Internet como expresión y extensión del espacio público

Ensayo publicado en la Revista MATRIZes de la Universidad de Sao Paulo. No. 2, 2009.

Raúl Trejo Delarbre

Resumen: Internet es, al mismo tiempo, parte del espacio público y de la esfera pública, entendidas en los términos definidos por Habermas. En sitios web y otros espacios de la Red de redes se desarrolla un intenso y abierto proceso de socialización política e ideológica, a la vez que subsisten limitaciones importantes para que Internet contribuya de manera más enfática en la deliberación de los asuntos públicos.

Palabras clave: Internet, espacio público, socialización

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Subiendo poesía a la Red


Una estupenda oportunidad

para la comunidad de poetas aficionados

subir poemas a la red

sentir que son celebridad

Nada más piensa,

nuestros pensamientos los leen

personas a millas de distancia

a las que nunca veremos

de las que nunca sabremos

Viejos y experimentados

jóvenes y entusiasmados

Gente de todo el mundo

de muchos contextos, de varios aspectos

compartirán su palabra

Podemos lograr veloz retroalimentación

que no tendríamos si estamos a solas

Cuando escribimos, no sabemos

cómo responder a la pregunta

“¿Es un poema?”, ¡Sí o no!

Pero cuando los subimos, si son escogidos,

estamos seguros de que mucha gente experta

los va a leer y a preferir

ese pensamiento entusiasma al corazón

No tenemos que escribir una y otra vez

para enviar esos poemas

a nuestros cercanos y queridos

sino simplemente decirles

que busquen en la Red

Podemos aprender el lenguaje, el estilo,

el ritmo y los esquemas de ideas

de otros versos

para activar nuestros sentidos.

Una estupenda oportunidad

para la comunidad de poetas aficionados

subir poemas a la red

sentir que son celebridad.

Prasanthi Uppalapati

La autora de esos versos es Prasanthi Uppalapati, una muchacha hindú que tenía 22 años cuando los dio a conocer en un sitio de poesía en marzo de 2002. Para entonces era graduada en Computación y como pasatiempo escribía poemas en telegu (la lengua de su madre que se habla en el sur de la India), en hindi que es el idioma nacional de si país y en inglés. “Mi propósito principal al poner aquí mi trabajo es formar un grupo y crear un sentido de Vashudhaika Kutumbam (familia global)” decía entonces (Author’s Den, 2003). Cinco años más tarde Prashanthi, que vive en el distrito de Andhra Pradesh, en India, administraba una lista de discusión en línea destinada a “promover el espíritu de servicio de los ciudadanos” (“To make a difference”, 2008 El portal de este sitio confirma la globalización de preocupaciones y accesos que la Red hace posible cuando, en su inicio, relata una anécdota que le ocurrió a un amigo de la joven Prasanthi mientras estaba de visita en una playa mexicana).

El sitio en donde Prasanthi colocó ese y varios poemas más es visitado por millares de lectores y autores, especialmente estadounidenses. Se trata de aficionados a la poesía, por lo general más interesados en la promoción que en la perfección que puedan alcanzar sus textos. Las contribuciones que allí se encuentran se ocupan de los más variados temas. En noviembre de 2008 los poemas específicamente relacionados con Internet eran por lo menos 150.

A estas alturas del desarrollo de la Red ya no es sorprendente que una joven del sur de India dé a conocer sus versos por ese medio, ni que gracias a ese mismo recurso articule una comunidad de varias docenas de personas, de diversos sitios del planeta, que comparten con ella algunos intereses. Tampoco asombra la gana de millones de autores de todos los géneros literarios que han encontrado en Internet un espacio de publicación pero, además, de interacción. Es difícil saber en qué medida se hayan modificado los criterios de calidad literaria con la profusión de sitios para dar a conocer esos trabajos. Pero indudablemente la posibilidad de difundirlos y, por añadidura, de conversar a distancia con personas con las que de otra manera muy posiblemente jamás habrían tenido relación alguna, ha transformado los parámetros espaciales, los horizontes personales, la concepción que tienen de su entorno y del mundo, así como las capacidades para socializar de centenares de millones de usuarios de Internet. Al terminar 2008 los usuarios de la Red en todo el mundo estaban por llegar a los mil 500 millones, que representarían el 22% de los alrededor de 6700 millones de personas que para esas fechas habitábamos este mundo (Internet World Stats, 2008). Para muchos de esos internautas la Red es hoy parte de sus experiencias cotidianas y en ella disponen de nuevas opciones para entablar, expandir y/o diversificar sus vínculos sociales.

La Red, amplio territorio de

intercambio y socialización

Aunque el acceso a ella se encuentra limitado por evidentes exigencias materiales y culturales (para navegar en la Red hay que disponer de computadora, conexión y de cierto aprendizaje técnico) se puede considerar que Internet es una colección de espacios por definición abiertos al escrutinio y en muchos casos a la participación de quienes se asoman a ellos. La contemplación de contenidos colocados por otros sigue siendo muy superior al ejercicio de una auténtica comunicación que, como señalaron los patriarcas del estudio de esta disciplina, tendría que implicar intercambio de mensajes de ida y vuelta, de tal manera que los receptores sean además emisores de sus propios contenidos.

Habida cuenta de esa insuficiencia, hoy en día se pueden reconocer por lo menos dos ámbitos en la capacidad comunicacional y/o informacional de Internet. Por una parte, la Red tiene presencia por sí misma en la socialización de mensajes de la más diversa índole: noticias y conocimientos y, como todos sabemos, también simplezas y trivialidades. Por otro lado, Internet propala y almacena los contenidos difundidos por otros medios: la prensa escrita y cada vez más la radio y la televisión utilizan la Red en busca de nuevos espacios para los materiales que además difunden de manera convencional.

Ceñida por reglas del mercado, en Internet tienen más peso los contenidos y sitios de las corporaciones comunicacionales o de las instituciones con más recursos de diseño y divulgación que los contenidos colocados por ciudadanos sin respaldo corporativo o institucional. Pero cada vez resulta más frecuente que destaquen textos, argumentos, imágenes o escenas difundidas por grupos pequeños, o por individuos que de otra manera habrían permanecido aislados e, incluso, en silencio. Dicha posibilidad ratifica la apertura de Internet, a la que tienen acceso para difundir contenidos no solamente expertos con un conocimiento o una opinión especializadas sino cualquier usuario de la Red.

Esa apertura de Internet ha propiciado, y permitido hasta ahora, que se extienda una suerte de ciudadanía del universo de las redes. Más allá de adscripciones nacionales, institucionales o incluso políticas o gremiales pero sin prescindir de ellas, los usuarios de Internet navegan, divagan, encuentran y a veces departen, comparten y socializan con tanta asiduidad, y de manera tan notoria, que el de las redes informáticas es reconocido como parte del espacio público contemporáneo. Esa es la opinión de autores como los profesores Jean Camp y Y.T. Chien de la Universidad de Harvard: “El papel de Internet como espacio público para cada ciudadano (en contra de un espacio solamente para profesionales, por ejemplo) está siendo moldeado por dos características aparentemente contradictorias: Internet es, al mismo tiempo, ubicua y personal. El ciberespacio, a diferencia de los medios de carácter tradicional (radiodifusión, telefonías, industria editorial, distribución) y los tradicionales espacios públicos en el mundo físico (el Centro de Boston, el Aeropuerto Logan, la biblioteca metropolitana, la estación del ferrocarril, etc.) le permite a la ciudadanía encontrar nuevas formas para interactuar económica, política y socialmente” (Camp y Chien, 2001).

Internet, espacio y esfera públicos

en el pensamiento de Habermas

Sin haber alcanzado la propagación que tienen la televisión y la radio entre las mayorías de nuestras sociedades y posiblemente sin tener todavía la influencia que conserva la prensa en el intercambio y ocasionalmente en la deliberación de y delante de las elites, a Internet se le puede reconocer como medio de comunicación con rasgos específicos. Indudablemente forma parte del espacio público. Lo que no resulta del todo claro es en qué medida la Red de redes es integrante de la esfera pública, de acuerdo con la conocida distinción de Jürgen Habermas.

Al poner a discusión el concepto espacio público virtual, el antropólogo brasileño Gustavo Lins Ribeiro recupera la siguiente reflexión del propio Habermas:

“En sociedades complejas, la esfera pública forma una estructura intermediaria que hace la mediación entre el sistema político, de un lado, y los sectores privados del mundo de la vida y sistemas de acción especializados en términos de funciones, de otro lado. Ella representa un red supercompleja que se ramifica espacialmente en un sin número de arenas internacionales, nacionales, regionales, comunales y subculturales, que se superponen unas a las otras; esa red se articula objetivamente de acuerdo con puntos de vista funcionales, temas, círculos políticos, etc., asumiendo la forma de esferas públicas más o menos especializadas, pero todavía accesibles a un público de legos (por ejemplo, en esferas públicas literarias, eclesiásticas, artísticas, feministas o, aún, esferas públicas ‘alternativas’ de la política de salud, de la ciencia y de otras); además, ella se diferencia por niveles, de acuerdo con la densidad de la comunicación, de la complejidad organizacional y del alcance, formando tres tipos de esfera pública: esfera pública episódica (bares, cafés, encuentros en la calle), esfera pública de presencia organizada (encuentros de padres, público que frecuenta el teatro, conciertos de rock, reuniones de partidos o congresos de iglesias) y la esfera pública abstracta, producida por los medios (lectores, oyentes y espectadores singulares y dispersos globalmente). A pesar de esas diferenciaciones, las esferas públicas parciales, construidas a través del lenguaje común ordinario, son porosas, permitiendo una ligación entre ellas” (Habermas, 1997).

No deja de ser significativa la manera como, en ese texto, Habermas enfrenta la definición de esfera pública entendiéndola como mediadora entre la política y otros ámbitos y, por otra parte, empleando el símil de una red para describirla. El sinnúmero de escenarios y sitios de encuentro virtual más allá de linderos geográficos y políticos, la interrelación de temas y enfoques, la convergencia lo mismo de opiniones especializadas que de quienes no tienen conocimiento experto e incluso la existencia de espacios para departir, examinar asuntos específicos y enterarse de las noticias, pareciera constituir una reseña de algunas de las funciones y de la organización misma de Internet. Seguramente Habermas no pensaba en la Red de redes informática cuando a mediados de la década pasada formulaba esa explicación, pero le queda como mandada a hacer a la Internet que tenemos ahora.

En la lectura de ese pensador alemán hay que distinguir entre la esfera pública como el territorio de interrelaciones de calidad en donde puede articularse la deliberación capaz de crear opinión pública –es decir intercambio, discusión, argumentación– y el espacio público como un ámbito más amplio y en donde no necesariamente domina el debate racional. Esta precisión, aplicada a Internet, ha sido desarrollada por la investigadora Zizi Papacharisi de la Universidad Temple en Philadelphia: “Debería quedar claro que un nuevo espacio público no es sinónimo de una nueva esfera pública. Como espacio público, Internet proporciona otro foro para la reflexión política. Como esfera pública, Internet podría facilitar la discusión que promueva un intercambio democrático de ideas y opiniones. Un espacio virtual incrementa la discusión; una esfera virtual incrementa la democracia” (Papacharissi, 2002).

Podemos hablar, así, de un espacio público repleto de crudas realidades y que en el mundo contemporáneo se encuentra fundamental, aunque no exclusivamente, ocupado por los medios masivos de comunicación. Televisión y radio y en menor medida la prensa escrita, acaparan la atención, la información y el imaginario de la gente en las sociedades contemporáneas. Con frecuencia se ha dicho, para subrayar tanto la dependencia respecto de esos medios como la índole preponderante en sus contenidos, que sus espectadores, más que ciudadanos, quedan convertidos en consumidores delante de ellos. Internet se ha incorporado al elenco mediático pero con distinciones sustanciales respecto de aquellas vías de comunicación convencionales.

La relevancia que puede alcanzar Internet en la solidificación de una auténtica esfera pública queda de manifiesto si se recuerda el efecto civilizatorio que el autor de dicho concepto le atribuye a ese territorio de racionalidad e intercambio en la construcción de la democracia. La salud de la esfera pública es definitoria para la estabilidad de las sociedades y la solidez o no de sus sistemas políticos. A diferencia de las sociedades de antaño, constreñidas a comunidades pequeñas o en donde solamente una porción mínima de los ciudadanos tenía ocasión de opinar e influir en los asuntos públicos, hoy en día nuestras sociedades de masas requieren de la existencia de cauces de representación pero también de expresión, razonamiento y divulgación que necesariamente incluyen, de manera preponderante, a los medios de comunicación. Sin ellos la gente no se entera de los asuntos públicos; es decir, no puede ejercer una auténtica ciudadanía. Pero debido a ellos, al mismo tiempo, la ciudadanía contemporánea suele estar limitada porque los medios habitualmente se encuentran orientados por intereses tan parciales que, lejos de constituir territorios de socialización y deliberación, se desempeñan como poderes antagónicos a la democracia.

De allí algunos de los señalamientos que el mismo Habermas presenta cuando se refiere a las contradicciones entre una esfera pública sólida y la situación contemporánea. En una alocución que ofreció en Tokio en 2004, el autor de Teoría de la acción comunicativa explicaba de qué manera acuñó ese concepto y algunos de sus alcances:

“Como consecuencia, mi atención teórica se enfocó a la esfera pública política. En el misterioso poder de la intersubjetividad, su habilidad para unir lo dispar sin eliminar las diferencias entre unos y otros, siempre he estado interesado en el fenómeno general del ‘espacio público’ que ya surge con simples interacciones. Las formas de la integración social se ponen de manifiesto en las estructuras de los espacios públicos. ¿Corresponde el tipo específico de integración en una sociedad particular al grado de su complejidad? O ¿los espacios públicos revelan los atributos patológicos ya sea de la anomia o de la represión? En las sociedades modernas un espacio social particular, denominado la esfera pública política de una comunidad democrática, desempeña un papel especialmente importante en la integración de los ciudadanos. Para las sociedades complejas puede ser habitual mantenerse cohesionadas únicamente a través de la solidaridad cívica –la abstracta, legalmente mediada, forma de solidaridad entre los ciudadanos–. Y entre los ciudadanos que ya no pueden conocerse unos a otros cara a cara, solamente el proceso de la opinión pública y la formación del albedrío puede funcionar para reproducir una quebradiza forma de identidad colectiva. Por esta razón, el estado crítico de una democracia puede medirse tomándole el pulso a la vida de su esfera pública política” (Habermas, 2004).

En esas breves precisiones Habermas no sólo acota el alcance de la esfera pública, a la que añade el adjetivo política para subrayar la índole de las preocupaciones que se desenvuelven en ella. Además ofrece, indirecta pero claramente, una ambiciosa definición acerca de la democracia a la que entiende como la solución a la necesidad de representación formal de una sociedad pero, también, como el régimen político en donde hay información y deliberación suficientes para que los ciudadanos opinen e influyan acerca de los asuntos públicos. El ámbito de la esfera pública permite, entonces, que la cohesión de una sociedad se derive ya no solamente de la solidaridad entre quienes se reconocen como parte de una comunidad sino, ahora, a partir de la apropiación común de informaciones, apreciaciones y valores que en una sociedad de masas solamente pueden ser propagados por los medios de comunicación.

La fortaleza o no de una sociedad dependerá, así, de la identidad colectiva que sus integrantes puedan articular. Y ella, tiene que pasar por los medios de comunicación. El problema, como bien sabemos, radica en la parcialidad con que los medios propagan la realidad y específicamente los temas público respecto de los cuales tienen inclinaciones, intereses y, desde luego, evaluaciones fragmentarias. Dominados por afanes corporativos y/o estatales, los medios de comunicación tradicionales suelen acaparar el espacio público, pero de manera tan interesada que no siempre contribuyen a poner en acto la zona de la esfera pública. Internet reproduce en parte esos comportamientos, pero además los matiza y acaso resiste a ellos.

Apertura y dispersión,

paradojas de la Red

Los sitios de Internet que se ocupan de asuntos de interés público son un recurso cada vez más útil para emprender un diagnóstico de la esfera pública. Pero además, constituyen un segmento indisociable de ella misma. Además de la proliferación de informaciones y la apertura de una cantidad prácticamente infinita de sitios para la discusión de los más diversos temas, Internet puede ser reconocida como zona privilegiada en el despliegue y el reforzamiento de la esfera pública debido a su arquitectura flexible y descentralizada.

En contraste con los medios tradicionales que en la mayoría de nuestros países se encuentran sometidos a una creciente concentración corporativa, Internet no tiene un centro ni obedece a un solo interés mercantil, político ni ideológico. A diferencia de aquellos medios, que se definen por la capacidad para que unos cuantos dirijan mensajes a muchísimos más, Internet puede ser interactiva aunque ese es un atributo que todavía no se utiliza de manera intensa. En tanto la televisión, la radio o la prensa están constreñidos a emplear lenguajes audiovisuales, acústicos o escritos que ya conocemos, en la Red de redes se despliega una notoria versatilidad de formatos y recursos comunicacionales.

Al mismo tiempo, la ausencia de jerarquías ha llegado a traducirse en falta de mecanismos para autentificar, organizar y tamizar con criterios de calidad los crecientemente abundantes contenidos que hay en la Red de redes. Junto a sus capacidades democráticas, Internet se está convirtiendo en un activo receptáculo de contenidos que pueden abrumar no solamente las búsquedas sino, con frecuencia, la aptitud de cotejo, selección y discernimiento del más paciente y avezado navegante del ciberespacio. Más información no es necesariamente vehículo de mejor entendimiento y menos aún de mayor reflexión por parte de los ciudadanos de las redes, especialmente cuando esa información está contaminada por trivialidades y mentiras. En la contradicción entre la apertura y la dispersión de la Red se encuentran tanto las ventajas como los impedimentos de Internet para vigorizar la esfera pública.

Si hubiera que elegir entre las opciones que con todo y sus contradicciones ofrece Internet y las desventajas que significa para la democracia y la ciudadanía, seguramente nos quedaríamos con la Red que ahora tenemos. El reconocimiento de sus insuficiencias e incluso de las perversiones que puede significar para la democracia y la ciudadanía, es relevante tanto para entender a Internet como para tratar propiciar en ella prácticas de mayor y mejor utilidad social. Pero contrastes como los antes señalados han llevado al propio Habermas a conferirle una significación peculiar a la idea de esfera pública a partir del desarrollo de la Red.

Ese pensador alemán no suele hacer referencia al desempeño específico de los medios de comunicación y, hasta donde tenemos noticia, sus reflexiones no han recalado de manera explícita en el examen de la Red. Por eso fue llamativa la alusión a este asunto que Habermas hizo durante un discurso en marzo de 2006:

“El uso de Internet, ha ampliado y fragmentado, al mismo tiempo, los contextos de la comunicación. A eso se debe que Internet pueda tener un efecto subversivo en la vida intelectual dentro de regímenes autoritarios. Pero a la vez la vinculación cada vez menos formal, la reticulación horizontal de los canales de comunicación, debilita los logros de los medios tradicionales. Esto enfoca la atención de un público anónimo y disperso en asuntos y en información específicos, permitiéndole a los ciudadanos concentrarse en los mismos temas críticamente filtrados y en las piezas periodísticas en cualquier momento. El precio que pagamos por el crecimiento del igualitarismo ofrecido por Internet es el acceso descentralizado a historias no editadas. En este medio, las contribuciones de los intelectuales pierden su capacidad para enfocar un discurso” (Habermas, 2006).

Con tales advertencias, ese fundamental pensador alemán subraya algunas de las contradicciones que se han podido reconocer en la tensa complementariedad que existe entre Internet y los medios de comunicación convencionales. La dicotomía ampliación/ fragmentación que la Red de redes ejerce respecto del consumo e incluso de los contenidos de medios como la televisión y la radio, es entendida en el contexto de su capacidad para ser espacio de interacciones entre los usuarios o destinatarios de tales mensajes. Esa reticulación horizontal que constituye la estructura esencial de Internet, es presentada por Habermas como antagónica respecto del carácter fundamentalmente vertical –autoritario por definición, hemos subrayado en otras ocasiones– de los medios convencionales. Pero del reconocimiento de ese rasgo, a diferencia de muchos autores que lo ponderan como fuente de enriquecimiento cultural, Habermas no recala en una posición optimista. Todo lo contrario, al deplorar la ausencia de rigor en los contenidos que circulan por la Red identifica en ella un preocupante motivo para el empobrecimiento en la calidad del debate en la esfera pública de nuestros días. Los intelectuales que en Internet lanzan ideas como si se tratase de botellas al mar, no siempre encuentran receptores y menos aún interlocutores a esas contribuciones. La flexibilidad y su carácter abierto, que son en tantos sentidos algunos de los mejores atributos de Internet, desde ese punto de vista se convierten en factores de entorpecimiento y empobrecimiento de la deliberación capaz de solidificar la esfera pública.

Las prevenciones que el filósofo alemán sugiere en ese breve párrafo son de tomarse muy en cuenta pero ameritan algún matiz. Abundancia de contenidos es, en efecto, riesgo de distorsión e incluso de dispersión en el intercambio de conocimientos y puntos de vista. Pero el problema fundamental no se encuentra en esa profusión de contenidos que tenemos disponibles en Internet sino en nuestra dificultad para discernir cuáles de ellos contribuyen, y cuáles no, a la reflexión creativa de los asuntos públicos.

Condiciones y restricciones

que acotan a la esfera pública

La exuberancia de imágenes, textos y sonidos de toda índole es aturdidora. El espacio público que significa Internet se convierte, dominado por tal exceso, en una suerte de enorme mercado en donde todos los comerciantes gritan e incluso jalonean al posible comprador en busca de su interés. Al cibernauta, desde ese punto de vista, no se le considera ciudadano sino simple consumidor. Pero en la Red hay también espacios que inducen al diálogo, promueven la interacción e incluso, de manera explícita, abordan, documentan y enriquecen la reflexión sobre temas de la mayor relevancia para nuestras sociedades. Allí hay estruendoso espacio público pero también, junto con él, hay sitio para un ejercicio enterado y racional, que acaso sea  capaz de articular la esfera pública.

La diferencia respecto de otras formas de la esfera pública radica en el ya mencionado carácter abierto de Internet. La Red tiene capacidad para, precisamente, irradiar la discusión de asuntos públicos sin distingos de enfoques ideológicos, banderías políticas, fronteras geográficas y –una vez resueltas las limitaciones de conexión y alfabetización digital– más allá de barreras sociales y materiales. El debate que en las zonas tradicionales de la esfera pública se constriñe a la prensa escrita, o a zonas del intercambio parlamentario o académico, puede ser accesible a todos los interesados. Pero además esa organización reticular permite un ejercicio de comunicación horizontal, en donde las jerarquías nunca dejan de existir pero quedan matizadas por la oportunidad que todos tienen para opinar, refutar y ofrecer nuevos elementos de discusión. Si la esfera pública es elemento indispensable para una cabal democracia, Internet contribuye a ella no sólo como espacio para la deliberación sino, además, con una arquitectura que por sí misma –aunque no siempre se le utilice con tal propósito– propicia el intercambio entre iguales.

Los espacios para que la Red cumpla con tales funciones allí están o se pueden crear sin dificultades significativas. El problema radica en que al utilizar Internet los ciudadanos se reconozcan como tales o, dicho de otra manera, en que la aprovechen para compartir hechos, juicios y acciones comunes en asuntos relevantes para la vida pública. El profesor chileno José Ignacio Porras considera, en tal sentido, que hay una relación de influencia mutua entre la solidez de una esfera pública capaz de propiciar usos razonables y políticamente fructíferos de la Red y el desarrollo de Internet misma como componente de esa esfera pública. La extensa cita que hacemos de ese investigador se justifica debido a la precisión de su análisis:

“El último obstáculo que se interpone al pleno desarrollo del potencial de Internet como herramienta para el mejoramiento de la democracia es, sin duda, el más complejo y difícil de superar. Nos referimos a la pre-existencia de un desarrollo maduro de una esfera pública. Por tal se entiende el espacio en el que los ciudadanos debaten libremente los temas que afectan a su bienestar común, ponen en cuestión la actuación de las autoridades de gobierno y, como parte de este proceso deliberativo recurrente, toman forma los valores cívicos que guían su conducta. Resulta posible distinguir algunas condiciones que distinguirían lo que podemos entender como un tipo ideal de esfera pública. La primera de estas condiciones sería la convicción entre los ciudadanos de que existe una relación directa entre su participación en la esfera pública y el desarrollo de su bienestar particular. Para ello se hace preciso generar entre los ciudadanos una expectativa razonable de que a través del ejercicio deliberativo van a poder incidir en las decisiones de sus gobernantes. En segundo lugar, el desarrollo de una esfera pública depende, asimismo, de que exista entre todos sus participantes un sentimiento de pertenencia a una comunidad. Tales sentimientos arraigan en las experiencias compartidas, pasadas y presentes, por las gentes, de mutua necesidad y obligación recíproca, que surgen en el contexto de múltiples actividades en común e interacciones de carácter económico, social, político y cultural. Es este sentimiento el que dispone a los ciudadanos para vincular sus intereses particulares al bien público de su comunidad. Por último, el desarrollo ideal de esfera pública requiere de la adopción por parte de los ciudadanos de ciertas disposiciones que no sólo se refieren a la aceptación formal y explícita de las reglas del juego que estructuran el ejercicio deliberativo en la esfera pública, sino en el desarrollo de hábitos tales como la tolerancia hacia los demás, la resistencia al abuso de poder o la responsabilidad sobre las consecuencias de toma de decisiones falibles” (Porras, 2005).

No entramos aquí a discutir si la esfera pública puede tener distintas gradaciones, es decir, si podemos hablar de un estadio de inmadurez y, por otra parte, de momentos de mayor responsabilidad y discernimiento en la discusión de los ciudadanos, como sugiere Porras. La otra opción sería que únicamente pudiéramos hablar de ella en circunstancias de pleno raciocinio en la deliberación pública lo cual, con toda certeza, nos obligaría a considerar que en las sociedades contemporáneas, tan susceptibles como son al ofuscamiento, el guirigay y las habladurías –y no nos referimos al grueso de los ciudadanos sino incluso a la clase política, los operadores mediáticos y los intelectuales– la esfera pública es de plano inexistente. Porras alude a un “tipo ideal” de esfera pública que resulta útil para el análisis de lo que no son los espacios de discusión e intercambio en nuestras sociedades. Pero la descripción que hace de ella incluye rasgos sin los cuales no sólo es imposible hablar de una esfera pública prototípica sino de cualquier deliberación digna de ese nombre: que sus participantes tengan confianza en la utilidad de ese intercambio y se reconozcan como parte de una comunidad, que lo que allí se dice influya en las decisiones del poder, que se respeten, reconozcan y toleren. Esas, que son pautas de cualquier discusión fructífera, se encuentran notablemente escasas tanto en los espacios tradicionales por donde tendría que transitar la edificación de la esfera pública –el Congreso, los medios, las universidades– como en zonas de reciente expansión como, especialmente, la Red de redes.

El ciberespacio es la actividad

social de quienes lo frecuentan

Internet propaga y reorganiza contenidos de los medios convencionales y engendra los suyos propios. La capacidad de almacenamiento y distribución que proporciona la amalgama de la digitalización con las telecomunicaciones ha convertido a Internet en el reservorio de contenidos más extenso, asequible y esparcido que jamás haya existido. Pero su importancia no radica en los recursos tecnológicos que hacen posible el enlace y el mantenimiento de esa infinita telaraña de conexiones e intercambios. Si nos provoca y deslumbra es, fundamentalmente, debido a los amplios y versátiles usos sociales que suscita Internet. En palabras del especialista Joan Mayans: “El ciberespacio no es una red de ordenadores, sino el resultado de la actividad social de los usuarios y usuarias de los ordenadores conectados entre sí que se reparten –desigualmente, eso si– por todo el mundo. Por tanto, el ciberespacio es sociedad y no puede ser otra cosa que sociedad” (Mayans, 2003).

La sociabilidad es inherente a Internet. Ese rasgo, que Mayans explica con tanta claridad, constituye quizá el elemento principal que hace de la Red de redes una de las zonas indispensables en el espacio público pero, además, en la construcción de la esfera pública contemporáneos. Desde luego, todos los medios y espacios de comunicación lo son no únicamente por sus dispositivos tecnológicos sino por las consecuencias que esa capacidad de propagación de mensajes implica respecto de la sociedad. Sería difícil, cuando no imposible, entender cabalmente a la radio sin sus radioescuchas o a la prensa sin los lectores que le dan sentido. Pero en el caso de la Red o del ciberespacio, para emplear los términos que rescata el autor antes citado, estamos ante una colección de áreas de expresión e intercambio que simplemente no tendrían sentido alguno sin la interacción de sus usuarios.

Hipotéticamente, la televisión o los diarios podrían existir sin  televidentes o lectores. Pero Internet no es un medio –o medio de medios como consideran algunos– cuyos mensajes sean generados desde emisores tan concentrados que no requieran necesariamente de receptores. Más aun, la noción convencional que en los esquemas mediáticos tradicionales distinguen entre emisores y receptores, en la Red tiende a trastocarse porque, como hemos recordado antes, cada receptor al menos hipotéticamente está en condiciones de ser además emisor.

El ciberespacio es sociedad, dice ese autor catalán y la fórmula no podía ser más contundente. En el territorio o los territorios creados por las redes informáticas se reproducen relaciones al estilo de las que existen en el mundo fuera de línea –en el mundo no virtual dicen algunos– pero además surgen formas de relación entre las personas que crean nuevos estilos de sociabilidad.

Esa mezcla de formas de relación tradicionales y nuevas se despliega a la par de los nuevos recursos tecnológicos. Los usos de la Red se extienden con una rapidez pero sobre todo con una versatilidad que suelen dejar atrás a quienes tratamos de analizarlos y entenderlos. El perfil de Internet como zona necesaria del espacio público se advierte por lo menos en tres grandes temas: su función como intermediaria entre el poder político y los ciudadanos, el desarrollo de zonas virtuales que reproducen y crean nuevas formas de socialización y los recursos que ofrece para que la gente se apropie de los más variados contenidos así como para que difunda sus propias creaciones.

Información pública e interacción

entre ciudadanos e instituciones

En Internet contamos con más información que nunca y en ninguna otra parte. Más allá de las nuevas exigencias en materia de catalogación, discernimiento y búsqueda que implica esa proliferación incesante de mensajes, datos e interpretaciones, no cabe duda de que gracias a la Red tenemos archivos de datos que se propalan y actualizan con una rapidez y un alcance hasta ahora inéditos.

En el abastecimiento de información para la Red se encuentran cada vez más dependencias de la administración pública, de los Congresos y otras instituciones estatales. Para todas ellas se vuelve necesario no solo tener presencia en Internet sino, sobre todo, poner parte de sus archivos a disposición de los interesados. No siempre lo hacen de buena gana o de manera plena: las reticencias a dar a conocer documentos e información oficiales se ha convertido en nueva fuente de tensión entre el poder político y los ciudadanos. Pero la naciente demanda de información pública tiende a obligar a esas instituciones a ser escrupulosos en los datos que dan a conocer en la Red. Y sobre todo, la vida interna de tales instituciones queda al menos parcialmente exhibida delante de quienes se interesen en ella.

La posibilidad de consultar actas judiciales, normas gubernamentales, estadísticas oficiales, bitácoras de los debates parlamentarios o las publicaciones de los partidos políticos implica una forma de apertura en cuya relevancia quizá no se ha reflexionado lo suficiente. Instituciones que por tradición y a menudo por determinación habían permanecido distantes de la sociedad, de pronto cuentan con ventanas para que la gente se asome a su desempeño. Ello no hace más legítimo ni más plausible el trabajo que realizan pero sí, en todo caso, menos opaco.

Las rutinas, exigencias y nuevas necesidades de quienes gracias a la Red se convierten en usuarios de la información que proporcionan y eventualmente en interlocutores suyos, tienden a crear nuevas pautas en el trabajo de las instituciones estatales. En palabras de Lins Ribeiro: “Para entrar en el ciberespacio es necesario poseer una computadora, línea de teléfono y tener acceso a un servidor pago o gratis, lo que torna a los habitantes del espacio-público-virtual una elite. Frente a esto tal vez sea mejor definir el ciberespacio como una esfera-pública-virtual (y no como un espacio-público-virtual), destinada al encuentro de una nueva elite transnacional, una perspectiva que, de diversas formas, está embutida en mi concepción de comunidad transnacional imaginada-virtual. En el ciberespacio se va configurando una elite con otra experiencia de tiempo y de espacio, vinculada a la administración de una mayoría todavía presa casi que totalmente a los parámetros existentes en el mundo real” (Lins Ribeiro, 2005).

Los organismos de transparencia de la información pública que están surgiendo en cada vez más países –como, en México, el Instituto Federal de Acceso a la Información– tienen en Internet uno de los principales o el más importante de los mecanismos para que los ciudadanos soliciten y obtengan datos y documentos de la administración gubernamental. Las posibilidad de hacer consultas en cualquier momento y desde cualquier sitio implica, por lo menos en ese campo, una des-territorialización en la relación entre ciudadanos y entidades estatales. Lo mismo ocurre en el uso de los distintos servicios (trámites, información, orientación, etcétera) que ofrece el gobierno electrónico. El hecho de utilizar a la Red para vincularse con los ciudadanos no garantiza la democratización del gobierno ni de sus decisiones, pero constituye una nueva forma de relación entre unos y otro.

Además de las instituciones estatales, también las de carácter social pueden encontrar en la Red espacios de expresión y relación con su entorno. Muchas de ellas suelen tener escasa presencia pública y/o una vida interna excesivamente ensimismada. Es usual, por ejemplo, que los sindicatos no informen de sus actividades, posiciones e inquietudes mas que entre sus propios afiliados y a veces ni siquiera eso. Las agrupaciones profesionales, instituciones educativas y congregaciones religiosas, entre muchos otros organismos, pueden tener en la Red espacios para afianzar su propia identidad entre sus miembros pero además para que el resto de la sociedad las reconozca como integrantes activas de ella. En la medida en las actas de asambleas sindicales; los documentos que discuten grupos de médicos, abogados o contadores; los planes de estudio de las escuelas o incluso los sermones eclesiásticos son colocados en línea, los ciudadanos interesados en ellos, sean o no miembros suyos, cuentan con vías para acceder a esas hasta ahora herméticas agrupaciones. La Red puede ser adecuada vitrina para que las organizaciones e instituciones no gubernamentales den a conocer sus dichos y hechos pero también indispensable recurso para que la sociedad las escudriñe.

Y en la construcción de puentes entre instituciones y ciudadanos, la Red es vehículo para que se desplieguen preocupaciones, requerimientos e iniciativas de la sociedad. Allí se encuentra un vasto campo de interacción y, también, de contraste y competencia que pueden asumir rasgos expresamente políticos. Para el poder político y las organizaciones sociales, Internet constituye un inagotable espacio en donde pueden reconocer opiniones de los ciudadanos. A éstos, les resulta importante preservar el carácter abierto de la Red como territorio de manifestación sin cortapisas. El especialista español David Casacuberta explica esa relevancia desde el punto de vista de la crítica con vocación política de izquierdas:

“Por muy virtual que sea, Internet es también un espacio, y hay que garantizar que sea lo más público posible. En primer lugar, desde la perspectiva del acceso, que sea realmente universal. Pero también es necesario garantizar un desarrollo libre y sin cortapisas de las iniciativas ciudadanas. De la misma forma que un ayuntamiento realmente progresista no cree que la calle sea suya, y que fomenta las actividades culturales, artísticas y políticas sin intentar nunca dirigirlas, lo mismo ha de suceder en la Red. Frente a políticas dirigistas de ‘apuntarse tantos’ e intentar vampirizar iniciativas de ciudadanos espontáneas, la tercera izquierda ha de financiar y colaborar con cuantas iniciativas surjan, potenciándolas. Pero su misión no es dirigir ideológicamente esas propuestas, sino canalizarlas y asegurarse simplemente de que se desarrollan desde una perspectiva de libertad, diversidad y solidaridad” (Casacuberta, 2004).

La Red, de esa manera, es zona de interrelaciones con instituciones tanto estatales como sociales y ha llegado a constituir un nuevo espacio de pugna política. En ella se dirimen o al menos se ventilan los litigios más variados, incluyendo de forma destacada los que se ocupan de temas de interés público. Pero además la Red misma es motivo de codicia y afanes patrimonialistas tanto por parte del poder político como de organizaciones que se proponen a sí mismas como representantes del interés de la sociedad. La disputa por el control de Internet va desde los esfuerzos para monitorear y censurar contenidos de diversa índole, hasta los diferendos en torno a las políticas para ampliar o no el acceso y la promoción de contenidos de interés público.

Nuevas fronteras entre lo

público y lo privado

La interacción en la Red imita las formas de relación sociales y personales que ya existen fuera de línea y además suscita el surgimiento de otras nuevas. A los medios de comunicación tradicionales, les ofrece recursos para conocer la opinión de por lo menos algunos segmentos de sus audiencias (los más activos cuando, desde luego, cuentan con acceso a Internet) a través de sus sitios web o del correo electrónico. Esas formas de retroalimentación contrastan, aunque sea de modesta forma, con la proverbial unilateralidad de los medios convencionales. Las audiencias dejan de ser entidades nebulosas e inasibles para convertirse, al menos parcialmente, en lectores, televidentes o radioescuchas con nombres, inquietudes y apellidos muy concretos.

Por otra parte espacios como los salones de chat, o el intercambio a través de dispositivos de encuentro sincrónico como el Messenger, han propiciado el desarrollo de formas de intercambio, códigos y normas de relación e incluso lenguajes distintos a los hasta ahora existentes. Tanto en grupos amplios como en el trato persona a persona, tales zonas de la Red ofrecen posibilidades de encuentro en donde la irrelevancia que adquieren las distancias geográficas y en algunos casos la difuminación de las identidades individuales, son motivo para que se desarrollen relaciones que no existirían de no ser por tales recursos y espacios.

La socialización en esos espacios no necesariamente sustituye a la que existe fuera de línea. Los internautas que cultivan redes de relación con otros usuarios de la Red, lejos de aislarse de las comunidades sociales a las que ya pertenecían suelen afianzar su presencia en ellas y tener intercambios más intensos. “Internet respalda las redes sociales”, concluyó en 2006 un estudio del Pew Internet and American Life Proyect conducido por especialistas como Jeffrey Boase y Barry Wellman (Boase, et. Al., 2006). De hecho, gran parte del uso de los espacios de chat así como de las páginas personales en sitios como MySpace y Facebook –que han adquirido gran popularidad entre los jóvenes en Estados Unidos y otros países– se dedica al reforzamiento, en el ciberespacio, de las relaciones de amistad que sus usuarios ya tienen fuera de línea. A fines de 2006 MySpace reunía más de 110 millones de perfiles, la mayor parte de jóvenes que utilizan ese recurso para compartir inquietudes entre sus amigos y se estimaba que cada día dicho servicio recibía 230 mil miembros más (Andrews, 2006).  Allí se afianzan relaciones personales previamente existentes y se entablan otras nuevas, con gente que esos cibernautas todavía no han conocido y que quizá nunca conocerán personalmente. Las modalidades que adquieren los intercambios afectivos en espacios informáticos están constituyendo nuevos desafíos para el estudio de las relaciones sociales y personales.

En otro plano, el uso de la Red también hace posible la socialización cara a cara entre aquellos que acuden a sitios públicos para, en primer lugar, conectarse a Internet. Los cibercafés son espacios a la vez públicos y privados. Desde allí se crean y reproducen relaciones sociales en el ciberespacio pero, además, quienes los frecuentan pueden relacionarse entre sí. “Cada uno a lo suyo compartiendo un espacio común”, dice la estudiosa española Mercé Ribas acerca de esa duplicidad de territorios y formas de relación:

“En los cibercafés nos encontramos en un espacio público donde se generan interacciones sociales que son mayoritariamente on line, gente que envía mensajes o que chatea. Estas personas están socializando, están creando interacciones y lo hacen desde un lugar público  pero desde un anonimato y una privacidad  y sin interacción off line con los demás usuarios… la rutina de lo publico y lo privado se rompe en el momento en que los usuarios que no se conocen empiezan a hablar entre ellos” (Ribas Tur, sin fecha).

El surgimiento de nuevas fronteras entre lo público y lo privado, a la vez que el desvanecimiento de las que ya existen, constituye otro de los grandes temas en el reconocimiento de la Red como colección de zonas fundamentales en el ejercicio del espacio público contemporáneo. Por una parte la vulnerabilidad de los sistemas de acopio y codificación de datos personales permite que la información privada llegue a ser del conocimiento público, a veces por abuso de algunos y en ocasiones simplemente por descuido de los usuarios de la Red. La aquiescencia para que en los navegadores con los que recorremos la World Wide Web queden depositados esos pequeños archivos informáticos denominados cookies, en donde son registradas nuestras andanzas por el ciberespacio, permite que esos recorridos sean sondeados sin que nos percatemos de ello. La facilidad con que nuestro correo electrónico es conocido por quienes envían mensajes chatarra, es otra faz de la vulnerabilidad que experimenta la privacía cuando está en contacto con la Red.

Por otro lado está la tensión entre el carácter comercial y el carácter abierto de Internet, en donde hay sitios a los que es preciso pagar para tener entrada en tanto, la gran mayoría, siguen y seguirán siendo gratuitos. En algunos sitios los usuarios pueden decidir si, a los contenidos que colocan, cualquiera que lo desee puede tener acceso o solamente aquellos con quienes compartan la contraseña necesaria para abrir un archivo. Y sobre todo, la posibilidad de intercambio franco y espontáneo ha permitido que en la Red haya, disponibles al escrutinio de quienes quieran conocerlos, contenidos de índole inicialmente privada.

Con diversos formatos y protocolos se han popularizado recursos informáticos que, incluso a pesar de ellos, propagan rasgos, momentos o datos propios de la vida privada de las personas. Las webcams o cámaras de video conectadas a la Red que registran en tiempo real lo que ocurre en sitios públicos –por ejemplo las cámaras montadas en varias esquinas de Times Square en Manhattan y cuyas imágenes podemos mirar en nuestra computadora de escritorio– transmiten escenas registradas en la calle o en recintos no privados. Las webcams montadas en la computadora de quienes a través de ellas quieren mostrar sus actividades privadas son, por otra parte, instrumentos para exponer en público la intimidad personal.

A esos usos del registro en tiempo sincrónico –en donde miramos escenas al mismo tiempo que están ocurriendo– se ha añadido el ahora muy conocido empleo del video en línea para dar a conocer las escenas más variadas. El significativo éxito de YouTube, que permite poner en línea videos caseros y/o de aficionados, aprovecha la fascinación que siempre nos suscitan la contemplación de asuntos ajenos y el conocimiento de las circunstancias más disparatadas. Creado en febrero de 2005 por un par de jóvenes con escaso capital, YouTube fue vendido 21 meses más tarde al consorcio Google por 1650 millones de dólares (Cloud, 2006).

Los usos que millones de usuarios y visitantes han hecho de YouTube y de otros sitios similares, son tan versátiles y novedosos que aún están por ser estudiados. La exhibición de escenas privadas que por sí solas tendrían escaso interés pero que de pronto son contempladas por multitudes de cibernautas, constituye una de las prácticas que han determinado el surgimiento, lo mismo que el veloz ocaso, de extravagantes o insólitos personajes. El carácter privado de esos contenidos (que en la mayoría de los casos son absolutamente triviales y no tienen connotaciones altisonantes ni escandalosas) es abolido por la sobre exposición a la que se presentan en la Red. En otros casos YouTube y sitios similares propagan videos de intención política: mensajes de grupos de activistas de las más diversas causas, registro de incidentes en procesos electorales, reproducción de spots de campañas, parodias de personajes y temas de esa índole.

Blogs, YouTube, Ipod, facilitan

la apropiación de contenidos

Los blogs, esas bitácoras abiertas en donde es posible poner en línea y de manera muy sencilla lo mismo texto que imágenes y videos, abren y/o difuminan como ningún otro recurso la barrera entre lo público y lo privado. Asentados fundamentalmente en la expresión escrita, los blogs requieren que sus autores y lectores practiquen la lectura y en no pocos casos constituyen, muy posiblemente, la fuente de información textual más abundante a la que se acercan sus usuarios.

Al terminar 2008 había más de 133 millones de blogs que mostraban contenidos de los más diversos temas (Technorati, 2008). Sobre ese recurso de comunicación e interacción, en otro sitio (Trejo, 2007)  hemos comentado que su carácter de diarios abiertos ha propiciado que la mayoría de los blogs estén dedicados a relatar vicisitudes y cavilaciones personales de quienes los ponen en línea. Se necesita cierto desparpajo, pero sobre todo un intenso afán expresivo, para emplazar en esa colección infinita de ventanas abiertas que es Internet la narración de asuntos personalísimos (amistades, inquietudes, contrariedades, anhelos, sueños, etcétera) que dan a conocer millones de blogueros, sobre todo jóvenes, que pueblan la Red con sus diarios íntimos. El espacio público del que es parte Internet se colma de temas privados en virtud de ese desnudamiento emocional –y de repente también corporal– que practican los autores de tales diarios abiertos. La blogósfera, dice el venezolano Sebastián Delmont, “no es más que la democratización del ego” (Rodríguez, sin fecha).

Otros recursos, permiten la colocación en línea de imágenes ya sea en movimiento como sucede en YouTube o de carácter fijo como en Flick.com, en donde es posible mantener álbumes de fotografías abiertos a la mirada de todos o reservados únicamente a nuestros amigos y familiares. Allí se manifiesta otro entrecruce tanto entre los asuntos privados y públicos como entre la apertura y el hermetismo en la Red. Pero también se despliega, en esos sitios, la posibilidad de que cada usuario, sin ser profesional de la elaboración o propagación de mensajes, pueda recabar y propagar sus propios contenidos.

La utilización de teléfonos celulares para tomar fotografías y luego la oportunidad para situarlas en la Red, forman parte de los novedosos recursos que les permiten a los usuarios comunes una creciente apropiación de los contenidos dentro y fuera de línea. Al quedar registradas en formato digital y gracias a las interfases que hacen posible sincronizar a la computadora con dispositivos portátiles como el teléfono celular, la cámara de fotos o la agenda electrónica, las imágenes son colocadas en álbumes, blogs o páginas web. Quienes acceden a esas imágenes, lo mismo que a los textos que quizá las acompañen, pueden clasificarlas de acuerdo con sus propias preferencias. La catalogación por etiquetas que los usuarios ponen y que otros más pueden ratificar o no, se ha convertido en un recurso adicional para que la gente haya suyos los contenidos de y en la Red.

Tales contenidos pueden ser localizados en Internet pero no necesariamente permanecen sólo allí. Gracias a los dispositivos portátiles que guardan y permiten mostrar o reproducir archivos digitales, la gente puede llevar consigo sus documentos, correos, fotografías, sonidos o videos. El Ipod y otros artefactos de almacenamiento en formato digital con los cuales, de acuerdo con la capacidad del pequeño disco duro de cada dispositivo, es posible acumular millares de canciones y más recientemente centenares de videos según las preferencias de cada quien, se han convertido en instrumentos notablemente útiles para la apropiación individual de los contenidos audiovisuales. Gracias a ellos, los usuarios establecen ritmos, tiempos y modalidades en su consumo cultural.

Además de la posibilidad de descargar la música y otros contenidos que cada uno graba y almacena en su computadora, el Ipod y artefactos similares permiten el intercambio horizontal de los archivos digitales. El usuario, si lo desea, puede compartir con otros sus grabaciones, o archivos en otros formatos, ya sea en espacios habilitados para ello en Internet o de manera directa al Ipod, la PDA o al teléfono celular de sus amigos. Esa proliferación de recursos para adquirir y compartir contenidos digitales abre nuevos desafíos en temas como el derecho de autor pero implica, antes que nada, nuevas formas de democratización del consumo cultural y, desde luego, inéditos recursos de apropiación de esos contenidos por parte de la gente.

Los usuarios de tales dispositivos, articulados en torno a la Red, pueden ser además productores de sus propios mensajes de carácter multimedial. La creación de podcasts, que son archivos digitales en audio y/o video colocados en Internet para que de allí los interesados en ellos puedan descargarlos en dispositivos portátiles como el IPod, está abriendo opciones hasta ahora desconocidas tanto para la expresión de y entre las personas como para la socialización de tales contenidos.

Todos esos espacios, recursos y nuevas costumbres en la comunicación persona a persona pero, además, entre los individuos y las audiencias de masas, están remodelando al espacio público y, en menor pero ya constatable medida, comienzan a redefinir también a la esfera pública. Ni uno, ni otra, podrían entenderse ni desenvolverse hoy en día sin la existencia de Internet. Pero la amplitud y apertura de la Red de redes no bastan por sí solas para civilizar el uso del espacio público, ni para hacer más racional la deliberación en la esfera pública.

La Red es de quien la aprovecha y hasta ahora se le ha utilizado de maneras muy imaginativas, pero no necesariamente para intensificar el intercambio racional que sería capaz de ensanchar y solidificar la esfera pública. En todo caso el entusiasmo de sus usuarios más creativos, la gana y la oportunidad que tienen para expresarse, el foro accesible y libre que significa para la expresión de preocupaciones de la más variada naturaleza, permiten reconocer a Internet como componente esencial del espacio público. En medio de ese océano de dichos, intereses, mensajes y espejos, es posible encontrar expresiones como las de Prasanthi Uppalapati, la muchacha hindú que, en busca de una familia global, le escribe cándidos e ilusionados versos a la Red.

Raúl Trejo Delarbre es Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. rtrejo@servidor.unam.mx ; trejoraul@gmail.com ;

https://lared.wordpress.com

Referencias

ANDREWS, Michelle (2006) “Decoding MySpace”. U.S.News & World Report. September 18.

AUTHOR’S DEN (2003) Biografía de Uppalapati Lakshmi Prasanthi: http://www.authorsden.com/visit/author.asp?AuthorID=7336

BOASE, Jeffrey, et. al. (2006) “The Strength of Internet Ties. The internet and email aid users in maintaining their social networks and provide pathways to help when people face big decisions”. Pew Internet & American Life Proyect, January 25. Disponible en: www.pewinternet.org

CAMP, JEAN, y Y.T. Chien (2001) “The Internet as Public Space: Concepts, Issues, and Implications in Public Policy”. John F. Kennedy School of Government, Harvard University.  Disponible en: http://www.ljean.com/files/spaces.html

CASACUBERTA, David (2004) “Internet y la tercera izquierda”. Ediciones Simbióticas, 4 de noviembre:

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HABERMAS, Jürgen (2004) Public space and political public sphere – the biographical roots of two motifs in my thought. Commemorative Lecture, Kyoto Nov. 11, 2004 Disponible en Habermas Links: http://www.helsinki.fi/~amkauppi/hablinks

HABERMAS, Jüegen (2006) Jürgen Habermas, “Towards a United States of Europe”. discurso al recibir el Premio Bruno Kreisky en la Universidad de Viena el 9 de marzo de 2006. Párrafo traducido al inglés en  http://www.signandsight.com,  27 de marzo.

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MAYANS  i Planells, Joan (2003) “El ciberespacio, un nuevo espacio público para el desarrollo de la identidad local”. Conferencia inaugural del III Encuentro de Telecentros y Redes de Telecentros, Peñafiel, Valladolid, octubre. Disponible en Observatorio para la CiberSociedad: http://www.cibersociedad.net/archivo/articulo.php?art=158

PAPACHARISSI, Zizi (2002) “The virtual sphere. The internet as a public sphere”. New Media & Society. Vol. 4 – 1, Sage Publications, March 2002, p. 11.

PORRAS, José Ignacio (2005) “Internet y las Nuevas Oportunidades para la Deliberación Pública en los Espacios Locales”. Nueva Sociedad 195, enero-febrero, pp. 108-109.

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RODRIGUEZ, María del Mar, (sin fecha) “no es más que la democratización del ego. Citado en www.thebaranda.com.ar

TECHNORATI (2008) Technorati, “State of the Blogosphere / 2008”:

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TO MAKE A DIFERENCE (2008):

http://groups.yahoo.com/group/tomakeadifference/

TREJO Delarbre, Raúl (2007) “Blogs, la democratización del ego”. Nexos, México, enero.

UPPALAPATI, Prasanthi, “Web Posting the Poetry”. Traducción, un tanto libre, de la versión original disponible en:

http://www.authorsden.com/visit/viewPoetry.asp?id=10701&AuthorID=7336

4 comentarios en “Internet como expresión y extensión del espacio público

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