilio diferente dentro de la red de redes de tal manera que tenemos la capacidad de organizar nuestra lectura de acuerdo con nuestros intereses y prioridades.

   Cuando leemos un libro nos ajustamos al recorrido que su autor ha establecido previamente. Cuando pasamos por las páginas de una revista elegimos en qué textos o fotografías detenernos pero siempre dentro de los confines de esa publicación impresa. En Internet en cambio según nuestros caprichos o inclinaciones podemos organizar nuestra lectura, dicho sea de la manera más amplia porque en la pantalla no leemos solo caracteres lingüísticos sino además imágenes y sonidos –y ya se incursiona en la incorporación de sensaciones táctiles y olfativas e incluso sabores que podrán ser percibidos a través de instrumentos incorporados al ordenador–.

   La organización multimedia de los contenidos en la red de redes no propone caminos únicos sino tantas rutas como quiera el afán exploratorio del consumidor de esa información. Desde luego casi siempre hay opciones que sus editores proponen para aprehender los contenidos de un sitio web, especialmente aquellos que reproducen contenidos de los medios tradicionales. La página en Internet de un periódico que además circula de manera convencional imita la lógica de la edición impresa: primera plana, secciones de finanzas, deportes, comentarios, etcétera. El usuario puede seguir ese orden tradicional o modificarlo, de la misma manera que quienes prefieren comenzar por la sección deportiva del diario. Pero a diferencia del lector de la edición en papel y tinta, el consumidor de la versión electrónica puede volver o avanzar a cualquier zona del periódico tan solo con hacer click en una liga de hipertexto.

   El consumo de contenidos en este formato exige de un comportamiento más activo que el de quien mira el televisor o pasa las páginas de un diario. A diferencia de la lectura lineal, la comunicación hipertextual asume características de un viaje. Con razón, al uso de Internet se le llega a denominar navegación. Nadie habla de navegar a través del televisor pero sí mediante la red de redes.

   No hay telenautas pero sí cibernautas: esa connotación de desplazamiento y migración se la confieren a Internet y a sus usuarios tres características: a) las dimensiones de la red de redes, b) la ubicuidad constante de sus sitios independientemente del emplazamiento desde donde los rastreemos gracias a nuestro navegador y c) la posibilidad de brincar de un sitio a otro en un recorrido que trasciende entonces la lógica del desplazamiento lineal y territorial que hasta ahora había sido convencional.

Multimedia + interacción = hipermedia

   Otra diferencia definitoria y esencial entre Internet y los medios convencionales radica en las cuantía de los canales emisores y en las dimensiones de los contenidos. La televisión, incluso actualmente cuando es posible la recepción de centenares de canales a través de una sola antena satelital o por un solo cable tiene una capacidad limitada: no podemos recibir más señales que las que pasan por el traspondedor del satélite o las que pueden ser conducidas en la fibra óptica. Un diario o una revista son acotados por el continente de sus mensajes que son las páginas en las que puede imprimir.

   En cambio en Internet el continente y los contenidos tienen capacidades cuantitativamente ilimitadas –o casi–. La cantidad de sonidos, imágenes fijas o en movimiento, texto y cualquier tipo de archivos digitalizados que puede albergar la Red es tan amplia como la capacidad de almacenamiento de las computadoras que alojan páginas y sitios web.

   Navegar por Internet es, potencialmente al menos, una aventura que puede cursar por senderos versátiles, exuberantes e incluso inesperados. El formato multimedia enriquecido por las características digitales –aunque con la limitación que todavía significa el llamado ancho de banda al que nos referimos más adelante– amplía las capacidades que cada medio tiene por separado. Ese atributo,  al amalgamarse con la vasta capacidad de almacenamiento que le confiere su condición de red de redes, sin un centro único y diversificada en centenares de miles o millones de computadoras que alojan contenidos, permite que Internet sea un medio de medios: el multimedia que alcanza la condición de hipermedia.

   El hipermedia mezcla atributos de los medios convencionales, propone opciones versátiles para la apropiación de los mensajes y exige una atención e incluso un compromiso intensos por parte de sus usuarios. Por hipermedia se entiende el: “Sistema informático de combinación de texto, imagen y audio, diseñado y producido con intenciones determinadas, que –en términos generales– pueden ser: educar, entretener o informar. Una vez producido, las formas de interrelacionar los elementos del conjunto, dependerán de la capacidad de interacción usuario-contenido. Su característica fundamental, y quizás la más revolucionaria, es la posibilidad de enlace entre diferentes medios que lo componen (texto, imagen y audio). Particularidad que permite la ruptura de la estructura lineal, presente de hecho, hasta hace poco, en todos los medios” (Regil 2001: 50).

   Los medios tradicionales difunden hacia públicos masivos, en tanto que Internet propaga sus contenidos a audiencias de lo más diversas –independientemente de que sean abundantes o limitadas–. Esos contenidos son finitos en los medios tradicionales pero Internet prácticamente no tiene barreras para albergar toda clase de mensajes. A los medios convencionales se les suele consumir en localidades específicas (con excepción de casos peculiares como el que constituye la CNN, de alcance planetario o casi) y a Internet se puede acceder dondequiera que haya computadora, módem, línea telefónica o otra clase de conexión a la red de redes.

   En algunos aspectos Internet supera características de los medios tradicionales. En otros, no. De hecho, ponerla en contraste con ellos no constituye la mejor manera de entenderla. Si estamos de acuerdo en que Internet es un medio de comunicación específico, distinto a otros aunque tenga rasgos de los medios tradicionales, también podremos admitir que no es necesario encontrarle ventajas sobre ellos para advertir sus posibilidades distintivas.

   Sin embargo el discurso más frecuente acerca del futuro de Internet como medio de comunicación sugiere que solo alcanzará sus capacidades plenas cuando haya podido fusionarse con la televisión. Pareciera que los promotores industriales y los diseñadores técnicos de la red de redes no estarán satisfechos sino hasta que Internet desplace a la televisión tal y como la conocemos hasta ahora.

   Posiblemente con el tiempo, además del desarrollo tecnológico y su propagación entre la gente, Internet quede incorporada a un sistema de comunicaciones que se difunda por canales de información digital diseminados a la manera en que ahora funciona la red de redes. La televisión, o el dispositivo multimedia que la sustituya, será una de las vías de salida, aunque no la única, de los contenidos que ahora conocemos a través de Internet y de los muchos más que serán elaborados y colocados en línea. Pero es difícil hacer pronósticos tajantes, de la misma forma que resulta apresurado decir que Internet no se realizará como medio de comunicación sino hasta que esa simbiosis tenga lugar.

Angosto ancho de banda y extensa brecha digital

   Aunque al terminar el primer año del siglo XXI la capacidad de la red de redes es notablemente superior a la que tenía una década antes, cuando surgió la world wide web, todavía es casi imposible recibir a través de Internet mensajes audiovisuales de un tamaño similar a los que obtenemos a través de la televisión. Quienquiera que haya visto televisión difundida por Internet conoce su deficiente calidad, resultado tanto de la velocidad con que se envían por la Red  los paquetes de información como de la memoria no siempre óptima de los equipos de cómputo que empleamos para conectarnos a ella. El desarrollo de las comunicaciones electrónicas llegará a ofrecer velocidades muy superiores pero para ello faltan varios años, incluso con la propagación de conexiones satelitales que son notoriamente más rápidas pero de mayor costo que las que se apoyan en la línea telefónica o en el cable coaxial.

   El “ancho de banda” (bandwith) como se le llama a la cantidad de datos que se pueden transmitir por una línea conectada a Internet, aun no permite la difusión de señales audiovisuales de calidad equiparable a la que tenemos en la televisión convencional. Sin embargo ya es usual la difusión por Internet de estaciones de radio con un sonido de calidad digital aunque eventualmente interrumpido por las desconexiones o las alteraciones en el enlace de un equipo de cómputo a otro.

   La escasez del ancho de banda se resolverá conforme se desarrolle la tecnología, lo cual irá acompañado de inversiones financieras que harán posible esa evolución. En cambio para solucionar la otra gran limitación que tiene Internet y que es su pobre presencia en la mayor parte de los países se requieren tecnología y dinero, pero también políticas estatales que no siempre cuentan con la permanencia, la solidez, los recursos y la visión de futuro que se necesitan para la propagación de la red de redes. En tanto que en los países más desarrollados en América del Norte y Europa los usuarios de Internet a fines de 2001 alcanzan ya a la cuarta parte de la población y en algunos casos llegan a la mitad o más, en el resto del mundo representan unos cuantos puntos porcentuales.

   En el umbral de 2002 en Australia el 26% de la población tiene conexión a Internet, en Bélgica el 26%, en Canadá el 45%, en Finlandia el 39%, en Francia el 18%, en Alemania el 31%, en Irlanda el 25%, en Italia el 19%, en Japón el 18%, en Noruega el 49%, en Holanda el 43%, en Portugal el 20%, en España el 18%, en Suecia el 51%, en Suiza el 47%, en el Reino Unido el 55% y en Estados Unidos el 61%.

   En América Latina, en Argentina tiene acceso a Internet el 5.5%, en Brasil el 3.5%, en Chile el 12%, en Colombia el 1.7% , en Cuba el 0.4% y en México el 2.5%.

   Esa situación no mejora en otras zonas del mundo. En China solamente tiene acceso a Internet el 1.7%, en Egipto el 0.65%, en la India el 0.5%, en Filipinas el 2.4%, en Marruecos el 0.17% y en Rusia el 5.2% para no referirnos a la mayoría de los países de África o Asia. Estos porcentajes los hemos calculado a partir de la información, originada en numerosas fuentes, que compila y actualiza regularmente el INT Media Group (CyberAtlas, 2001). Estos datos cambian constantemente y en algunos casos no se trata de los más recientes, pero dan una idea de la dispar distribución del acceso a Internet en el planeta.

   La brecha digital como la han denominado numerosos investigadores y activistas preocupados por el insuficiente crecimiento del acceso a Internet en el mundo menos desarrollado no se resolverá pronto ni de manera uniforme. Se trata de la expresión informática de las desigualdades que cruzan al mundo y también, de las que existen en cada país. Es pertinente reconocerla para acotar los alcances de Internet como medio de comunicación. Sin demérito de las capacidades que tiene en sí misma, la red de redes no puede comunicar nada en donde no hay equipo ni capacidad técnica para conectarse a ella.

   El siguiente cuadro ha sido elaborado con porcentajes calculados a partir de una fuente distinta de la anterior y por eso la proporción de usuarios de Internet respecto de la población no coincide con las cifras que mencionamos líneas atrás. Los datos de este cuadro son previos a los que registra la fuente mencionada en los párrafos anteriores pero permiten comparar la gran diferencia que hay entre el acceso a la red de redes y el consumo de otros medios –el teléfono y la televisión– en algunos países de América Latina.

 

Teléfonos, usuarios de Internet y televisores en

nueve países de América Latina.

Porcentajes sobre población

 

Líneas telefónicas principales

Usuarios de Internet

Televisores

Argentina

20.1 %

2.47 %

28.6 %

Brasil

14.9

2.08

31.6

Colombia

16.0

1.4

21

Costa Rica

20.4

3.8

22

Chile

20.7

4.1

23

México

11.2

2.6

25.3

Perú

6.7

1.6

14

Uruguay

27.1

9.0

52

Venezuela

10.9

1.7

18

Datos elaborados a partir de INEGI, 2001

 

   Es difícil estimar a cuánta gente sirven un televisor o una línea telefónica pero es usual considerar que si se encuentran instalados en una vivienda son aprovechados por entre 4 y 5 personas en promedio. Eso indicaría que en casi todos los países mencionados en la tabla anterior la televisión tendría una cobertura casi completa entre la población, en tanto que la telefonía alcanzaría cerca del 50% en la mayoría de ellos, sin contar la existencia de teléfonos celulares que se están convirtiendo en una alternativa de gran crecimiento frente al servicio alámbrico en casi todos los países de la región. En todo caso, la tabla permite apreciar el abismo que se mantiene entre el uso de la televisión y el acceso a Internet. La cantidad de usuarios de la red de redes ha crecido de manera muy notable particularmente a partir de 1998, pero es posible que ese ritmo de expansión se detenga dentro de pocos años.

 

Virtualidad en tres tiempos

   A lo virtual se le entiende como implícito, aquello que es tácito o está sobrentendido: “que tiene virtud para producir un efecto aunque no lo produce de presente… que tiene existencia aparente y no real”, señala entre otras acepciones el Diccionario de la Lengua Española  de la Real Academia. Lo virtual es algo que no alcanza su plenitud: aquello que todavía no es del todo.

   Ante datos como los que mencionamos en páginas anteriores y que dan cuenta de la desigual inserción de Internet en el mundo –y entre otras regiones en América Latina– es posible considerar que la comunicación a través de la red de redes es virtual en más de un sentido. Lo es en la acepción más frecuente que califica como virtual a la comunicación de carácter digital que no tiene densidad física y que articula mensajes y contenidos a partir de la combinación de bytes organizados merced a un programa de cómputo.

   Pero esa comunicación en un mundo en donde Internet se ha desarrollado de manera heterogénea, muy concentrada en el norte y dispareja en el sur, también resulta virtual debido a su todavía insuficiente cobertura entre la población.

   En una tercera acepción, podemos considerar que la que se efectúa a través de Internet es una comunicación virtual porque no siempre se completa el camino de ida y vuelta que define al proceso comunicacional cuando existe de manera completa. Los medios tradicionales fallan en ese aspecto porque propagan mensajes enviados por pocas personas hacia muchos destinatarios, los cuales no tienen oportunidad de replicar.

   La comunicación, decíamos antes, existe cuando hay receptores y la comunicación plena se realiza cuando los receptores pueden responder a los contenidos que han recibido. En tal sentido Internet parecería el medio de comunicación por excelencia: cualquier usuario puede ser, a su vez, productor de mensajes. Por eso Internet ha sido, en sus fundamentos, la realización de las utopías comunicacionales que, en sus críticas a los medios convencionales, siempre deploraron la imposibilidad práctica para que los ciudadanos contasen con vías expeditas y permanentes para expresarse delante de los contenidos de la televisión, la prensa o la radio industrializadas.

   En Internet existe la posibilidad, al menos hipotéticamente, para que los destinatarios de un mensaje respondan a él. Ante los contenidos que miramos o recibimos al abrir una página web casi siempre hay cauces para que manifestemos nuestra opinión, o para que los completemos o maticemos con nuestras propias elaboraciones o respuestas a través del correo electrónico, en los foros de discusión (chats o tableros electrónicos) o inclusive colocando nuestras propias páginas en la Red. Sin embargo esa es una oportunidad que pocos usuarios de Internet aprovechan.

   Aunque sus características técnicas y su esquema descentralizado permiten que Internet sea un mecanismo de comunicación de ida y vuelta, no es frecuente que esa opción sea utilizada por la mayoría de los cibernautas. La navegación en la red de redes suele ser fundamentalmente contemplativa y solo en pocos casos se convierte en participativa.

   De esta manera la comunicación en la Red es virtual no solo porque los contenidos que se difunden en ella carecen de la corporeidad o densidad física que tiene la realidad, o debido a su insuficiente cobertura en la sociedad. Además se le puede aplicar ese adjetivo porque no llega a ser una comunicación en donde los receptores se asumen como emisores.

   Incluso cuando aprovechan las capacidades de la Red para hacerse oír y ver y no solamente escuchar y mirar lo que dicen otros, los internautas tienen pocas posibilidades de ser atendidos. A menudo colocar una página web es como echar una botella al mar. Un usuario de Internet puede armar su propio sitio, contratar un servidor en dónde alojarlo y esperar infructuosamente a que sea visitado porque la oferta de contenidos en la Red se encuentra dominada por las páginas con mayores recursos para publicitarse y para ofrecer materiales más vistosos y abundantes.

   La diferencia, si acaso, radica en que podemos saber si  esa botella que hemos arrojado al océano de las redes es recogida por alguien, siempre y cuando el servidor en el que alojamos nuestra página registre las visitas que recibe. Además quien lo desee puede replicarnos por e-mail.

   No hay acuerdo acerca del tamaño de Internet porque las metodologías para evaluarlo son distintas. Las empresas y los centros de investigación que han empleado rastreadores para identificar cuántos sitios se encuentran alojados en los servidores conectados a la Red suelen contabilizar domicilios registrados pero que en ocasiones no tienen contenido, o que repiten el contenido de otros. Un acercamiento más reciente al tamaño de la red de redes ha sido emprendido por el Online Computer Library Center de Ohio, que estimó la existencia de 8 millones 745 mil sitios web a mediados de 2001 (OCLC, 2001). Esa cifra se refiere a los sitios y no al número de páginas web –un sitio está conformado por una o por más páginas– y es muy baja en comparación con otras evaluaciones del tamaño de la world wide web, pero constituye una plataforma mínima para apreciar el crecimiento de la Red. Si comparamos esos datos con la cantidad de usuarios de Internet en todo el mundo tenemos que cada vez hay, proporcionalmente, menos sitios.

   Con el propósito de contrastar los datos sobre sitios web que manifiesta e la fuente antes mencionada con la cantidad de usuarios que ha tenido la Red, acudimos a las estimaciones demográficas de la empresa Global Reach. De esa comparación provienen los resultados que mostramos en la siguiente tabla.

 

 

Usuarios de Internet por cada sitio web

 

 

Número de sitios web (1)

Usuarios de Internet (2)

Promedio de

usuarios por

cada sitio web

1997

1, 570, 000

 70 millones

   44.6

1998

2, 851, 000

117 millones

   41

1999

4, 882, 000

245 millones

   50

2000

7, 399, 000

391 millones

   52.8

2001

8, 745, 000

490 millones

   56

Fuentes: (1) OCLC: 2001 

(2) Global Reach: 2001

 

   Las cifras son, en todo caso, indicativas. Pero muestran una tendencia sugerente. Desde luego cada vez hay más sitios y más usuarios de Internet. Pero todo parece indicar que los sitios aumentan proporcionalmente menos que la cantidad de internautas, de tal manera que cada vez tenemos más usuarios por cada sitio en la world wide web. A diferencia de 44.6 usuarios por sitio, en promedio, que se registraban en 1997, cuatro años más tarde tuvimos 56 usuarios por cada sitio en la Red. La cantidad de sitios en la Red creció 557% pero los usuarios aumentaron 700%.

   Ese dato confirmaría la tendencia a la concentración de las páginas, especialmente las de mayor audiencia, en menos manos. Además se verifica un comportamiento cada vez menos activo de los usuarios de Internet. Aparentemente, aunque sus usuarios eran menos, en los primeros años de la red de redes había mayor interés e intensidad participativas en comparación con el panorama que se dibuja al comienzo del siglo XXI. Los pioneros en el uso de la Red tenían mayor disposición a la interactividad que muchos de los internautas que en los años recientes se han incorporado a Internet.

 

Internet delante de los otros medios

   Internet seguirá definiendo sus propias características que la distinguirán de otros medios de comunicación. Gracias a ello se ampliará la oferta de contenidos entre los cuales los públicos de los medios pueden elegir sus opciones de entretenimiento, ilustración, información o incluso educación. Paso a paso, aunque se trata de trancos que da con gran rapidez, la Red precisará los rasgos mediáticos que comparte y sobre todo aquellos que no ofrecen otros medios.

   El continente de los mensajes en Internet es claramente distinto: se trata de paquetes de información digitalizada que son conducidos a través de una estructura reticular, a diferencia de la transmisión o edición centralizadas que define a los medios tradicionales. Ese formato nos permite acceder a contenidos muy diversos, casi ilimitados, desde donde sea y en cualquier momento: sin restricciones espaciales ni temporales.

   El contenido es en parte el mismo de los medios convencionales pues las empresas mediáticas, salvo excepciones, no han sabido diseñar mensajes peculiares para la red de redes. Al menos en una fase inicial la han concebido solamente como un espacio adicional para propagar el material que difunden a través de los canales tradicionales –es paradójica, digámoslo solo de paso, la inhabilidad de los grandes consorcios de la comunicación para entender a Internet como un medio singular que amerita y exige contenidos, lenguaje, cadencias y estilos distintos a los que definen a medios como la televisión y la prensa­­–. Junto a esos contenidos se encuentran muchos otros, menos respaldados por la promoción de los sitios con mayor sustento comercial pero de imaginación, originalidad, versatilidad y abundancia prácticamente inagotables. Se trata de sitios y páginas web colocados con el afán de comunicar de la manera más elemental: sus autores, simplemente, dicen allí sus verdades e inquietudes buscando suscitar el interés de otros. Se trata del mismo procedimiento con que se busca iniciar una conversación en la vida fuera de línea. En ese sentido a Internet se le puede considerar como el espacio oceánico en donde se despliegan innumerables pláticas en busca de interlocutores. De sus usuarios depende que Internet se convierta en una inagotable y estéril suma de diálogos de sordos, en simple cháchara inservible y baladí o, como sería deseable, en una conversación ilimitada.

   El contexto que Internet les impone a sus usuarios y aquel en el que se desarrolla como medio, también está en construcción. Por lo pronto se ha afianzado como instrumento de consumo personal en donde la socialización ocurre gracias a las redes que nos comunican con otros pero no delante de ellas (como cuando miramos la televisión junto con otros) ni solo como consumidores pasivos de lo que otros dicen como cuando leemos en los diarios las ideas o informaciones de otros. Las vías técnicas para apropiarnos de los contenidos de Internet evolucionarán de manera drástica y constante. Pero en lo fundamental, todo parecería indicar que seguirá siendo esa colección de espejos de la realidad que ha cautivado e inquietado en los primeros diez años de existencia de la world wide web, cuya estructura descentralizada y reticular le confiere una flexibilidad y agilidad que no tienen los medios convencionales. Tanto o más que respecto de cualquier otro medio en Internet se cumple el diagnóstico del canadiense Marshall McLuhan: las características merced a las que se propaga contribuyen a determinar el contenido, el medio es el mensaje.

   La gran pregunta que podemos seguir haciéndonos delante de Internet es para qué nos sirve la sofisticación tecnológica que nos permite hurgar en el contenido depositado en las computadoras más remotas, explorar archivos textuales, icónicos o multimedia, charlar en tiempo real con gente de la que jamás nos hubiéramos enterado de otra manera, discutir sobre temas en los que somos reputados expertos o sobresalientes ignorantes y colocar lo mismo la información más útil para algunos que la más anodina o agresiva para muchos.

   Pero esa es una pregunta que sigue siendo pertinente para todos los medios y nos la hacemos cada vez que constatamos la programación baladí e irresponsable que caracteriza a la televisión comercial en todo el mundo, o las prácticas abusivas que la prensa mercantil suele desplegar para vender ejemplares.

   Internet, como colección de espejos que es de la realidad, también reproduce errores, necedades y excesos de los medios convencionales. Quizá alcance a ser útil para atemperar, analizar y entender esos rasgos y en vez de solamente remedarlos pueda contribuir a superarlos. Si la Red sirve, entre otros propósitos, como espacio para la discusión, la vigilancia, el contraste y el uso creativo de los medios de comunicación tradicionales podría llegar a ser un espacio auténticamente hiper mediático: no más allá del resto de los medios ni sobre ellos, sino capaz de llevarlos a estar al servicio del diálogo entre la gente para aclarar, distender y entonces resolver sus conflictos y carencias.

   En un mundo creciente y constantemente comunicado, pero en donde siguen ausentes explicaciones muy elementales y en el cual las personas y los países suelen recelar y arremeter antes de dialogar, esa es la gran conversación que sigue pendiente.

 

Granja de la Concepción,

Ciudad de México,

diciembre 31 de 2001