Categoría: Investigación

Investigar en la sociedad de la información

Participación en Investigar la Comunicación, Congreso Fundacional de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación.

Santiago de Compostela, 31 de enero de 2008.

   La sociedad de la información es el contexto indispensable en el examen de las nuevas tecnologías de la comunicación pero, al mismo tiempo, es objeto de estudio en sí misma. Igual que en otros casos en las ciencias sociales, los investigadores de estos temas tenemos la oportunidad, pero también el desafío, de analizar el entorno que las determina lo mismo que las innovaciones comunicacionales y sus efectos específicos, los cuales son posibles gracias a la imbricación de los contenidos digitalizados con las telecomunicaciones.

   El entorno constituido por la sociedad de la información ha propiciado reflexiones fundamentales, y a veces fundacionales, que toman en cuenta elementos como la globalización económica y cultural, la propagación instantánea y abrumadora de abundantes contenidos, la irradiación de datos y experiencias consustancial a Internet y las dificultades que se mantienen en amplias zonas del mundo para conectarse regularmente a ella.

   A la sociedad de la información se le ha idealizado lo mismo que denostado. El debate acerca de los intereses y consecuencias que hay detrás y por efecto de ella ha sido tan crispado como, a menudo, esquemático. Los enfoques integrado y apocalíptico, ampliamente conocidos cuan frecuentemente esgrimidos en estas discusiones, han vitoreado de manera prematura, lo mismo que descalificado irreflexivamente, la existencia misma de la sociedad de la información. Cuando nos hemos limitado a ensalzarla, o a estigmatizarla, hemos incurrido en alguno de los más frecuentes síndromes que conducen a perspectivas parciales e insuficientes en las ciencias sociales. Mirar únicamente a la sociedad de la información como asunto general equivale a prestar atención sólo al bosque, desdeñando la complejidad, las ramificaciones e incluso los senderos contradictorios constituidos por los muchos árboles que la pueblan. De la misma manera, ocuparnos únicamente de uno o varios de esos árboles sin tomar en cuenta el bosque en donde surgen, se expanden, encuentran sentido y se convierten en fenómenos sociales y culturales, implica renunciar a reconocer el contexto que los hace posible.

   Para dejarnos de metáforas botánicas, vale decir que entender a la sociedad de la información de hoy en día requiere comprender en su contexto y estar al tanto de temas como las viejas y las nuevas opciones de producción audiovisual, los mecanismos de propagación digital que modifican el sentido original de la radio e incluso de la prensa, la expansión de Internet y las formas de apropiación que la gente ejerce respecto de ella, el surgimiento o la extensión de códigos culturales que se pregonan en el chat o en los blogs y que son parte del sustento de nuevas formas de socialización, el intenso y hasta hace poco impredecible desarrollo de la telefonía móvil y las maneras como está modulando y afectando a la interacción entre los individuos, la asimilación de las industrias de la información digital a extensos pero concentrados grupos comunicacionales… Hablar de la sociedad de la información puede convertirse en un enorme y reiterado cliché si no dotamos de contenido a esas reflexiones.

 

Diez rasgos en la investigación

 

   1. Un primer problema con el que tropezamos cuando queremos hacer diagnósticos lo mismo panorámicos que segmentados de la sociedad de la información, es la rapidez con que cambian algunas de sus principales manifestaciones. La velocidad misma, tanto para la transmisión de mensajes como en la irradiación de los nuevos dispositivos tecnológicos, es uno de los rasgos de la sociedad de la información. Ese atributo se convierte en dificultad cuando tratamos de registrar las mutaciones del nuevo entorno tecnológico y social.

   2. Con frecuencia, en segundo lugar, más que análisis de estas nuevas tecnologías hacemos apenas la crónica de su desarrollo, obligándonos siempre a fragmentar su circunstancia y efectos para poder ocuparnos de ella. Somos o queremos ser –o tenemos que ser– a la vez investigadores y protagonistas de ese desarrollo. Cuando estudiamos los usos de la Red de redes, los efectos del teléfono móvil o las implicaciones de los dispositivos de reproducción audiovisual con formatos mp3, nuestra experiencia personal se sobrepone inevitablemente al examen de esas nuevas tecnologías.

   3. Un tercer desafío se encuentra en la costumbre de abandonarnos a la seducción que siempre impone la reflexión conceptual o circunscribirnos a reproducir la gracia del dato duro. La tirantez entre especulación metodológica e información empírica, se presenta con frecuencia en las ciencias sociales y especialmente en el estudio de los medios. A veces nos asombramos tanto con el descubrimiento personal de nuevas utilerías tecnológicas y sus apropiaciones sociales que, a cada innovación, creemos que nos encontramos ante cambios drásticos o definitorios de nuevos efectos o conductas. Entre quienes observamos estos temas es frecuente la costumbre de querer encontrar, a cada momento, transformaciones substanciales o parteaguas históricos. En el otro extremo, tenemos a nuestra disposición tantos y a veces tan contradictorios datos acerca de estas nuevas tecnologías que a veces, abrumados en ellos, nos limitamos a glosar cifras y a remachar en ellas sin ceñirlas a un contexto analítico y crítico.

   4. En cuarto lugar, y esta no debiera ser queja sino fuente de exigencias, tenemos una producción intelectual tan constante y abundante acerca de temas como los mencionados que resulta prácticamente imposible estar al tanto de toda ella. En todo el mundo los estudiosos de la comunicación, pero también cada vez más los profesionales de otras disciplinas, se interesan por la sociedad de la información y los asuntos correlativos a ella aunque no siempre los reconozcan con las mismas denominaciones. Y tan sólo en el campo de quienes nos asumimos como estudiosos de la comunicación, hay una bibliografía y una proliferación de otros productos académicos tan variada (tesis, papers, artículos en revistas, ensayos en libros colectivos y ahora documentos en sitios web) que, por lo general, apenas si acertamos a estar al tanto de lo que se hace en unas cuantos países o solamente en algunas universidades.

   5. Esa abundancia de textos académicos, en quinto lugar, no significa que, por lo general, existan corrientes analíticas claramente diferenciadas ni que en todos los casos atiendan a metodologías únicas. Sería exagerado considerar que tenemos marcos teóricos del todo precisos para el estudio de la sociedad de la información. La novedad de estas indagaciones, lo mismo que las mutaciones que experimentan los nuevos medios y sus efectos, dificultan la adaptación al examen de la sociedad de la información de enfoques como los que se originan en el funcionalismo, la economía política, el análisis del discurso o los estudios culturales, entre algunas vertientes de la reflexión que ha prosperado en otras áreas de la comunicación. Sin duda hay tendencias y preferencias a las que de manera franca o implícitamente se adscribe cada investigador. Pero este campo es tan reciente que, a excepción de enfoques polares como los que antes comentábamos, aun están por conformarse escuelas de pensamiento expresamente diferenciadas en la búsqueda de explicaciones y para la comprensión prospectiva de los nuevos medios y sus variadas implicaciones.

   6. El estudio de la sociedad de la información, en sexto término pero esta es una de sus exigencias primordiales, tiene que ser multidisciplinario e incluso, como cada vez resulta más posible, transdisciplinario. Quienes hace algunos años nos acercamos al estudio de la comunicación desde la sociología, la antropología, o la filosofía, por mencionar solo algunas de las formaciones disciplinarias de quienes estamos involucrados en estas tareas, con frecuencia tenemos que ampliar el diafragma de nuestras lentes analíticas para tomar en cuenta elementos de la economía, la historia, el derecho, o incluso de especialidades como las ingenierías y la cibernética. Hemos tenido que confirmar, en ese desarrollo, la maleabilidad de la comunicación como disciplina y posiblemente, incluso, la necesidad de que se mantenga su indefinición como espacio de convergencia entre vertientes antaño disímiles de las ciencias sociales y las tecnologías.

   7. El estudio de los medios que concurren y se expanden en la sociedad de la información implica la fascinación de lo novedoso. Al observarlos, dicho sea en séptimo lugar, con frecuencia nos sentimos pioneros porque hay mucho de exploración inédita y de identificación de nuevas expresiones sociales y culturales en el atisbo de estos medios. Sin embargo tenemos que mantenernos alertas para distinguir lo auténticamente inédito de tendencias e inercias ya conocidas en el estudio de la comunicación. Estamos ante medios cuya originalidad tecnológica no siempre significa prácticas comunicacionales realmente nuevas.

   8. Pero indudablemente hay tendencias originales que podrían trocarse en nuevos usos sociales y culturales cuando por ejemplo, a pesar del entrañable aprecio que muchos de nosotros tenemos por la tinta y el papel, cada vez hay más documentos, incluso libros, que circulan exclusivamente de manera electrónica y que jamás serán impresos ni leídos de manera convencional. Algo está ocurriendo cuando en Japón algunas de las novelas de mayor difusión en los meses recientes fueron escritas para ser leídas en el teléfono móvil y han sido “descargadas”, en algunos casos, por más de 20 millones de personas. ¿Qué complejidad dramática, cuál lenguaje y con qué sintaxis pueden tener esas novelas que se leen en el móvil y se conservan en el disco duro de las computadoras? Algo cambia, también, cuando para centenares de millones de personas en todo el mundo las redes sociales de las que forman parte en Internet complementan de manera insustituible a las formas de relación presenciales y cara a cara de las que ya disponían antes de MySpace o de la concurrencia a salones de chat.

   9. A quienes nos interesamos en el estudio de la sociedad de la información nos corresponde no solo inventariar sino, además, tratar de entender el alcance de esas transformaciones. Estamos no sólo ante una multiplicación inédita y formidable de las opciones de consumo cultural sino ante formas distintas de apropiación de los productos de esa índole. Ahora, por ejemplo, los aficionados a un determinado tipo de música pueden elegir una sola melodía y no necesariamente todas las que están incluidas en un disco, de la misma manera que los interesados en un libro pueden seleccionar un capítulo en línea y no necesariamente todo el volumen. Esas nuevas formas de apropiación implican mayor libertad en el consumo pero también la segmentación e incluso la atomización, en la práctica, de las obras culturales. Es preciso entender esos fenómenos sociales y culturales en sus variadas dimensiones. Así, en un tema adyacente al que hemos mencionado, por lo general, existe más preocupación por los derechos de autor (a los que se confunde con las ganancias de las empresas) que por los derechos de las audiencias.

   10. En el estudio de los nuevos medios y de la sociedad de la información tenemos, en décimo lugar, la necesidad de trascender los lugares comunes que frecuentemente les hemos impuesto. Hemos creído, sin indagar lo suficiente, que Internet tuvo un origen puramente militar, que con la Red estamos ante un advenimiento fatal y promisorio de la interacción entre emisores y receptores, que estos recursos modifican radicalmente los quehaceres político, cultural y periodístico, o que resultan inevitablemente democratizadores. Sin embargo, en los mencionados ejemplos, el nacimiento de la Red de redes no estuvo tan supeditado a intereses del Pentágono como a menudo se dijo, la interacción que hace posible ha sido aprovechada por unos cuantos de sus usuarios mientras la gran mayoría sigue limitándose a un consumo pasivo de contenidos, el periodismo sigue y muy probablemente seguirá siendo realizado por profesionales de ese oficio que se nutrirán de abundantes fuentes de toda índole –entre ellas blogs y otros recursos en línea–, y por lo pronto Internet ha servido como espacio de información y discusión aunque, en lo fundamental, la conformación de la cultura cívica en nuestras sociedades sigue dependiendo de los ámbitos de socialización y medios de comunicación convencionales. En el otro extremo, hay quienes se limitan a mirar exclusivamente los efectos alienantes de espacios como los blogs y dispositivos como los Ipod, o la capacidad de Internet para propagar contenidos basura, delitos y pornografía. En esa tendencia a frasear y luego reiterar lugares comunes influye mucho la ya señalada tentación maniquea, que con frecuencia se reduce al enfoque tremendista o al de índole complaciente. Pero la práctica de simplificar el análisis de estos asuntos también se debe al apresuramiento con que a menudo (sujetos como solemos estar a exigencias, agendas y sistemas de evaluación académica un tanto compulsivos) debemos resolver nuestras tareas de investigación.

 

   Empeñarnos por aprender de la Sociedad de la Información para aprehender cabalmente sus significados sociales y culturales, tomar distancia respecto de manifestaciones triviales o anecdóticas sin perder la dimensión real de sus implicaciones, reconocernos en esa Sociedad de la Información sin olvidar que cuatro quintas partes de la humanidad siguen al margen de estos beneficios digitales y mediáticos, acaso nos permita contribuir para que además de datos este entorno tecnológico y cultural propague reflexiones. Todos estaremos de acuerdo en que es preciso lograr que la sociedad de la información lo sea también del conocimiento. Desde la investigación de estos temas, tenemos la oportunidad de favorecer la reflexión por encima de la negación o la estupefacción ante ellos. Podemos en suma, desde la investigación de los medios, coadyuvar a construir una sociedad de la argumentación y la deliberación.

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La investigación latinoamericana sobre Internet

Texto escrito para Telos número 61. Madrid, octubre – diciembre de 2004

La presencia contundente aunque todavía insuficiente de la Internet en América Latina ha merecido atisbos variados, en ocasiones metodológicamente heterodoxos y de una heterogénea versatilidad disciplinaria. La gran mayoría de los especialistas acreditados en el estudio de la comunicación han reconocido a la Red de redes como un espacio imprescindible, tanto en el examen de los medios como en la propagación de sus propias reflexiones, pero pocas veces se han sumergido en la exploración de ese Océano de viejas y nuevas realidades que es la Internet. Una diversa amalgama de disciplinas, desde las ingenierías hasta la sociología, la filosofía y la antropología, entre otras, han acompañado a la comunicación en el estudio de los modos, usos y retos que supone el desarrollo latinoamericano de la Internet.

   De la desconfianza que parecía prevalecer a mediados de los años 90 cuando muchos ignoraban a la Internet o la consideraban simple instrumento de imposiciones ideológicas, al entusiasmo desmedido y sin contexto crítico que propagaban las posturas mimetizadas con el ánimo prevaleciente en los análisis estadounidenses sobre la Red, la investigación latinoamericana ha avanzado a una atención sistemática y en algunos casos creativa acerca de estos temas. Sin embargo la indagación latinoamericana de la Red todavía se realiza fundamentalmente a partir de esfuerzos más personales que institucionales.

   El intercambio entre los interesados en estos asuntos sigue siendo precario y los foros especializados son escasos. La Internet ha sido rápidamente admitida como tema específico dentro de los estudios latinoamericanos de comunicación, especialmente en congresos de organismos como ALAIC y FELAFACS. Pero su reconocimiento como medio específico ha sido tardío –en comparación con países de Europa y Norteamérica– tanto en las prioridades de centros de investigación como en los planes de estudio universitarios especializados en comunicación. El que sigue es un recuento, inevitablemente fragmentario, de aportaciones y búsquedas latinoamericanas, en el estudio latinoamericano de la Red de redes.

 

El bosque y los árboles en el ciberespacio

   Pocos autores en América Latina han emprendido una revisión panorámica de los efectos culturales y la presencia social de la Red de redes. Casi todos los estudios recientes se han dirigido a los árboles, más que al frondoso y a veces asombroso bosque que constituye la Internet. Alejandro Piscitelli ha sido pionero de los estudios sobre cibercultura en América Latina. Su propia formación, que lo llevó de la filosofía a la ciencia de los sistemas, da cuenta de la versatilidad de enfoques que resultan pertinentes para estudiar a la Internet. Su clásico Ciberculturas. En la era de las máquinas inteligentes fue reeditado enriquecido con numerosas anotaciones y anexos (Piscitelli, 1995 y 2002). Ese profesor de la Universidad de Buenos Aires ha aportado una lectura latinoamericana, pero no regionalista, a temas como la nanotecnología, los hipermedios, los espacios virtuales y, desde luego, la Internet. La imbricación de medios masivos convencionales como la televisión que llega a amplias audiencias y la Red que interconecta directamente a sus usuarios así como las fallidas ilusiones que suscitó la especulación financiera en torno a la economía digital, han sido analizadas en sendos libros de ese autor (Piscitelli, 1998 y 2001). Otros autores con miradas panorámicas sobre la Internet han sido los mexicanos Flores Olea y Gaspar de Alba (1997) y Sánchez. Este último anticipó virtudes y limitaciones de la Red al señalar que de la misma manera que “Internet unifica el saber de forma horizontal”, no por ello constituye la panacea a las carencias culturales de nuestras sociedades: “tampoco es adecuado pensar que Internet por sí sola será la solución del crecimiento civil planetario, ya que una gran parte de la red será usada para asuntos bastante frívolos, para el entretenimiento y cosas afines” (Sánchez, 1997).

  

Evaluando la brecha digital

   Más allá de la academia pero también en ella, la principal discusión latinoamericana sobre la Red, sobre todo en los últimos años del siglo XX, giró en torno a la disyuntiva que implicaba destinar recursos para infraestructura en informática a pesar de que no se satisfacían otras necesidades sociales. Conexiones o comestibles era, en realidad, un falso dilema. Mientras no haya mínimos de bienestar entre los cuales se encuentran la alfabetización, la energía eléctrica y las redes telefónicas, no habrá soportes materiales para la introducción de la Internet. Pero también ha sido posible reconocer que esta infraestructura es parte indispensable del desarrollo. Sobre esas posibilidades bordaron estudios como los del argentino residente en Canadá Ricardo Gómez (2000) y los diagnósticos realizados por varias organizaciones multilaterales.

   En una evaluación del desarrollo de la Sociedad de la Información en América Latina presentada al inicio de 2003, la CEPAL concibe a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación como “algo más que informática y computadoras, puesto que no funcionan como sistemas aislados, sino en conexión con otras mediante una red. También son algo más que tecnologías de emisión y difusión (como televisión y radio), puesto que no sólo dan cuenta de la divulgación de la información, sino que además permiten una comunicación interactiva” (CEPAL, 2003). Allí se propone una agenda de políticas públicas en esa materia, para América Latina y El Caribe.

   En 2003 la Asociación Latinoamericana de Integración publicó un extenso estudio sobre la brecha digital en esta región. Además de poner en cuestión las concepciones tradicionales de brecha digital, allí se propone una metodología que tome en cuenta no solo la proporción de usuarios de Internet sino además la cobertura telefónica, la densidad de habitantes por computadoras y la situación económica de cada país (ALADI, 2003). El estudio fue realizado por el chileno Rodrigo Díaz, el argentino Oscar A. Messano y el uruguayo Ricardo Petrissans. Este último alentó durante varios años el sitio “Sociedad Digital” (www.sociedaddigital.org) nutrido con abundante información de políticas públicas para la Red.

   Pero más allá de esos esfuerzos para racionalizar y ordenar de manera propositiva la información sobre cobertura e insuficiencias de la Red, en Latinoamérica ha sido posible asegurar que, salvo excepciones: “Las políticas públicas -internas- de cada país son caóticas con respecto a la facilidad de acceso de las multitudes a la red. Por caóticas me refiero a: dado el retraimiento del Estado y la apertura a lo privado, lo público posee escaso y/o nula intervención” (Del Brutto, 1991).

    Una de las salvedades ha sido Brasil con el paradigmático Libro Verde. Allí se condensan las aportaciones de más de 150 especialistas organizados en grupos temáticos (administración pública, acciones empresariales, contenidos e identidad cultural, cooperación internacional, divulgación en la sociedad, educación, infraestructura de redes, regionalización, investigación y desarrollo, planeación y  procesamiento de alto desempeño). El propósito práctico de ese informe se advierte en los apartados de cada uno de sus ocho capítulos: “de qué se trata”, “en dónde estamos”, “para dónde vamos” y “qué hacer”. Allí se considera: “La sociedad de la información no es un modismo. Representa una profunda mudanza en la organización de la sociedad y de la economía, habiendo quien la considera un nuevo paradigma técnico-económico. Para el Livro Verde la Sociedad de la Información también constituye un fenómeno global con dimensiones político-económicas y sociales y no está exenta de riesgos. “Noventa por ciento de la población del planeta jamás tiene acceso al teléfono. ¿Cómo evitar, entonces, que las nuevas tecnologías incrementen todavía más la disparidad social entre las personas, las naciones y los bloques de países? Los países y bloques políticos, desde mediados de la década de los 90 enfrentan las oportunidades y los riesgos que

rodean al futuro y, reconociendo la importancia estratégica de la sociedad de la información, toman iniciativas para asegurar que esa nueva era vendrá en su beneficio” (Takahasi, 2000).

   Un esfuerzo similar fue realizado en Chile para la elaboración del documento presentado en enero de 1999 (Comisión Presidencial, 1999). En Centroamérica la Fundación Acceso, con la participación de investigadores como Kemly Camacho, Juliana Martínez y Evelyn Zamora, ha elaborado varias útiles monografías para el conocimiento y la propagación de la Internet, así como su apropiación por parte de la sociedad (http://www.acceso.or.cr/). Y en el área del Caribe la Fundación Funredes, establecida en República Dominicana y dirigida por Daniel Pimienta, ha realizado desde 1993 una sistemática tarea de análisis de los usos sociales de las redes informáticas así como una indagación de la presencia de las lenguas latinas en la Internet (http://www.funredes.org).

   Con prudente escepticismo, Hopenhayn (2003) ha exhortado a no confundir experiencias exitosas, pero limitadas, con el panorama de carencias que sigue definiendo a la Red en nuestros países: “Si bien es cierto que hay casos ejemplares de alumnos de colegios pobres que logran dialogar desde las terminales en la sala de la escuela con pares de ultramar, comparando grafittis o experimentos de biología, debe reconocerse que en América Latina tenemos hermosos y heroicos casos singulares, pero políticas públicas muy insuficientes en este campo”.

   La variedad de experiencias y ritmos en el desarrollo de la Internet en América Latina ha dificultado la elaboración de estudios panorámicos. Un esfuerzo plausible es el que han sostenido tres investigadores alemanes, Herzog (2001), Hoffman (2004) y Schultz (2002) del Instituto de Estudios Iberoamericanos en Hamburgo.

   Y aunque menos abundantes, también han surgido reflexiones críticas sobre las realidades y la definición misma de Sociedad de la Información como, destacadamente, la que ha emprendido Pasquali (2003).

 

Redes con o para la sociedad

   Los usos ciudadanos de la Red, el papel que desempeña en la  creación, propagación o difuminación de identidades sociales y nacionales y la forma como ha sido aprovechada por algunos movimientos sociales, han sido temas frecuentados por autores de muy variadas perspectivas analíticas y políticas. Sin embargo a menudo se estudia más la singularidad o extravagancia que implica el uso de la Internet para cumplir con tareas que habitualmente se desempeñaban por medios tradicionales, que los contenidos específicos difundidos en ella. Rafael Capurro, profesor uruguayo de Ciencias de la Información en Stuttgart, deploraba hace casi un lustro la escasez de estudios sobre los rasgos culturales en los sitios de Internet: “Esto se refiere a la forma cómo culturas locales –por ejemplo ciudades, regiones, países, pero también individuos, empresas, grupos– se presentan en la red destacando sus peculiaridades culturales por ejemplo a través del lenguaje, los colores, los símbolos etc. Este tipo de estudios debería mostrar no sólo diversos tipos de mestizajes culturales sino también la apertura y la porosidad intercultural así como también la persistencia de prejuicios, preferencias e intereses. Este tipo de estudios podría mostrar también, de qué forma los conflictos políticos y culturales se reflejan en la Internet y qué tipo de problemas genera este espacio que recubre por así decirlo la estructura de límites geográficos, culturales y legales cuya delimitación ha determinado la historia de la humanidad desde sus comienzos. Se trata entonces de algo que incluye pero va más allá de la pregunta acerca de si existe o no por ejemplo una forma específicamente latinoamericana de usar la red” (Capurro, 2000).

   A partir de la divisa “Internet para todos”, varios autores han descrito experiencias en el uso comunitario de la Red. Entre ellos se encuentran León, Burch y Tamayo (2001). Galindo (1997) abordó la utilización de la Red por parte del Ejército Zapatista, un caso muy comentado pero escasamente estudiado.

   La instalación de telecentros y el auge de los cibercafés han sido analizados por Robinson (2001). Al uso de la Red por parte de los jóvenes se asomaron, atendiendo a sus consecuencias laborales, Crovi y Girardo (2001). Más recientes son los acercamientos de autores venezolanos como Lozada (2004) y Martínez (2004) de las universidades Central de Venezuela y de Zulía, que han explorado los usos ciudadanos de la Internet en circunstancias políticas específicas.

   La profesora argentina Susana Finquelievich (1998 y 2000) ha invertido especial dedicación a estudiar promover el diagnóstico de las relaciones entre la Red y el entorno urbano. “De las redes de ciudadanos evolucionamos hacia la ciudad-red, y de allí, a un mundo que no se hace más reducido, pero sí inextricablemente complejo, en el que las acciones locales repercuten a nivel global y viceversa” –ha dicho en el más reciente de esos trabajos–. Desde otro punto de vista, más ligado a la cibercultura que a la sociología, André Lemos (2004) considera, en Brasil, que “las ciberciudades pasan a ser pensadas como formas de restablecer el espacio público, colocar en sinergia diversas inteligencias colectivas y reforzar lazos comunitarios”.

 

Medios y enseñanza en línea

   Novedad y desafío, el ciberperiodismo ha sido tema de recuentos como el de Islas y otros (2002) y Navarro (2002) especialmente pertinentes en vista del interés que el tema ha comenzado a despertar en escuelas de comunicación. El empleo de la Red como anfitriona de medios convencionales ha sido abordado en Islas y Gutiérrez (2000).  Esos investigadores encabezan el Proyecto Internet del campus Estado de México del Instituto Tecnológico de Monterrey que edita la revista electrónica Razón y Palabra (www.razonypalabra.org.mx) y está a cargo del grupo de trabajo sobre sociedad de la información e Internet de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación, ALAIC.

   Sin embargo a la Internet, como espacio de comunicación e interacción con singularidades que no se encuentran en los medios convencionales, se la estudia poco. Raisa Urribarri (1999) profesora de la Universidad de Los Andes en Trujillo, Venezuela, ha adaptado los enfoques latinoamericanos de las teorías de la comunicación para proponer un uso participativo de la Red.

   En el campo de la educación, en cambio, los usos de la Internet han sido abordados en numerosos trabajos fundamentalmente técnicos. En este recuento solo mencionamos, por sus aportaciones conceptuales y el creativo realismo que lo anima, el ensayo de Brunner (2003) sobre Internet como palanca educativa.

 

Atisbos a la cibercultura

   La Red en Latinoamérica, como espacio de relaciones sociales que no necesariamente ocurren fuera de línea y como medio para nuevas manifestaciones culturales ha sido examinada desde contrastantes perspectivas y siempre tomando como punto de partida las reflexiones de autores de otras latitudes. A los trabajos de Piscitelli (1995 y 2002) se han añadido enfoques como los del también argentino Romano (2000) que entiende a las comunidades virtuales como “nuevas masas psicológicas artificiales” y el mexicano Galindo (2001) que con la óptica de la comunicación explora la formación de comunidades virtuales, entre otros temas.

   Desde el campo de la psicología pero sin fundamentalismos disciplinarios, el uruguayo Balaguer (2003) emprendió una revisión de las implicaciones culturales de la Red en el más amplio sentido del término. “Internet es un nuevo espacio psicosocial que podrá ser vivido por cada cibernauta según su deseo, sus posibilidades y también sus limitaciones”, acota.

   Las relaciones afectivas en espacios como el chat y las tensiones entre erotismo y censura son discutidas sin intolerancias por Sánchez (2001). Las posibilidades de las nuevas tecnologías para abrir los sentidos a percepciones distintas de las convencionales incluyendo una disquisición sobre cyborgs y robots son temas de Yehya (2001). Gómez Cruz (2003) ha discutido las imbricaciones entre cibersexo y comunidades virtuales. Años atrás Cafassi (1998) coordinó, en Buenos Aires, una serie de estudios sobre privacidad, subjetividad, virtualidad y otros temas relacionados con la Internet.

   André Lemos (2003) sondea la relevancia de la técnica en la vida contemporánea para la creación de una cibercultura a la que entiende como “una forma socio-cultural que emerge de la relación simbiótica entre la sociedad, la cultura y las nuevas tecnologías de soporte micro-electrónico que surgieron con la convergencia de las telecomunicaciones y la informática en la década de los 70”. Ese investigador, junto con Marcos Palacios, encabeza desde 1997 en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Bahía, en Brasil, el Centro de Estudios e Investigación en Cibercultura (http://www.facom.ufba.br/ciberpesquisa/). Tres grupos de trabajo en ciberciudades, periodismo en línea e Internet y política, así como la revista electrónica 404nOtF0und forman parte de las tareas de ese colectivo académico.

   También en Brasil, en la Universidad Federal de Río, el grupo Ciberidea coordinado por Paulo Vaz y con una perspectiva que incluye a la comunicación, la filosofía y la psicología estudia las transformaciones culturales, especialmente en las relaciones entre los individuos, que suscitan la Internet y el resto de las nuevas tecnologías (http://www.eco.ufrj.br/ciberidea).

 

Perspectiva

   Naciente y dispersa, creciente y diversa, la investigación latinoamericana sobre la Internet no alcanza a consolidar una escuela ni se reduce a orientaciones metodológicas específicos. La admiración ante las posibilidades de ese medio ha suscitado descripciones que comienzan a estar acotadas por consideraciones críticas. Las insuficiencias en este campo son proporcionales a la magnitud de la Internet y su importancia. Tenemos muchas monografías, pero poca teoría acerca de la Red de redes. Faltan estudios de caso pero también ojeadas regionales. Se trata de un territorio académico desafiante y fascinante, que está  ganando un sitio propio dentro de las ciencias sociales en América Latina. Es importante que así como se cuestiona y combate la brecha digital en nuestros países, también logremos abatir la grieta que en algunos casos se mantiene entre el campo de la comunicación y el estudio de la Internet.

 

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