El periodismo en la era de Twitter. Qué podrá hacer Jeff Bezos con The Washington Post

Publicado en Zócalo, septiembre de 2013

Las dos redacciones en "House of Cards"
Las dos redacciones en “House of Cards”

En House of Cards, que es quizá la serie de mayor éxito en la televisión internacional durante este año, una de las protagonistas es una reportera que transita de la prensa convencional a la de carácter digital.

Zoe Barnes (protagonizada por Kate Mara) es una reportera ambiciosa y avispada cuyos repentinos éxitos, logrados con mucha audacia profesional y pocos reparos éticos, le permiten dejar las certezas del diario impreso para lanzarse a la aventura del periodismo en línea. La redacción del periódico tradicional es ruidosa y espaciosa. En cambio la redacción de la publicación en línea es pequeña y sin escritorios: los periodistas se acomodan en una butaca o se tumban en el piso, cada uno con su propia laptop y aislados con los audífonos conectados al iPod. Ese es el medio por el cual Barnes cambió al diario que le ofrecía ascensos para los siguientes años. El sitio digital le paga más y allí no padece las restricciones de contenido que le imponía el periódico impreso. Aquel diario se llama The Washington Herald y no hace falta demasiado esfuerzo para identificarlo con The Washington Post.

La venta del emblemático diario de la capital estadounidense a Jeff Bezos, influyente magnate de negocios en Internet, permite que la realidad alcance a la ficción audiovisual. A cambio de 250 millones de dólares en efectivo, el fundador de Amazon se quedó con el segundo periódico de mayor importancia en Estados Unidos. 

Ese monto fue suficiente para convencer a la familia Graham, que era propietaria del Post desde hace ocho décadas. El periódico acumulaba pérdidas constantes que amenazaban su sobrevivencia si no recibía una inyección de capital. En esas condiciones la venta no fue una sorpresa, pero sí el nuevo comprador.

Menos papel, más publicidad en línea

El hecho de que ahora uno de los periódicos de mayor tradición y más influencia en el mundo sea propiedad de un empresario cuya fortuna se debe a la industria digital, plantea una paradoja y numerosas incertidumbres. Durante varios años los medios digitales han ganado audiencias a los de carácter tradicional pero esa supremacía nunca había sido tan evidente. La venta del WP al creador de la tienda en línea que ha encabezado el desplazamiento de los libros impresos por los de carácter digital, puede ser entendida como lección y anticipación ya no de una simbiosis sino del arrinconamiento de los medios que se quedan anclados en formatos analógicos.

Los 250 millones de dólares que pagó por el WP y una docena de publicaciones subsidiarias apenas constituyen el uno por ciento de la fortuna de 25 mil mdd acumulada por Bezos gracias a las ventas en línea. La posibilidad de que su nuevo propietario quiera transformar al Post con un esquema similar no es menor, en vista de que se trata de una empresa en dificultades.

En 2010, The Washington Post vendía un promedio de 562 mil ejemplares diarios. A fines de 2012 habían disminuido a 484 mil. Igual que casi todos los diarios estadounidenses (en una tendencia que crece en todo el mundo) la disminución de lectores va acompañada del abatimiento en la publicidad.

En 2000, los diarios estadounidenses vendieron publicidad total (impresa y en línea) por 48 mil 670 millones de dólares. En 2006 esas ventas crecieron ligeramente, para alcanzar 49 mil 275 mdd. Pero tan

Jeff Bezos visita la redacción del Washington Post en septiembre de 2013
Jeff Bezos visita la redacción del Washington Post en septiembre de 2013

sólo seis años más tarde, en 2012, los ingresos por publicidad se contrajeron a 22 mil 314 millones de dólares (de acuerdo con la Asociación de Diarios estadounidense, Newspaper Association, citados por Edmonds y otros autores).

Paradójicamente, los ingresos por venta de ejemplares no disminuyeron en la misma proporción. Esas ventas sumaron 10 mil 541 millones de dólares en 2000. Y fueron de 10 mil 449 mdd en 2012.

Lo que crece, aunque no tan rápido como quisieran sus editores, es la publicidad de los diarios en línea. Las ventas de anuncios de periódicos en línea, en diversos formatos, ascendía en 2008 a 7.7 mil millones de dólares (de acuerdo con las estimaciones de la empresa eMarketer, citada por el Pew Research Center). Un lustro más tarde, ya en 2013, las ventas de publicidad por ese concepto habían crecido a 17.7 mil millones de dólares.

Paréntesis mexicano

En México el periodismo digital está menos desarrollado pero ya interesa a sectores importantes de la población.  Por otra parte, no hay información confiable acerca de la circulación de los diarios, así que no es posible comparar la situación de la prensa mexicana, en ese aspecto, con el panorama mundial.

Se puede estimar que en 2004, la prensa escrita en nuestro país vendió publicidad por 2 mil 842 millones de pesos. Ese monto constituía el 8.5% de ventas totales por publicidad, en todos los medios, que ascendió a 33 mil 445 mdp. Seis años más tarde, en 2010, los diarios y revistas mexicanos vendieron 4 mil 570 millones de pesos. Se trató del 8% de 57 mil 126 mdp de ventas totales.

En 2004 los medios mexicanos en línea vendieron publicidad por 167 mdp. Era únicamente el 0.5% de las ventas totales por 33 mil 445 mdp. Pero en 2010, las remuneraciones publicitarias para los medios digitales se incrementaron a 3 mil 428 millones de pesos y ocupaban, ya, el 6% de los 57 mil 126 mdp por concepto de publicidad de todos los medios en México. Estos datos los hemos calculado a partir del estudio publicado por De Swaan en 2013.

En otras palabras, en México la publicidad para la prensa escrita no ha variado de manera significativa. Eso no implica que no haya diarios y revistas que padecen caídas fuertes en sus ingresos publicitarios. Es muy posible que, aun cuando el monto de la publicidad para medios impresos aumentó en términos reales y se mantuvo estable en cifras porcentuales, ese dinero se esté concentrando cada vez más en las cadenas de periódicos y en los consorcios de revistas más grandes. Los medios impresos pequeños, o aislados, son los que pierden publicidad.

Al mismo tiempo, la publicidad destinada a medios digitales experimenta un crecimiento tan acentuado que para cualquier medio impreso sería prácticamente suicida no tener, además, una oferta importante de contenidos en línea.

En esa previsible expansión del periodismo digital, está por verse si los diarios mexicanos seguirán apostando por sitios que simplemente replican los textos e imágenes que ya han publicado de manera impresa, o si deciden hacer periodismo específicamente destinado a sus portales en línea. Durante varios años, distintos editores mexicanos han sostenido que el periodismo en Internet no es tan redituable como hace falta para destinarle tanta atención. Pero ahora las ventas de publicidad para sitios en línea equiparan a la publicidad en diarios y revistas y posiblemente a estas alturas las hayan rebasado. Por eso, entre otros motivos, llama la atención la compra de The Washington Post por parte de un empresario de los negocios digitales.

Lectura simple, lectores indulgentes

La venta de libros a través de Amazon y otros sitios ha sido uno de los alicientes más importantes que ha tenido la promoción de la lectura en los últimos tiempos. Los libros que venden las empresas de ese corte, tanto impresos como digitales, han alcanzado una distribución casi global. Desde fines de 2009, Amazon comenzó a vender más libros digitales que libros en papel. El Kindle de Amazon, por esas fechas, se anticipó a otros dispositivos digitales de carácter móvil (como el iPad) que pueden almacenar centenares de libros, así como diarios y revistas, que han sido descargados de la Red. Internet ensancha su capacidad para ser la biblioteca más grande de la historia y ahora dispone de millones de sucursales en cada una de nuestras tabletas digitales. Paradójicamente, en nuestras ciudades hay cada vez menos librerías.

La posibilidad de que leamos más está presente en las ofertas del universo digital, aunque implica transformaciones en nuestros hábitos de lectura y, antes de ellos, en la producción de contenidos. Nuestros dispositivos móviles pueden almacenar grandes cantidades de libros, pero las lecturas más populares son las más ligeras. Los nuevos lectores, o los lectores renovados en el ambiente digital, quieren leer cada vez más títulos aunque eso signifique el sacrificio de los textos de mayor extensión y densidad.

A comienzos de 2001, Amazon inauguró su serie “Kindle Singles” integrada por cuentos cortos, novelas breves, reportajes y recopilaciones organizados en libros digitales de corta extensión. A diferencia de los libros amplios y completos que costaban 12 o 15 dólares, los singles cuestan entre 1 y 3 dólares y han sido un nuevo éxito. Se trata de libritos que se leen rápido y fácil. La lectura que requiere horas, o días a veces, es desplazada por el ejercicio más dinámico –quizá para un viaje en autobús o en avión, o suficiente para acompañar la hora del lunch– que hace falta para leer un single.

Naturalmente, si el mercado privilegia los textos sencillos y de lectura rápida, muchos escritores aspirarán a incursionar en él con cuentos de trama directa, novelas brevísimas o piezas periodísticas de escasa complejidad.

Los singles que publica, son seleccionados por Amazon a partir del detallado conocimiento que tiene de las preferencias de sus clientes. El sitio propiedad de Jeff Bezos registra nuestras compras y clasifica nuestros gustos. Pero además, si el libro que hemos adquirido es digital, el programa que utilizamos para leerlo, ya sea en nuestra computadora de escritorio o en una tableta portátil, puede registrar cuántas páginas leemos cada hora o cada día, en cuál de ella nos detenemos o de plano abandonamos la lectura, qué párrafos o frases nos interesan en caso de que las hayamos subrayado (siempre de manera digital). Gracias a ese seguimiento, Amazon no sólo conoce nuestros gustos en materia de lectura. Incluso es capaz de anticiparlos.

Autoetiquetación, personalización

El esquema de Amazon es tan sencillo que resulta sorprendente que no hubiera funcionado antes. Los clientes compran libros en línea a partir de un amplísimo catálogo. Los libros en papel son almacenados en varias bodegas que esa empresa instaló primero en Estados Unidos y ahora en una docena de países. De allí son enviados por correo (en donde el servicio postal es eficiente) o por mensajería.  Los libros digitales son más baratos porque no requieren de envío físico y se pueden descargar en pocos segundos.

Con ese modelo, Bezos ha reunido dinero e influencia. El éxito con los libros ha conducido a la venta de artículos de toda índole, desde películas, discos de música y artículos electrónicos hasta ropa e instrumentos musicales, entre muchos otros. En buena medida la popularidad de Amazon se debe a la etiquetación que hace con las preferencias de sus clientes. Si compro, por ejemplo, un libro de Marshall McLuhan, el sistema informático de Amazon se encargará de enviarme anuncios de otros libros de ese autor, o de libros similares. Si alguna vez compré una novela de Dashiell Hammett,  recibiré información frecuente para convencerme de adquirir otras novelas de tema policiaco.

Las bases de datos de Amazon permiten identificar preferencias e incluso tendencias en el gusto de sus clientes. De esa manera los algoritmos que clasifican la información de mis compras producen nuevos envíos de publicidad, cada vez más especializada. Cuando abro el sitio de Amazon e ingreso mi clave de cliente aparece una página con mi nombre y las “recomendaciones” que han surgido de mis propias preferencias.

La “personalización” es útil para encontrar libros del mismo tema, o de estilo similar a los que ya hemos adquirido. Pero si además de textos de McLuhan y novelas policiacas quiero interesarme en libros de astronomía, entonces las preselecciones que me ofrece Amazon no me servirán. Ese sistema funciona para complacer preferencias ya existentes pero no se anticipa a otras que pueda tener el cliente.

Empobrecimiento del periodismo

Por eso la fórmula que con tanto éxito desarrolló Bezos para vender libros y otros artículos, no funciona para ofrecer noticias. O si funciona, puede trastocar la función social que hasta ahora ha tenido la prensa.

Imaginemos un periódico en línea cuyo contenido es organizado de manera similar a las etiquetas con las que Amazon clasifica nuestros gustos para comprar libros. Si en el sitio de ese periódico elijo

Dustin Hoffman y Robert Redford en All The President's Men (1976) la película sobre Watergate
Dustin Hoffman y Robert Redford en All The President’s Men (1976) la película sobre Watergate

noticias relacionadas con la situación del petróleo en México, el tipo de cambio del euro y los partidos del Barsa, la próxima vez que lo consulte ese diario digital me ofrecerá, de manera destacada, información sobre dichos temas. Ya que esos asuntos me han interesado, posiblemente la nueva información sobre ellos me volverá a llamar la atención y abriré las ligas que conducen a las notas respectivas. De esa manera ratificaré que tales cuestiones me importan y en las siguientes ocasiones me mostrarán nuevas informaciones relacionadas con ellos.

Pero un periódico no es una colección de notas definidas por el gusto de lector. Un periódico es una propuesta de enfoque editorial, es una visión del mundo y de su actualidad que se le ofrece al lector de acuerdo con los criterios de quienes hacen esa publicación. Si el menú de contenidos editoriales de los cuales puedo disponer solamente depende de los temas que antes he seleccionado, me perderé de otros asuntos que hubieran sido incluidos en un periódico de corte convencional.

La prensa, en las sociedades abiertas, permite alertar a los ciudadanos acerca de cuestiones cuya relevancia no habían advertido, o que desconocían. La prensa, por ello, no solamente muestra las noticias más recientes. Además las ubica en un contexto, las explica, abre espacios para que los lectores las discutan, eventualmente llama la atención de la sociedad y la moviliza.

Todo ello, o parte de esos atributos, podrían perderse en un periódico “personalizado”. El periódico es un mirador a los asuntos del mundo y de nuestro entorno más inmediato. Sus editores, en un trabajo de evaluación que recoge diferentes puntos de vista, jearquizan las noticias de acuerdo con tales enfoques. La personalización del periódico puede conducirnos a tener simplemente un balconcito desde el que únicamente podemos ver segmentos de la realidad muy acotados.

Ese es, exagerándolo para subrayar sus implicaciones, el riesgo y el dilema que correría la prensa en línea si se ajustara al modelo de negocios que hizo tan próspero a Jeff Bezos con Amazon Books.

Más que una mera sucesión de tuits

    Hoy en día hacer periodismo, sobre todo escrito, exige ya no sólo informar acerca de un tema sino aportar elementos para entenderlo. De las noticias, nos enteramos en Twitter o a través de la radio y a veces en televisión. Cuando hojeamos el periódico por lo general ya sabemos qué acontecimientos han ocurrido. Lo que queremos es saber cómo y por qué sucedieron. Por eso la nueva prensa, que será cada vez menos impresa en papel y más apuntalada en formatos digitales, necesita ofrecer mucho más que una simple enumeración de sucesos recientes.

Allí hay una oportunidad muy relevante para el periodismo de investigación, que requiere tiempo, esfuerzo y recursos. Pero ese periodismo de mayor densidad solamente se puede hacer con dinero. La prensa de los años próximos tendrá que encontrar un equilibrio virtuoso entre la concisión y la investigación, entre rapidez y la reflexión. Posiblemente a las empresas periodísticas les resultará redituable promover textos amplios, que sean resultado de trabajos de investigación paciente, para ofrecer contenidos de calidad a los lectores que busquen algo más que las noticias breves que ya han encontrado en las redes sociales.

Esa apuesta implicaría ir más allá de la idea del periodismo como condensación instantánea de hechos que se consumen con gran rapidez, para ser inmediatamente desplazados por otros de igual brevedad y, por lo general, de similar superficialidad. El periodismo, si lo entendemos como la identificación de un asunto noticioso para ubicarlo en su contexto, no puede reducirse a una mera sucesión de tuits. El periodismo, cuando es profesión y por lo tanto servicio a la sociedad, es mucho más que la propalación de hechos.

Sin embargo al periodismo en esta nueva era se le identifica únicamente con la velocidad y la simplificación. En los nuevos medios digitales, como el que aparece en House of Cards, los reporteros trabajan a su propio ritmo pero tienen la necesidad inaplazable de nutrir a cada momento sus blogs y cuentas de Twitter. El periodista en esas condiciones, apremiado por el ímpetu digital, apenas termina de escribir su nota la pone él mismo en línea sin que haya pasado por el escrutinio de otro redactor. La verificación de hechos que ha sido proverbial en la gran prensa estadounidense, queda desplazada por la intuición personal y la prisa. La revisión ortográfica, en el mejor de los casos, está a cargo del corrector digital. Siempre es posible rectificar equivocaciones modificando el contenido que ya está en línea pero un error siempre es un error y demerita la confianza de sus lectores, que es el patrimonio más importante del periodista y del periódico mismo.

Las nuevas rutinas en las redacciones son resultado también de las dificultades financieras. En los medios, al menos en Estados Unidos, hay menos periodistas y, los que permanecen, tienen que cumplir más tareas que antes. En 2000, en las redacciones de diarios en ese país había 56 mil 400 periodistas de tiempo completo. En 2012 eran 38 mil, según datos del Pew Research Center.

Al mismo tiempo, en el nuevo escenario digital los reporteros con frecuencia tienen que dispersar su trabajo para atender a varios medios de la misma empresa: la misma noticia la deben enviar para colocar de inmediato en el sitio web, narrar para una emisora de radio, escribir para el diario de la mañana siguiente. A ese estilo se le llama, con impostada elegancia, periodismo convergente pero antes que nada es una forma de hacer trabajar más a los reporteros sin aumentarles el salario en la misa medida que crece su esfuerzo, como demostró para el caso mexicano una investigación de la profesora María Elena Meneses.

Bernstein y Woodward en el siglo 21

El periodismo de investigación requiere de editores sensibles a la información en profundidad, reporteros perspicaces y afanosos, así como lectores dispuestos a comprometerse con un texto y a exigirle rigor. El nuevo entorno digital puede ofrecer las condiciones para ese periodismo, pero también encierra el riesgo de abrumarlo en la cotidiana oleada de trivialidades que se esparcen en las redes sociodigitales (alimentadas, en buena medida, por los medios periodísticos en línea).

Carl Bernstein y Bob Woodward, en aquellos años.
Carl Bernstein y Bob Woodward, en aquellos años.

El Washington Post logró su hazaña periodística más notable en 1972, cuando  los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein supieron que el presidente Richard Nixon había ordenado espiar las oficinas del Partido Demócrata en el complejo de edificios Watergate. El escándalo así denominado condujo a la renuncia del presidente estadounidense y no habría sido documentado si esos reporteros, con el respaldo y la discreción de los directivos del periódico, no hubieran indagado meticulosamente la confiabilidad y las implicaciones de la filtración que habían recibido.

Si el escándalo Watergate ocurriese hoy, posiblemente nos enteraríamos en un mensaje de 140 caracteres y no en un reportaje extenso como los que durante varios meses publicaron Bernstein y Woodward. Tal vez no habría fuentes verificadas sino fundamentalmente rumores y suposiciones en la información así propalada. En vez de artículos de reflexión en las páginas editoriales, tendríamos expresiones en Facebook respaldadas por millares de indicaciones que dirían “me gusta” a las condenas contra Nixon. Bernstein y Woodward serían tuiteros célebres y quizá la tarea de acuñar frases concisas y ocurrentes les habría impedido escribir sus memorables reportajes.

En todo caso, si los escribieran para el diario en línea posiblemente esos periodistas no tendrían la audiencia constante –fiel– que siguió una a una sus piezas periodísticas en 1972. Actualmente los lectores en prensa Internet, en Estados Unidos, visitan el periódico de su preferencia un promedio de 9 veces al mes. Y a cada visita le dedican un promedio de 4.4 minutos (datos para noviembre de 2012 de la empresa ComScore citada por el Pew Research Center). No se lee mucho en ese tiempo, que además los internautas por lo general invierten saltando de una liga a otra dentro del periódico.

También es posible que, si trabajasen para el nuevo Washington Post, la investigación de Bernstein y Woodward fuese apoyada por los editores al servicio de Jeff Bezos, esos periodistas indagarían y cotejarían su información hasta que el primero de sus reportajes hubiera madurado y la difundirían en el sitio web del diario –después, claro, de una estudiada andanada de tuits que dejara entrever parte de ese perturbador contenido–. Los reportajes así logrados serían difundidos más tarde en Kindle Singles y quizá al cabo de un año en un libro digital bien armado y desde luego ampliamente promocionado. Habría ejemplares en papel para los coleccionistas todavía interesados en nutrir sus bibliotecas con libros en el formato tradicional.

Hace falta más que dinero

   En una primera reacción a la venta del Post, en donde tiempo atrás fue reportero y editor, el periodista William Greider recordó la independencia política que ha distinguido a ese diario y sostuvo: “Todavía no sabemos si Bezos estará dispuesto a mantener los mismos valores públicos. Eso requiere más que dinero”.

La esencia del periodismo, y de los periódicos, no es la noticia sin más sino su búsqueda y presentación, su jerarquización dentro del repertorio de contenidos que ofrece el diario, la descripción del contexto en el que ocurre ese acontecimiento, la presentación de explicaciones y elementos para que el lector conciba un juicio acerca de ese asunto. Así entendido, el periodismo seguramente encontrará sitio en el nuevo panorama digital. El problema de relevancia mayor no es si seguirá existiendo, sino en qué medida nuestras sociedades seguirán necesitando al periodismo.

Al comentar la venta de The Washington Post, en donde ha escrito durante tres décadas y media, el periodista especializado en economía Robert J. Samuelson lamentaba: “Estamos siendo abrumados por cambios tecnológicos que no podemos controlar. Los periódicos están siendo eclipsados como grandes instituciones sociales, económicas y políticas”. Ese es el riesgo. No si los reporteros cambiaron las antiquísimas Olivetti por el iPad, o si las redacciones ahora parecerán salas de espera de aeropuerto, o si las pantallas desplazan al papel. El peligro para el periodismo es si dejará de ser necesario como instrumento de información y deliberación. Ese es un riesgo que enfrentan, más allá de los periodistas pero junto con ellos, nuestras sociedades hoy en día.

Referencias

– Katie Allen, “Amazon e-books sales overtake print for first time”. The Guardian, 28 de diciembre de 2009. www.theguardian.com

– Rick Edmonds, et. al., “Newspaper, Stabilizing but Still Threatened” en State of the News Media 2013, www.stateofthemedia.org

– William Greider, “Reminiscing About ‘The Washington Post’”. The Nation, www.thenation.com ,7 de agosto de 2013

– Virginia Heffernan, “Living Singles”. The New York Times Magazine, 25 de febrero de 2011

– María Elena Meneses, Periodismo convergente. Tecnología, medios y periodistas en el siglo XXI. Porrúa, México, 2011.

– Pew Research Center for The Excellence in Journalism, The State of the News Media 2013. www.stateofthemedia.org

– Robert J. Samuelson, “The news isn’t free”. The Washington Post, 11 de agosto de 2013.

– Mony de Swaan, “Ominosos legados y nuevo gobierno”. El Universal, 4 de junio de 2013. http://www.eluniversal.com.mx/notas/927309.html

 

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