Adicto a Facebook

Dentro de una o dos semanas tendré mil amigos en Facebook. Al momento de escribir estas líneas ya suman 902. Comencé con un espacio en esa red social a mediados de 2006 pero en aquel tiempo no encontré interés en compartir mis preferencias musicales, cinematográficas o sibaríticas como me pedía ese sitio.

A mediados del año pasado un colega uruguayo, especialista en sicología del uso de Internet, me dijo que si no utilizaba mi espacio en Facebook alguien más podría abrir una página con mi nombre e inclusive utilizando, sin permiso, una fotografía mía. La idea de que alguien se hiciera pasar por mí, amparado en mi imagen y diciendo cosas que me serían atribuidas, debería haber resultado suficientemente enigmática para abstenerme de usar el espacio que ya tenía registrado en Facebook. El yo de la vida fuera de línea podría tener en esa red dentro de Internet un alter ego totalmente fuera de mi control con resultados imprevisibles. Con el tiempo, quizá, podría culpar al yo digital de mis desventuras presenciales. Sin embargo el miedo no a la suplantación sino al ridículo motivado por alguien más, fue más intenso. Quizá, sobre todo, supuse que las aprensiones de mi colega uruguayo eran exageradas y que nadie querría tomarse la molestia de falsear mi personalidad digital. Para evitar esa decepción, yo mismo me hice cargo de la página en Facebook.

Llené los espacios que requieren anotar preferencias, coloqué una fotografía y me dispuse a esperar. En Facebook se estila que uno busque conocidos para pedirles que acepten ser nuestros amigos. Sin embargo, la idea enviarle a alguien un mensaje electrónico y solicitarle el favor de su amistad, me parecía semejante a recorrer los edificios cercanos al mío para tocar las puertas de los vecinos y pedirles que sean mis amigos. No por soberbia, sino por timidez, me dispuse a esperar que otros se apiadaran de mi precaria lista de amigos cibernáuticos y me añadieran a sus respectivas redes.

Durante los primeros meses tuve la amable sorpresa de encontrar a antiguos amigos de la vida presencial, junto a algunos colegas y ex alumnos que fueron nutriendo mi lista de contactos en Facebook. Aunque a varios de ellos les tengo confianza y afecto personales, me parecía un exceso hacerles saber mi “estado”, es decir, lo que me encontraba haciendo o pensando a cada momento. Cada vez que me asomaba al sitio me sorprendía con la franqueza, para decirle de alguna manera, que algunos miembros de la red de amigos demostraban para manifestar pensamientos, proyectos, acciones o frustraciones que en algunos casos resultaban embarazosamente íntimos.

La gana de manifestar en público circunstancias o contenidos que en otras condiciones serían propios únicamente del ámbito privado, es uno de los rasgos de Internet. Hace ya más de una década, el anonimato hizo de los salones de chat espacios abiertos a la desinhibición más explícita, en ocasiones demasiado. Pero en Facebook casi todo mundo da la cara y, cada vez que quiere, proclama sus vicisitudes con la misma franqueza de quienes se asoman a la ventana para gritarle sus emociones –o sus reflexiones, aunque estas son más escasas– a cualquiera que pase por la calle.

Por eso, hasta ahora, únicamente de manera ocasional coloco alguna frase que indique mi estado en Facebook. He compartido algunos acontecimientos con amigos conectados al mismo tiempo que yo, por ejemplo en enero cuando tomó posesión el presidente Obama o  en septiembre, cuando varios sitios en la Red transmitieron el concierto por la paz en La Habana. En otras ocasiones, he manifestado opiniones instantáneas como cuando el gobierno intervino abruptamente las instalaciones de Luz y Fuerza. Las reacciones de quienes comentan esas impresiones, las matizan, confirman o contrastan.

Lo que hago de manera regular es colocar ligas a los artículos que escribo tres veces a la semana para el sitio ejecentral.com.mx  y los que aparecen cada dos semanas en emeequis. Así, compartiendo puntos de vista en un océano digital más propicio a las emociones que a las reflexiones, he llegado casi al millar de amigos en Facebook. A algunos de ellos los conozco de manera personal. A muchos más únicamente en línea, pero la sinceridad con que comparten emociones y experiencias me compromete a seguir lo que dicen y eventualmente a dejarles algún comentario. Siempre me sorprenden, y a veces todavía me abochornan ligeramente, algunas de las llanezas que encuentro cada vez que entro a Facebook. Pero la curiosidad, que es una forma elegante de llamarle al entremetimiento, resulta más poderosa que cualquier reparo.

Publicado en emeequis

El texto anterior suscitó numeros0s comentarios, en primer lugar en mi página en Facebook pero además en otros sitios. El autor del blog espacioX se tomó la molestia de dedicar una entrada a reflexionar sobre ese texto. De allí he tomado el video “No te metas con mi Facebook”.

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