El fin de la prensa

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Publicado en Zócalo, octubre de 2015

Una de las aficiones favoritas de futurólogos profesionales y profetas mediáticos es vaticinar cuándo se publicará el último periódico en tinta y papel. Hace una década el entonces diretcor ejecutivo de Microsoft, Steve Ballmer, aseguró que eso ocurriría en 2018. También dijo que se retiraría ese año pero tuvo que hacerlo cuatro años antes. El futurista Ross Dawson fue demasiado audaz al anunciar que para 2017 los diarios impresos ya no serían importantes en Estados Unidos aunque dijo que ese momento ocurriría, para todo el mundo, en 2040. Con más precaución, el profesor de periodismo Philip Meyer ha ubicado ese momento en 2043.
Después de todo la desaparición de los periódicos impresos, si llega a ocurrir, será irrelevante porque se habrá producido en el transcurso de un proceso de reemplazo tecnológico que hoy podemos reconocer como irreversible y, por lo general, acelerado. Es posible que los diarios en papel sean objetos de lujo, y de culto, como hoy sucede en el retorno de los discos de acetato que hay quienes consideran de mayor fidelidad acústica que las grabaciones en CD. Así como hay libros de arte impresos con gran meticulosidad en couché de alto gramaje y con tapas duras, es altamente factible que la prensa impresa sea un objeto de relumbrón, para complacer fatuidades o nostalgias.
Lo que tenemos ahora es una creciente proliferación de espacios en línea. No hay periódico impreso, que se respete, que no tenga versiones web en las que se reproducen los contenidos publicados en papel o, cada vez más, se difunden textos e imágenes adicionales a la versión impresa. Las versiones en línea suelen tener más (muchos más) lectores que las ediciones en papel y tinta. Al mismo tiempo crecen, y ganan un sitio específico en el interés de las audiencias, los periódicos que tienen presencia exclusivamente en el entorno digital. Ya sea porque abandonaron el papel forzados por los apremios económicos y la escasez de lectores en ese viejo formato, o porque nacen para subirse al tren de alta velocidad que es la plataforma digital, los editores de esos periódicos participan de la construcción de una nueva retórica informativa, con nuevos criterios en la definición de las noticias.

Los diarios son más que noticias
Esa prensa, que ha cambiado el papel por la pantalla, está definiendo los nuevos rasgos del periodismo. Algunos son promisorios. Otros, resultan preocupantes. Ya nadie, o casi nadie, espera a leer el diario de la mañana siguiente para enterarse de las noticias. Las más variadas versiones e interpretaciones sobre los acontecimientos se expanden en el espacio público y trasminan el interés, el ánimo y a veces las creencias de la sociedad de manera tan rápida que rebasan la capacidad de los medios para aquilatar e incluso verificar esas informaciones.
Uno de los quehaceres indispensables del periodismo ha sido la jerarquización y validación de las noticias. El gatekeeper que hay en cada redacción es una instancia de control profesional y con frecuencia también político. Pero además ese filtro permite evaluar la relevancia de cada noticia para, entonces, ubicarla en las páginas del diario en papel o dentro del programa informativo en la televisión o la radio.
De acuerdo con su política editorial, los intereses con los que se identifique, las presiones que reciba y conforme a la idea que sus operadores tengan acerca de lo que es noticia, el diario colocará una información en un sitio destacado en primera plana, la relegará a espacios interiores o incluso decidirá no publicarla. La manera como organiza sus planas es la carta de presentación del periódico, comenzando por la página principal. Esa jerarquización por lo general se difumina en las versiones en línea. La nota principal que encontremos en el sitio web, y el acomodamiento del resto de las informaciones, dependerán del momento en que consultemos la versión digital. En las ediciones digitales, no siempre se mantenen los criterios editoriales que se expresan en las planas impresas.
Por otra parte, el proceso para manufacturar una noticia incluye la verificación de sus afirmaciones y fuentes, al menos en los medios que quieren ser serios. En la redacción, los datos que lleva o envía el reportero se cotejan con otras fuentes para confirmarlos o rectificarlos. La fatal hora del cierre que es pesadilla consuetudinaria en las redacciones apresura esas tareas pero les confiere un horizonte. Con frecuencia, cuando son encabezadas por editores con un sentido profesional de la responsabilidad, hay noticias que no alcanzan a ser publicadas, o que se difunden hasta el día siguiente, porque no han sido comprobadas.
Esa confrontación se echa de menos en muchas ediciones en línea. La posibilidad de publicar una información al instante, en cuanto se le recibe en el periódico, es tentación en la constante batalla por las primicias pero, también, motivo de frecuentes errores. Desde luego una página web siempre se puede corregir, a diferencia del periódico que una vez impreso queda como testimonio de aciertos y yerros de sus periodistas. Pero la velocidad de la información cuando viaja de un sitio a otro en Internet, la propagación en redes sociodigitales y la propensión de no pocos internautas a la murmuración e incluso a los engaños, propicia numerosas confusiones y falsedades.

Cotejar, costumbre obsoleta
La prensa digital, si aspira a la calidad, tiene la responsabilidad de evaluar y comprobar las informaciones que difunde. El periodismo, cuando se le toma en serio, no es simplemente la difusión de informaciones sino, junto con ello, su jerarquización y presentación en contexto. No basta con anunciar que un capo del narcotráfico se fugó de una prisión de alta seguridad. Eso lo supimos de inmediato gracias a Twitter y la televisión. La tarea de la prensa que quiere ser profesional es, entonces, ofrecer antecedentes, recabar opiniones, explicar con infografías, hacer comparaciones y, sobre todo, publicar elementos de interpretación para que cada lector construya su opinión sobre ese acontecimiento.
Todo ello implica trabajo. El reportero de ahora no es distinto al que nutrió las páginas de la prensa durante todo el Siglo 20. A las noticias hay que perseguirlas, agarrarlas, desmenuzarlas, cuestionarlas, con una severidad que sólo puede estar nutrida en la duda y el esfuerzo incesantes. Esa es una rutina que ha sido infrecuente en la prensa mexicana y que escasea también en nuestra joven prensa digital.
La relación de conveniencias mutuas que se ha mantenido, siempre con excepciones pero también como regla general, entre la prensa y el poder político en México, ha propiciado que el periodismo de investigación sea prácticamente inexistente. Con muy contadas y siempre exiguas excepciones, no hemos tenido un periodismo que vaya más allá de la recolección de declaraciones y que ponga a los hechos en el centro de las notas y reportajes. Con frecuencia, en la prensa mexicana se denomina “periodismo de investigación” a la publicación de rumores y filtraciones o, más recientemente, de grabaciones de audio o video que se realizan de manera ilegal. Esas prácticas, además de ofrecer información no confirmada, convierte a los medios en correveidiles de los intereses de grupos económicos o políticos.
La prensa en línea podría contribuir a la muy postergada renovación de ese periodismo estridente, escueto y superficial. Las publicaciones digitales se asientan en una plataforma propicia para el periodismo de profundidad. El hipertexto puede conducir a informaciones complementarias, cronologías, mapas, recuadros y desde luego a noticias que amplíen la comprensión de cualquier asunto de actualidad. Las ligas, que son el lazo de un espacio a otro de la Red, son útiles también para precisar las fuentes de una información cuando se encuentra en línea. En el entorno digital no existen las limitaciones de espacio que agobian al periodismo en papel. Y desde luego la actualización constante permite incorporar nuevos hallazgos o correcciones.
El periodismo en línea que se practica en México no suele aprovechar esos recursos. Lo que tenemos en tales sitios –con excepciones que no contradicen esa deplorable regla— es la traslación a la pantalla de las rutinas desgastadas e infructuosas que se han practicado en el periodismo para la tinta y el papel. Nuestros editores digitales suelen estar persuadidos de que la gente quiere leer poco, rápido y sin preocupaciones. Fascinados con estudios de mercado autorreferenciales, que toman en cuenta los hábitos de quienes pizcan notas breves y llamativas pero que no profundizan en la diversidad de intereses que tienen los lectores de medios en línea, los editores de la prensa digital ofrecen más de lo mismo, sin imaginación ni búsqueda periodísticas. Esos editores creen que la gente quiere leer poco, rápido y sin preocupaciones. Al tomar decisiones editoriales a partir de esos criterios, los editores de prensa en línea soslayan los intereses de sus públicos más sólidos que son aquellos que sí buscan periodismo de calidad.

Sensacionalismo y polarización
En la prensa mexicana en línea podemos navegar de un sitio a otro y, salvo diferencias baladíes en el formato, encontraremos prácticamente los mismos contenidos. La tendencia a la estandarización que ya existe en la prensa en papel se convierte en absoluta monotonía en las ediciones digitales que dependen más de las notas de agencias, de las informaciones que se transmiten en la radio y de los trending topics de las redes sociodigitales. Los diarios se distinguen fundamentalmente por sus notas de opinión, que son los contenidos menos buscados por los fugaces lectores de la prensa digital.
A falta de indagación capaz de comprobar y contrastar la información que ofrecen las fuentes convencionales, muchas de ellas de índole oficial, la prensa en línea incurre en los mismos recursos, pero magnificados por el formato digital, que han mantenido estancado al periodismo en este país. Sensacionalismo, trivialidad y polarización, definen a los contenidos de ese periodismo independientemente del formato en que se publiquen.
Indudablemente, en sus ediciones en línea los diarios tienen audiencias mayores que en la plataforma tradicional. La abundancia de visitas significa más ingresos financieros cuando la publicidad se cobra según la cantidad de entradas. La prensa es un negocio y, mientras mayor negocio sea, estará en mejores condiciones para desempeñarse con solidez. Pero la búsqueda de hits y clicks conduce a no pocos editores de prensa digital a buscar visitas para sus sitios con los recursos más ramplones del periodismo.
Algunos diarios se ufanan de las noticias más leídas en sus sitios web. Excélsior, por ejemplo, publica una lista que resulta emblemática de los contenidos que ese diario ofrece a los internautas y, desde luego, de las elecciones de esos consumidores de simplezas disfrazadas de noticias.
El jueves 17 de septiembre de 2015, cuando estoy por enviar esta nota para Zócalo, las 10 noticias más leídas en su portal, según Excélsior, son las siguientes:
1. “Tu mascota revela tu personalidad”
2. “Pronósticos para la semana 2 de la NFL”
3. “La familia más rica (y más siniestra) del mundo
4. “Nosotras las rebeldes”
5. “VIDEOS: Así se vivió el sismo de este miércoles en Chile”
6. “VIDEO: Con cuchillo, #LadyBanqueta obliga a mover el auto a una persona”
7. “VIDEO: Mata a policía federal tras accidente de tránsito”
8. “VIDEO: Pelé se deleita con gol de Messi”
9. “Profesor golpea a sus alumnos”
10. “Desafortunada comparación México – El Cairo: SRE”.
Esa relación de notas es indicativa tanto del contenido que ofrece el diario como de las preferencias de sus lectores en línea. Cuando esa lista apareció, la PGR había informado que los restos de otro de los normalistas de Ayotzinapa habían sido identificados por el laboratorio en Innsbruck, el jefe de Gobierno del DF presentaba su informe anual, la Reserva Federal había anunciado que no aumentarían las tasas de interés y en el Senado concluía la discusión sobre el derecho de réplica.
Tales eran algunos de los acontecimientos que los lectores de Excélsior en línea, pero también el diario que no les adjudicó sitios relevantes a varios de ellos, desdeñaron en beneficio de los temas enumerados en la anterior lista. La trivialización de los acontecimientos y el énfasis en temas estridentes no son práctica solamente de ese diario sino de la gran mayoría de los periódicos en línea. La seudociencia, la contemplación de desastre o destemplanzas, así como las desgracias ajenas, son temas preferidos por las mayorías en línea.
Esas propensiones ya prevalecían antes de Internet y no por ello los periódicos se mimetizaban con tales gustos. Siempre ha existido una prensa amarillista, que abreva en el escándalo y con la cual contrasta el periodismo que quiere ser trascendente. Ahora, sin embargo, la constatación de las decenas de miles de entradas que tienen las notas estridentes se erige en fuente de exigencias constantes para los editores en línea. Cuando esas son las notas más leídas, no resulta extraño que editores y reporteros se esmeren no para contrastarlas con información en otro tono sino para mimetizarse con ese estilo llamativo, efímero y hueco pero vendedor. Sobre todo, si hits y clicks definen las prioridades de una prensa, como la que tenemos en México, que nunca aprendió a competir por el interés de sus lectores ofreciendo contenidos de calidad.

Propaganda gubernamental
Otro de los grandes defectos del periodismo mexicano, la supeditación a la publicidad oficial, ha llegado sin regulación ni matices al periodismo en línea. La contratación discrecional de anuncios, que ha sido fuente de simulaciones y engaños en los medios convencionales, crece en la prensa en línea pero casi nunca en beneficio de un periodismo diferente.
Ahora es habitual que los conductores y columnistas que tienen alguna notoriedad en diarios impresos o en televisión y radio, abran sitios web para los que consiguen publicidad de numerosas oficinas gubernamentales. Esa práctica se ha extendido en la prensa de los estados.
Al buscar ese financiamiento oficial, tales periodistas comprometen su independencia profesional. Nunca es saludable que la publicidad la gestionen los periodistas. Sin embargo en sitios web personales, igual que en medios de prensa o radiodifusión pequeños, se ha vuelto frecuente que sean los mismos informadores quienes toquen las puertas de las direcciones de Comunicación Social en busca de anuncios. Por otra parte el gobierno federal, así como los gobiernos locales y otras dependencias del Estado que pagan esa publicidad, no suelen tomar en cuenta las audiencias de esos sitios personales. Algunos tienen un gran número de visitas porque se benefician de la notoriedad mediática de sus propietarios, pero otros ni siquiera alcanzan a ser registrados en las mediciones de tráfico en Internet.
La importante revisión que hacen Fundar y Artículo 19 del gasto en publicidad oficial ofrece algunos indicios de las erogaciones en sitios web. Del gasto identificable en publicidad oficial de 19 estados del país, que ascendió a 3413 milones de pesos en 2013, 166 millones fueron destinados a comprar espacios en línea. Se trata de menos del 5% pero el monto en números reales no es pequeño. Entre otros abusos se encuentra la contratación de publicidad en sitios web que no existen, como ocurrió en el municipio de Ciudad Juárez (Libertad de expresión en venta, agosto de 2015).
En 2014, de acuerdo con la misma investigación, el gobierno federal gastó algo más de 7 mil millones de pesos en la compra de espacios publicitarios. De ellos casi 400 millones, el 5.6%, estuvo destinado a sitios en línea. El gasto total es excesivo, pero ese no es tema del presente artículo. La erogación tan sólo para propaganda gubernamental en línea, resulta muy considerable en comparación con el dinero que la administración del presidente Peña Nieto destina a otros medios. En 2015, de acuerdo con datos publicados por el investigador Fernando Mejía Barquera, los presupuestos del Canal 22 y el Instituto Mexicano de la Radio, sumados, ascienden a 383 millones de pesos (Milenio, 10 de septiembre de 2015).

Noticia en construcción constante
Junto a esa reproducción de los defectos más deplorables de un periodismo que no ha sabido ni ha querido sintonizarse con el interés de la sociedad, la prensa en línea tendría posibilidades muy importantes si reconociera tales riesgos y se asumiera como un servicio, independientemente de que para existir y mantenerse tenga que ser negocio.
La prensa digital tiene la posibilidad de salvar exigencias económicas que suelen debilitar e incluso inhabilitar a la prensa tradicional. La instantaneidad con la que trabaja puede ser una virtud si se le aprovecha para alertar, develar o denunciar, sin demérito de las explicaciones que ofrecerá después. A la noticia se la puede concebir, en tales condiciones, como un producto mediático que se va construyendo en tiempo real, que se expande y enriquece con datos, documentos e interpretaciones a medida que la redacción los elabora y coteja. Los contenidos sometidos a ese proceso se encuentran, antes que nada, bajo el escrutinio de lectores que interactúan con ellos: esas respuestas y reacciones forman parte del mismo producto mediático que, así, se encuentra en construcción pero también en confrontación constantes. El periodismo nunca ha sido tan intenso, ni tan inagotable, como ahora que se somete a esos procesos de producción abierta y revisión pública.
El meollo del periodismo, que es la noticia en su circunstancia, seguirá siendo el mismo de siempre. Los parámetros para hacer periodismo, entre los que se encuentran la capacitación profesional, la independencia de empresas y periodistas, el respeto a sus públicos, los lineamientos éticos, son tan necesarios en la prensa en línea como han sido, más allá de que se les cumpliera o no, en la prensa con los viejos formatos.
Los medios de comunicación tradicionales se están quedando rezagados respecto de una realidad que desafía formatos y costumbres, pero también certezas e inercias en todos los terrenos. El dilema ahora no es si el periodismo subsistirá o no. Ni siquiera está a discusión si el papel y la tinta serán desplazados por las pantallas digitales. Eso ya sucede. La disyuntiva para el periodismo es si será avasallado por la circulación abrumadora de tirialidades o si logrará sobreponerse a ella, manteniendo sus principios profesionales.

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