Veinte propuestas sobre WikiLeaks

Este texto fue publicado, en dos partes, en las ediciones de enero y febrero de 2011 de la revista Zócalo
1. Es pertinente subrayar una obviedad: WikiLeaks no existiría sin Internet. El sitio que Julian Assange puso al servicio de la filtración de documentos políticos no funcionaría sin la Red de redes. En tal virtud, comparte los rasgos más destacados de Internet: la información colocada en ese sitio web es ubicua, es decir, puede ser consultada desde cualquier lugar; no hay límites para la cantidad de datos que son colocados a disposición de los interesados; el manejo de esa información es descentralizado; su irradiación trasciende fronteras e intereses nacionales; la velocidad y la volatilidad definen también a esa propagación de información.

2. El uso que le da WikiLeaks, hace de Internet un instrumento capaz de alterar, aún no sabemos bien a bien con qué consecuencias, al menos parte de las reglas, los equilibrios y los intereses de la política internacional.

La Red ha sido utilizada, con distintos resultados, para influir en procesos nacionales, desde la propagación de las confidencias de aquella becaria de la Casa Blanca que intimaba con el presidente Clinton hasta la denuncia del autoritarismo en Irán, China o Cuba. Con WikiLeaks estamos ante la incursión de Internet en la política global. Si aún había duda, ahora resulta claro que la Red de redes es mucho más que un instrumento para propagar entretenimiento y trivialidades, o para conectar a los individuos. Junto con eso, es un espacio central en la disputa por el poder.

3. WikiLeaks existe para contender con el poder establecido. No es una ocurrencia de algunos jóvenes despistados aunque expertos en informática. Se trata de una empresa creada para poner en evidencia excesos y debilidades de los gobiernos.

Hace varios años Julian Assange decidió involucrarse en la develación de documentos secretos como una manera de golpear al poder político. A fines de 2006 escribió en su blog IQ.ORG: Mientras más secreta o injusta es una organización, las filtraciones provocan más miedo y paranoia en su liderazgo y en los planes de esa camarilla. Esto debe minimizar la eficiencia de sus mecanismos de comunicaciones internas… resultando en una disminución en la habilidad para mantener el poder” (http://web.archive.org/web/20071020051936/http:/iq.org).

A juzgar por las reacciones en los gobiernos de Estados Unidos y varios países europeos, la develación de toneladas de documentos del Departamento de Estado, que WikiLeaks puso en línea el 28 de noviembre de 2010, ha ocasionado la reacción anticipada cuatro años antes por Julian Assange. Sigue leyendo «Veinte propuestas sobre WikiLeaks»

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Internet como expresión y extensión del espacio público

Ensayo publicado en la Revista MATRIZes de la Universidad de Sao Paulo. No. 2, 2009.

Raúl Trejo Delarbre

Resumen: Internet es, al mismo tiempo, parte del espacio público y de la esfera pública, entendidas en los términos definidos por Habermas. En sitios web y otros espacios de la Red de redes se desarrolla un intenso y abierto proceso de socialización política e ideológica, a la vez que subsisten limitaciones importantes para que Internet contribuya de manera más enfática en la deliberación de los asuntos públicos.

Palabras clave: Internet, espacio público, socialización

Sigue leyendo «Internet como expresión y extensión del espacio público»

Facebook para principiantes

Nexos, diciembre de 2008

La granja

Quizá no hay ilustración más explícita del concepto capital social, acuñado por el politólogo Robert D. Putnam, que la versátil colección de redes, contactos y relaciones que entablan los usuarios de Facebook. La gente, como su nombre lo indica, da la cara en ese sitio pues es usual, aunque no obligatorio, que quien inicia una página en Facebook coloque allí su fotografía. También se registran la filiación académica o la ciudad del usuario, sus aficiones y cualquier referencia que a su juicio pueda interesar a quienes compartan circunstancias o afinidades. Con esa información se crea un perfil que solamente podrán ver aquellos a quienes dicho usuario decida aceptar como “amigos”. Sigue leyendo «Facebook para principiantes»

Vivir en una sociedad virtual

Vivir en una sociedad virtual
Entrevista con Raúl Trejo Delarbre

Ariel Ruiz Mondragón

Conversación tomada del blog Bibliálogos. Entrevistas con autores de libros. 21 de agosto de 2008.

Producto de una formidable revolución científico-tecnológica, Internet se ha convertido en la parte fundamental de un fenómeno de gigantescas dimensiones en las diferentes vertientes de la vida de la humanidad: la por algunos llamada Sociedad de la Información, que existe alrededor de la vastísima cantidad de información y posibilidades de comunicación que con formidable rapidez y facilidad nos permiten los medios digitales, en especial la red de redes. Sigue leyendo «Vivir en una sociedad virtual»

Los mexicanos y la cultura en línea

Resumen del texto entregado al Segundo Coloquio Oaxaca. Cultura mexicana: revisión y prospectiva. Septiembre de 2007. Publicado en Nexos, febrero de 2008.


No hay espacio más abierto a la cultura que la colección hasta ahora prácticamente infinita de sitios, territorios, bitácoras y recursos audiovisuales que, entre muchos otros contenidos, ofrece Internet. Nunca antes la humanidad había dispuesto de una diversidad tan extendida, y sobre todo despejada de taxativas y restricciones, como la que hay en la Red de redes. Y nunca hasta ahora, en parte debido a esa abundancia de recursos informáticos, habíamos estado tan cerca de saturarnos, abrumarnos e incluso intoxicarnos con una avalancha de contenidos tan apabullante como la que existe en Internet y en otras de las afluentes de la sociedad de la información. Abierta y ancha, la ilimitada colección de avenidas informáticas que es Internet se encuentra, sin embargo, vedada para quienes no tienen el privilegio de contar con equipamiento y conexiones suficientes. Sigue leyendo «Los mexicanos y la cultura en línea»

Investigar en la sociedad de la información

Participación en Investigar la Comunicación, Congreso Fundacional de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación.

Santiago de Compostela, 31 de enero de 2008.

   La sociedad de la información es el contexto indispensable en el examen de las nuevas tecnologías de la comunicación pero, al mismo tiempo, es objeto de estudio en sí misma. Igual que en otros casos en las ciencias sociales, los investigadores de estos temas tenemos la oportunidad, pero también el desafío, de analizar el entorno que las determina lo mismo que las innovaciones comunicacionales y sus efectos específicos, los cuales son posibles gracias a la imbricación de los contenidos digitalizados con las telecomunicaciones.

   El entorno constituido por la sociedad de la información ha propiciado reflexiones fundamentales, y a veces fundacionales, que toman en cuenta elementos como la globalización económica y cultural, la propagación instantánea y abrumadora de abundantes contenidos, la irradiación de datos y experiencias consustancial a Internet y las dificultades que se mantienen en amplias zonas del mundo para conectarse regularmente a ella.

   A la sociedad de la información se le ha idealizado lo mismo que denostado. El debate acerca de los intereses y consecuencias que hay detrás y por efecto de ella ha sido tan crispado como, a menudo, esquemático. Los enfoques integrado y apocalíptico, ampliamente conocidos cuan frecuentemente esgrimidos en estas discusiones, han vitoreado de manera prematura, lo mismo que descalificado irreflexivamente, la existencia misma de la sociedad de la información. Cuando nos hemos limitado a ensalzarla, o a estigmatizarla, hemos incurrido en alguno de los más frecuentes síndromes que conducen a perspectivas parciales e insuficientes en las ciencias sociales. Mirar únicamente a la sociedad de la información como asunto general equivale a prestar atención sólo al bosque, desdeñando la complejidad, las ramificaciones e incluso los senderos contradictorios constituidos por los muchos árboles que la pueblan. De la misma manera, ocuparnos únicamente de uno o varios de esos árboles sin tomar en cuenta el bosque en donde surgen, se expanden, encuentran sentido y se convierten en fenómenos sociales y culturales, implica renunciar a reconocer el contexto que los hace posible.

   Para dejarnos de metáforas botánicas, vale decir que entender a la sociedad de la información de hoy en día requiere comprender en su contexto y estar al tanto de temas como las viejas y las nuevas opciones de producción audiovisual, los mecanismos de propagación digital que modifican el sentido original de la radio e incluso de la prensa, la expansión de Internet y las formas de apropiación que la gente ejerce respecto de ella, el surgimiento o la extensión de códigos culturales que se pregonan en el chat o en los blogs y que son parte del sustento de nuevas formas de socialización, el intenso y hasta hace poco impredecible desarrollo de la telefonía móvil y las maneras como está modulando y afectando a la interacción entre los individuos, la asimilación de las industrias de la información digital a extensos pero concentrados grupos comunicacionales… Hablar de la sociedad de la información puede convertirse en un enorme y reiterado cliché si no dotamos de contenido a esas reflexiones.

 

Diez rasgos en la investigación

 

   1. Un primer problema con el que tropezamos cuando queremos hacer diagnósticos lo mismo panorámicos que segmentados de la sociedad de la información, es la rapidez con que cambian algunas de sus principales manifestaciones. La velocidad misma, tanto para la transmisión de mensajes como en la irradiación de los nuevos dispositivos tecnológicos, es uno de los rasgos de la sociedad de la información. Ese atributo se convierte en dificultad cuando tratamos de registrar las mutaciones del nuevo entorno tecnológico y social.

   2. Con frecuencia, en segundo lugar, más que análisis de estas nuevas tecnologías hacemos apenas la crónica de su desarrollo, obligándonos siempre a fragmentar su circunstancia y efectos para poder ocuparnos de ella. Somos o queremos ser –o tenemos que ser– a la vez investigadores y protagonistas de ese desarrollo. Cuando estudiamos los usos de la Red de redes, los efectos del teléfono móvil o las implicaciones de los dispositivos de reproducción audiovisual con formatos mp3, nuestra experiencia personal se sobrepone inevitablemente al examen de esas nuevas tecnologías.

   3. Un tercer desafío se encuentra en la costumbre de abandonarnos a la seducción que siempre impone la reflexión conceptual o circunscribirnos a reproducir la gracia del dato duro. La tirantez entre especulación metodológica e información empírica, se presenta con frecuencia en las ciencias sociales y especialmente en el estudio de los medios. A veces nos asombramos tanto con el descubrimiento personal de nuevas utilerías tecnológicas y sus apropiaciones sociales que, a cada innovación, creemos que nos encontramos ante cambios drásticos o definitorios de nuevos efectos o conductas. Entre quienes observamos estos temas es frecuente la costumbre de querer encontrar, a cada momento, transformaciones substanciales o parteaguas históricos. En el otro extremo, tenemos a nuestra disposición tantos y a veces tan contradictorios datos acerca de estas nuevas tecnologías que a veces, abrumados en ellos, nos limitamos a glosar cifras y a remachar en ellas sin ceñirlas a un contexto analítico y crítico.

   4. En cuarto lugar, y esta no debiera ser queja sino fuente de exigencias, tenemos una producción intelectual tan constante y abundante acerca de temas como los mencionados que resulta prácticamente imposible estar al tanto de toda ella. En todo el mundo los estudiosos de la comunicación, pero también cada vez más los profesionales de otras disciplinas, se interesan por la sociedad de la información y los asuntos correlativos a ella aunque no siempre los reconozcan con las mismas denominaciones. Y tan sólo en el campo de quienes nos asumimos como estudiosos de la comunicación, hay una bibliografía y una proliferación de otros productos académicos tan variada (tesis, papers, artículos en revistas, ensayos en libros colectivos y ahora documentos en sitios web) que, por lo general, apenas si acertamos a estar al tanto de lo que se hace en unas cuantos países o solamente en algunas universidades.

   5. Esa abundancia de textos académicos, en quinto lugar, no significa que, por lo general, existan corrientes analíticas claramente diferenciadas ni que en todos los casos atiendan a metodologías únicas. Sería exagerado considerar que tenemos marcos teóricos del todo precisos para el estudio de la sociedad de la información. La novedad de estas indagaciones, lo mismo que las mutaciones que experimentan los nuevos medios y sus efectos, dificultan la adaptación al examen de la sociedad de la información de enfoques como los que se originan en el funcionalismo, la economía política, el análisis del discurso o los estudios culturales, entre algunas vertientes de la reflexión que ha prosperado en otras áreas de la comunicación. Sin duda hay tendencias y preferencias a las que de manera franca o implícitamente se adscribe cada investigador. Pero este campo es tan reciente que, a excepción de enfoques polares como los que antes comentábamos, aun están por conformarse escuelas de pensamiento expresamente diferenciadas en la búsqueda de explicaciones y para la comprensión prospectiva de los nuevos medios y sus variadas implicaciones.

   6. El estudio de la sociedad de la información, en sexto término pero esta es una de sus exigencias primordiales, tiene que ser multidisciplinario e incluso, como cada vez resulta más posible, transdisciplinario. Quienes hace algunos años nos acercamos al estudio de la comunicación desde la sociología, la antropología, o la filosofía, por mencionar solo algunas de las formaciones disciplinarias de quienes estamos involucrados en estas tareas, con frecuencia tenemos que ampliar el diafragma de nuestras lentes analíticas para tomar en cuenta elementos de la economía, la historia, el derecho, o incluso de especialidades como las ingenierías y la cibernética. Hemos tenido que confirmar, en ese desarrollo, la maleabilidad de la comunicación como disciplina y posiblemente, incluso, la necesidad de que se mantenga su indefinición como espacio de convergencia entre vertientes antaño disímiles de las ciencias sociales y las tecnologías.

   7. El estudio de los medios que concurren y se expanden en la sociedad de la información implica la fascinación de lo novedoso. Al observarlos, dicho sea en séptimo lugar, con frecuencia nos sentimos pioneros porque hay mucho de exploración inédita y de identificación de nuevas expresiones sociales y culturales en el atisbo de estos medios. Sin embargo tenemos que mantenernos alertas para distinguir lo auténticamente inédito de tendencias e inercias ya conocidas en el estudio de la comunicación. Estamos ante medios cuya originalidad tecnológica no siempre significa prácticas comunicacionales realmente nuevas.

   8. Pero indudablemente hay tendencias originales que podrían trocarse en nuevos usos sociales y culturales cuando por ejemplo, a pesar del entrañable aprecio que muchos de nosotros tenemos por la tinta y el papel, cada vez hay más documentos, incluso libros, que circulan exclusivamente de manera electrónica y que jamás serán impresos ni leídos de manera convencional. Algo está ocurriendo cuando en Japón algunas de las novelas de mayor difusión en los meses recientes fueron escritas para ser leídas en el teléfono móvil y han sido “descargadas”, en algunos casos, por más de 20 millones de personas. ¿Qué complejidad dramática, cuál lenguaje y con qué sintaxis pueden tener esas novelas que se leen en el móvil y se conservan en el disco duro de las computadoras? Algo cambia, también, cuando para centenares de millones de personas en todo el mundo las redes sociales de las que forman parte en Internet complementan de manera insustituible a las formas de relación presenciales y cara a cara de las que ya disponían antes de MySpace o de la concurrencia a salones de chat.

   9. A quienes nos interesamos en el estudio de la sociedad de la información nos corresponde no solo inventariar sino, además, tratar de entender el alcance de esas transformaciones. Estamos no sólo ante una multiplicación inédita y formidable de las opciones de consumo cultural sino ante formas distintas de apropiación de los productos de esa índole. Ahora, por ejemplo, los aficionados a un determinado tipo de música pueden elegir una sola melodía y no necesariamente todas las que están incluidas en un disco, de la misma manera que los interesados en un libro pueden seleccionar un capítulo en línea y no necesariamente todo el volumen. Esas nuevas formas de apropiación implican mayor libertad en el consumo pero también la segmentación e incluso la atomización, en la práctica, de las obras culturales. Es preciso entender esos fenómenos sociales y culturales en sus variadas dimensiones. Así, en un tema adyacente al que hemos mencionado, por lo general, existe más preocupación por los derechos de autor (a los que se confunde con las ganancias de las empresas) que por los derechos de las audiencias.

   10. En el estudio de los nuevos medios y de la sociedad de la información tenemos, en décimo lugar, la necesidad de trascender los lugares comunes que frecuentemente les hemos impuesto. Hemos creído, sin indagar lo suficiente, que Internet tuvo un origen puramente militar, que con la Red estamos ante un advenimiento fatal y promisorio de la interacción entre emisores y receptores, que estos recursos modifican radicalmente los quehaceres político, cultural y periodístico, o que resultan inevitablemente democratizadores. Sin embargo, en los mencionados ejemplos, el nacimiento de la Red de redes no estuvo tan supeditado a intereses del Pentágono como a menudo se dijo, la interacción que hace posible ha sido aprovechada por unos cuantos de sus usuarios mientras la gran mayoría sigue limitándose a un consumo pasivo de contenidos, el periodismo sigue y muy probablemente seguirá siendo realizado por profesionales de ese oficio que se nutrirán de abundantes fuentes de toda índole –entre ellas blogs y otros recursos en línea–, y por lo pronto Internet ha servido como espacio de información y discusión aunque, en lo fundamental, la conformación de la cultura cívica en nuestras sociedades sigue dependiendo de los ámbitos de socialización y medios de comunicación convencionales. En el otro extremo, hay quienes se limitan a mirar exclusivamente los efectos alienantes de espacios como los blogs y dispositivos como los Ipod, o la capacidad de Internet para propagar contenidos basura, delitos y pornografía. En esa tendencia a frasear y luego reiterar lugares comunes influye mucho la ya señalada tentación maniquea, que con frecuencia se reduce al enfoque tremendista o al de índole complaciente. Pero la práctica de simplificar el análisis de estos asuntos también se debe al apresuramiento con que a menudo (sujetos como solemos estar a exigencias, agendas y sistemas de evaluación académica un tanto compulsivos) debemos resolver nuestras tareas de investigación.

 

   Empeñarnos por aprender de la Sociedad de la Información para aprehender cabalmente sus significados sociales y culturales, tomar distancia respecto de manifestaciones triviales o anecdóticas sin perder la dimensión real de sus implicaciones, reconocernos en esa Sociedad de la Información sin olvidar que cuatro quintas partes de la humanidad siguen al margen de estos beneficios digitales y mediáticos, acaso nos permita contribuir para que además de datos este entorno tecnológico y cultural propague reflexiones. Todos estaremos de acuerdo en que es preciso lograr que la sociedad de la información lo sea también del conocimiento. Desde la investigación de estos temas, tenemos la oportunidad de favorecer la reflexión por encima de la negación o la estupefacción ante ellos. Podemos en suma, desde la investigación de los medios, coadyuvar a construir una sociedad de la argumentación y la deliberación.

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Tonos del celular: proclamas estéticas en miniatura

Nexos, número 356, agosto de 2007.

 

 El año pasado había más de 2300 millones de teléfonos celulares en todo el mundo. Se trata, en cifras aproximadas, de un celular para cada 2.7 personas. Los teléfonos móviles prácticamente duplican, ya, a los de carácter fijo (que en 2006 eran alrededor de 1300 millones). La posibilidad de hacer y recibir llamadas sin estar atadas a la línea alámbrica ha cambiado hábitos y capacidades comunicacionales de las personas en todo el orbe.

   A la vez que nos ha hecho más libres, el celular nos ha creado nuevas dependencias. El teléfono portátil no solo nos vuelve ubicuos. Además suscita novedosas formas de comunicación y expresión que van desde el intercambio de mensajes de texto hasta la creación de cadenas de usuarios que propagan los mismos contenidos y la posibilidad de registrar y enviar fotografías y videos.

   Instrumento masivo, el celular no ha significado, sin embargo, una fatal homogeneización de la sociedad. El interés de sus usuarios para apropiarse de él, desde luego con la interesada ayuda de las corporaciones telefónicas, ha propiciado numerosas formas para singularizar al móvil. Hay quienes lo decoran con variadas cubiertas, o que colocan fotografías en la pantalla. Muchos más, añaden diversos tonos que se escucharán cuando el teléfono reciba una llamada.

   Concebidos para distinguir al celular, los tonos telefónicos singularizan a cada usuario. Es irresistible la tentación de hacer sicología o sociología instantáneas cuando escuchamos violines impetuosos, pianos rítmicos, cantantes de fama, maridos regañones, féminas ansiosas o vacas que mugen surgiendo de algún celular. Dime qué tono usas y te diré quién eres. El que a buen tono se arrima buena fama le cobija. Tono que ladra no muerde. Tono y figura hasta la sepultura. Más vale tono que fuerza. Mucho tono y pocas nueces.

   Los tonos telefónicos son un recurso del siglo 21. Antes de 1998 los celulares tenían unas cuantas opciones, casi siempre de sonido plano y metálico, para avisarnos cuando llegaba una llamada. Ese año varias compañías telefónicas comenzaron a ensayar cómo ampliar la capacidad acústica de los timbres, hasta llegar a la polifonía digital que hoy permite no solamente imitar sonidos sino, especialmente, reproducir cualquier melodía, voz o ruido. El interés de muchos usuarios –especialmente los más jóvenes– para renovar y diversificar los tonos de sus teléfonos, propició un auge tecnológico y mercantil que no estaba en los planes de negocio de las telefónicas.

   En Estados Unidos, tan solo en 2003, la compra de tonos para teléfono significó desembolsos de entre 80 y 100 millones de dólares. En 2006 esos gastos ascendieron a más de 600 mdd. En 2007 quizá disminuyan a 550. Sin embargo, mundialmente, la venta de ringtones podría ser mayor a 4 mil 700 millones de dólares en 2008.

   Tan sólo entre enero y abril de 2007 en Estados Unidos se vendieron 72 millones de tonos telefónicos. Esa cantidad no es mayor porque muchos usuarios comparten con sus amigos los tonos que han comprado o adquirido gratuitamente. La manía por los tonos tiene, igual que otras expresiones de la tecnología digital, rasgos a la vez individualistas y solidarios. Cada quien su tono, muchos usuarios de celulares eligen el sonido que los distingue cuando repiquetea su teléfono. Y no pocos de ellos estarán dispuestos a transferir a sus conocidos una copia del archivo digital que permitirá reproducir ese tono en otros celulares.

   Los tonos telefónicos se vuelven, así, no solamente sellos de identidad personal sino también de cohesión grupal.  Un estudio inglés acerca del porvenir de la telefonía celular subraya: “El éxito de los tonos telefónicos y los protectores de pantalla tiene mucho que ver con la capacidad para mostrar, compartir y transferir. Así la industria del móvil está bien prevenida para asegurar que sus futuros servicios harán posible compartir ese ‘contenido social’ ”.

 

Teléfonos politizados

   Terraplén del aislamiento cuando crea una atmósfera de exclusión alrededor del usuario que se aparta para contestar una llamada, el celular es, al mismo tiempo, vehículo que refuerza y causa nuevas relaciones sociales. Así sucede con otras tecnologías digitales de la información. Hace varios años Howard Rheingold, en su visionario libro Smart mobs, entendía al celular como eje de nuevos enlaces sociales capaces, incluso, de ocasionar respuestas colectivas como las que protagonizan las multitudes inteligentes convocadas con mensajes de texto instantáneo.

   El sonido del celular puede tener significados políticos como cuando a mediados de 2005, en Filipinas, muchos usuarios pusieron como tono telefónico la voz de la presidenta Gloria Macapagal cuando conversaba con Virgilio Garciliano, titular de la Comisión Electoral de ese país: “¿Hola, hola, hola Garcí…? ¿Así que voy adelante por más de un millón?”. El tono telefónico, que duraba 17 segundos y estaba aderezado con música de rap, reproducía una grabación aparentemente realizada por militares adversos a la presidenta. El gobierno no rechazó la autenticidad de esa grabación pero declaró ilegal su posesión porque había sido realizada de manera subrepticia. Aun así, el ringtone con la voz de la presidenta circuló por millares de teléfonos móviles.

   A mediados de 2007, en Estados Unidos los partidarios del senador Barack Obama han propagado tonos de teléfono con la voz de ese aspirante a la candidatura presidencial del Partido Demócrata. Además hay sitios en la Red que promueven la creación de ringtones políticos que encajan bien con el estilo conciso, apuntalado en frases notorias más que en ideas, que impone la mercadotecnia electoral.

   El portal Ring it on! explica, con una realismo a la vez que sarcasmo: “Somos una nación bendecida con políticos cuyas declaraciones prácticamente ruegan llegar a ser tonos de teléfono. ‘Misión cumplida’, ‘Los últimos estertores de la insurgencia’… No deje que se desperdicien esas perlas de la incompetencia política. Conviértalas en tonos de teléfono y déjelas saltar en los centros comerciales, las estaciones de autobús, los restaurantes, su trabajo… Hemos sido una nación de zombies políticos por mucho tiempo. ¡Ejercite su libertad de expresión y deje que suene el celular!”.

   Así que ahora, además de versiones simplificadas de New York, New York o de la Novena Sinfonía de Beethoven, los celulares irradian las voces de los famosos. Nuestras versiones vernáculas de esa politización telefónica podrían ser tonos que repitieran aquel “¿Yo? ¿Por qué?” con el que se definió el ahora ex presidente, o las vulgares conversaciones del gobernador Marín con su contlapache el empresario textil.

   Esa miríada de sonidos que invade hoy el paisaje urbano forma parte de la trivialización, pero también de la apropiación que la gente hace tanto de los asuntos públicos como de los dispositivos tecnológicos. Pero no en todas partes se acepta, o tolera, de la misma forma a los ruidos que brotan del celular. Amparo Lasen, autora de una indagación sobre el uso del móvil en varias ciudades europeas, ha escrito: “Los sonidos del teléfono móvil, tanto los tonos como las conversaciones, son parte del panorama musical en el transporte público. También están presentes, aunque menos utilizados, en los restaurantes… Las reacciones a la inobservancia de las reglas de etiquetas son distintas [en cada ciudad]. Los parisinos rápidamente se muestran contrariados, volteando a mirar al usuario ruidoso. En Madrid la gente parece estar más acostumbrada a eso, mostrando menos signos de desagrado. El nivel del ruido en los sitios públicos, tanto adentro como al aire libre, es mayor que en las otras dos ciudades y también hay mayor tolerancia para las conversaciones escandalosas. Los tonos telefónicos también son a menudo más ruidosos en Madrid, con cierta preferencia por melodías de ‘valquirias’ y ‘caballerías’ que no parecen molestar a la gente que está cerca. Sin embargo, para los entrevistados españoles, los  entremetidos tonos telefónicos y los conversadores ruidosos son los aspectos más incómodos en el uso que otras personas hacen de los teléfonos móviles. Esta es la molestia principal para la mayoría de los entrevistados, cuando los usuarios del celular ‘olvidan que hay otras personas alrededor’. Esta inconsciencia es resultado de las dificultades para administrar dos escenarios de interacción, la conversación telefónica y la presencia física de los otros”.

 

Señales de identidad

   El tono telefónico acota, define y proclama la identidad personal. Los autores de un amplio estudio sobre la expansión del teléfono celular, encabezados por Manuel Castells, explican: “Las tecnologías móviles han acabado formando parte de los procesos de formación de la identidad personal, no únicamente como instrumento utilitarista para la comunicación sino también como ‘una proclama estética en miniatura de su propietario’ ”.

   El tono del celular anuncia la personalidad de quien lo ha seleccionado o, al menos, el estado de ánimo que tenía cuando eligió ese y no otro sonido para su teléfono. Pero la impresión que suscitará entre quienes lo escuchen dependerá, a su vez, de la idiosincrasia de los otros y del contexto en el que suene el teléfono. Un celular que cuando llama deja escuchar al grupo de cumbia “Damas gratis” (que tiene el mayor número de descargas en el sitio de tonos telefónicos Chikabum.com) causará opiniones distintas a otro que reproduzca por varios segundos un concierto para clarinete de Mozart. Pero ambos serán desaprobados si suenan durante una obra de teatro. Así que la proclama estética que enarbolan los dueños de celulares y tonos se encuentra acotada por las reglas que imperan en el uso del espacio público.

   La creación de tonos telefónicos está subordinada al negocio y a los requerimientos técnicos. Hay empresas telefónicas que contratan músicos para que diseñen timbres sencillos, armónicos y contagiosos, que estén ceñidos a la brevedad pero también a la simplicidad que se exige de ellos. El profesor de música Sumanth Gopinath, de la Universidad de Minnesota, ha explicado:  “El negocio de componer tonos de teléfono no es particularmente glamoroso: es, en un sentido, una forma actualizada de escribir jingles, o música publicitaria, cuyo producto es el mismo teléfono móvil. El tono, en el caso del teléfono monofónico, se beneficia de ser una forma artística altamente inhibida. El compositor tiene una sencilla línea melódica de extensión limitada (30 segundos máximo) y un rango (hasta 4 octavas) a su disposición, con poca o ninguna posibilidad de un tono discordante o cambiante. La simplicidad de tales melodías, que deberían balancear el interés estético (‘buen’ sonido, en abstracto) con una función (ser una señal efectiva para el usuario del celular) parece muy halagüeña cuando son cortas, quizá de unos cuantos segundos”. De allí que la estética del audio celular sólo se ha podido extender con las innovaciones en materia de reproducción digital que incorporan al teléfono la posibilidad de repiquetear con sonidos auténticos y no solo combinaciones de los tonos convencionales.

   Dime qué tono usas y te diré a qué te quieres parecer: cuando el celular suena ya no solamente anuncia una llamada. Además pregona una señal de identidad o, dicho de otra manera, el recurso acústico con el que cada usuario quiere llamar la atención. Ese ejercicio de notoriedad podrá ser categóricamente egocéntrico cuando se expanda el singtone, que es un tono de celular que cada quien puede grabar con su propia voz interpretando, con fondo musical, la melodía de su preferencia.

   Los versátiles usos del celular expresan copiosas posibilidades de apropiación. En India hay tribus que utilizan el móvil para cazar leopardos: le ponen sonidos de gallos, cabras y vacas, lo colocan bajo una trampa y solamente llaman para que el felino se acerque confiado en que encontrará una presa. En las ciudades contemporáneas los atrapados somos nosotros cuando, aunque abominemos de los tonos del celular, vivimos rodeados de ellos.

 

Referencias

-“Filipinos answer anti-corruption call”. San Francisco Chronicle, 22 de junio de 2005.

-Amparo Lasen, A comparative study of mobile phone. Use in public places in London, Madrid and Paris. Digital World Research Centre, University of Surrey, 2004.

-Manuel Castells, Mireia Fernández Ardévol, et. al., Comunicación móvil y sociedad. Una perspectiva global. Fundación Telefónica y Ariel, Barcelona, 2006.

-James Crabtree, et al, Mobile phones and everyday life. The Work Foundation, Londres, 2003.

– Sumanth Gopinath “Ringtones, or the auditory logic of globalization”
First Monday, diciembre de 2005: http://firstmonday.org

– Ring It On! http://www.ringtones08.com/

Tendencias mediáticas en América Latina

Publicado en Zócalo, febrero de 2007 

    Los medios de comunicación han sido el motor cultural y social de la globalización contemporánea. Más que la apertura de mercados y la trasnacionalización de capitales, pero junto con ellos, la propagación de mensajes más allá de cualquier frontera geográfica o política y la homogeneidad de muchos de esos contenidos han significado un cambio drástico en la apreciación que la gente tiene acerca de sí misma y del mundo en el que vive. Ese nuevo entorno implica transformaciones en muchas direcciones.

   La apreciación catastrofista, que le asigna a la globalización un carácter esencialmente perverso, sirve de poco para entender esos cambios pero, además, conduce a una parálisis analítica y política porque al subrayar solamente sus consecuencias indeseables llega a magnificar e incluso a mitificar los efectos de la internacionalización económica y cultural. La apreciación complaciente, que busca solamente los rasgos virtuosos de un proceso que encierra profundas desigualdades sociales e incluso las acrecienta, tampoco es el enfoque más adecuado en el plano del análisis intelectual ni en el terreno de la elaboración de políticas. 

Híbrido espacio cultural    

   La globalización cultural es un proceso. No surge de manera súbita. Tampoco conduce a la suplantación drástica de las culturas nacionales y locales. Se trata, más bien, de una sucesión de inter-influencias mutuas, de una serie de hibridaciones como ha sugerido, entre otros, Néstor García Canclini. En ese proceso las culturas nacionales y locales ceden algo de espacio a los contenidos de carácter global –que son fundamentalmente, aunque no de manera exclusiva, de índole estadounidense–. Pero al mismo tiempo un segmento de los valores, rasgos y tradiciones de las culturas locales y nacionales comienza a formar parte de la que, en aras de la descripción breve, podemos denominar como cultura global.      En el espacio cultural iberoamericano concurren, así, contenidos de toda índole. Allí hay sitio para las culturas locales al mismo tiempo que para expresiones de la cultura trasnacional que irradian los medios de comunicación. En todos nuestros países, así como en otras regiones del mundo, la gente se entretiene mirando series estadounidenses como Lost, 24 y Sex and the city pero también aplaude la música y la figura de Shakira, las composiciones de Chico Buarque, las caracterizaciones de Penélope Cruz y Antonio Banderas, las canciones de Luis Miguel o las jugadas del Barsa y el Real Madrid. Los contenidos hispanoamericanos forman parte del caudal que circula en los medios de comunicación de dimensiones globales. Eso no significa que toda nuestra idiosincrasia ni todas nuestras costumbres estén siendo determinantes en esa cultura global.

   En esa avalancha de contenidos se amalgaman expresiones, características y tradiciones de numerosas culturas regionales y nacionales. Al mismo tiempo, por lo menos hasta ahora, las culturas locales y regionales se mantienen gracias a que forman parte de la gente que las nutre y reproduce.

    Las nuevas tecnologías facilitan e intensifican esos procesos de amalgama cultural pero, además, comienzan a crear nuevas formas de consumo, generación y apropiación de contenidos. Por una parte, llevan hasta las audiencias más diversas los contenidos de la heterogénea pero omnipresente cultura global. En segundo término permiten algunas formas de intercambio e interactividad que la gente aprovecha para ampliar sus redes de relaciones personales y, en ocasiones, para propagar sus propias creaciones culturales. En tercer lugar, esas nuevas tecnologías hacen posible la reproducción de muchos de esos contenidos por mecanismos de apropiación y circuitos de distribución paralelos y en ocasiones contradictorios con el mercado institucional –la reproducción y distribución de archivos de vídeo y música más allá del copyright tiene delicadas implicaciones legales pero, al mismo tiempo, se ha convertido en una peculiar pero efectiva forma de democratización del consumo cultural–.

 El idioma y la Red      

    Influido y constantemente modificado por la cultura global, el espacio hispanoamericano tiene rasgos que lo singularizan. El primero de ellos es, desde luego, el idioma. El sustrato común que significa el español permite que se mantengan constantes flujos de bienes culturales, mantiene un contexto compartido y, sobre todo, les da a nuestros países una identidad común.    Sin embargo ese sustrato que significa la lengua no es apuntalado con el interés y los recursos que harían falta para sustentar ese asidero de nuestra identidad compartida. Los proyectos bibliográficos, comunicacionales, periodísticos, artísticos y/o cinematográficos que podrían desarrollarse para promover contenidos y la lengua común en estaos países, siguen resultando escasos.     Ante la insuficiencia de políticas nacionales y regionales de suficiente calado, la identidad común en nuestras naciones es promovida fundamentalmente por los grandes medios de comunicación de masas. En la mayoría de ellos, como es de suponerse, la producción de contenidos no suele estar orientada por la calidad sino por la búsqueda de rendimientos financieros.    

En nuestros países la mayor parte de la sociedad depende, para su consumo mediático, de los canales de televisión abierta; el acceso a plataformas de televisión satelital, o por cable, sigue siendo un privilegio al que tienen acceso segmentos aun minoritarios de la población o, en otros casos, solamente los habitantes de las grandes zonas urbanas.    Internet no ha llegado a ser un auténtico contrapeso a la hegemonía comunicacional de los medios tradicionales. En la mayor parte de América Latina las tasas de acceso a la Red todavía son inferiores al 20% de la población. Los contenidos en español se han incrementado pero no tanto como los que se propagan en otras lenguas en la Red de redes. La creación de tales contenidos para Internet ha quedado fundamentalmente supeditada al interés mercantil o al afán comunicativo de pequeños y a veces aislados grupos de usuarios. En pocos países latinoamericanos (Brasil y Chile, destacadamente) ha existido una política estatal para impulsar el desarrollo tanto de la cobertura como de contenidos nacionales en Internet. Y si las políticas nacionales en ese terreno han escaseado, mucho mayor es la ausencia de políticas regionales para Internet. Fuerza de los medios     

   En ausencia de contrapesos y junto con el declive en la presencia social de otros actores públicos (como las instituciones del Estado, o los partidos políticos) la influencia social de los medios tradicionales ha crecido tanto que, en ocasiones, rivaliza con los poderes establecidos. No resultó sorprendente, por ello, que el Informe sobre la Democracia en América Latina que el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo presentó en 2004 identifique a los medios de comunicación entre los poderes fácticos más influyentes en esta región.

   La fuerza política de los medios llega a determinar decisiones u omisiones de los poderes establecidos (como sucedió en México a comienzos de 2006 con la aprobación de una reforma de legal tan favorable al interés de las corporaciones mediáticas que llegó a ser conocida como Ley Televisa). Paradójicamente, en experiencias como esa, los medios privados llegan a padecer un costo político significativo cuando en la sociedad se extiende la convicción de que tales empresas están abusando del poder que tienen.

    Los medios públicos no alcanzan a constituir una alternativa sobre todo cuando experimentan carencias financieras tan acusadas como las que padecen numerosas emisoras estatales en América Latina. Los medios comunitarios han experimentado un desarrollo desigual: suman centenares o quizá millares en Brasil y Argentina pero solamente –a lo sumo– un par de docenas en México. En todos los casos, su sola existencia contradice la concepción que suelen tener los empresarios de la radiodifusión privada que habitualmente se consideran propietarios de todo el espacio radioeléctrico y no únicamente concesionarios de algunas frecuencias. 

Acaparadores empresarios   

¿Fortalezas y debilidades? Si se les puede llamar así, para la industria de la comunicación, que es esencialmente privada, entre las primeras se encuentran el acaparamiento que hacen de las frecuencias de transmisión –hay muchos canales en pocas manos– y, por lo tanto, el monopolio que ejercen sobre las audiencias. Uno de los patrimonios más importantes de tales empresas es la experiencia técnica y comunicacional que han mantenido y consolidado durante, en ocasiones, más de medio siglo. Entre sus desventajas se encuentran la frecuente reticencia a cualquier innovación –lo mismo en materia de contenidos que de índole política, cultural o tecnológica–, el discurso estrecho y a menudo maniqueo que promueven acerca de los asuntos públicos, el afán para aprovechar políticamente la ventaja que suelen tener frente a otros actores públicos y el escaso interés que manifiestan para tomar en cuenta a sus audiencias como algo más que resignados conglomerados de pasivos consumidores de mensajes. Muchos de los empresarios mediáticos latinoamericanos más relevantes mantienen una visión del mundo tan estrecha que no suelen interesarse en producir o difundir contenidos capaces de reivindicar la identidad común de la región o de apuntalar el desarrollo de nuestro idioma.    

   (A fines de 2006 la Fundación Telefónica, de Madrid, les pidió a varias docenas de investigadores de la comunicación en Iberoamérica que respondieran a un cuestionario sobre las fortalezas y las debilidades del espacio mediático en nuestros países. La síntesis de ese sondeo aparecerá en el Informe Anual Tendencias que dirige el profesor Bernardo Díaz Nosty. El texto anterior recoge las respuestas que presenté a ese cuestionario).

Blogs: la democratización del ego

Texto publicado en Nexos, enero de 2007 

   Cada dos segundos es creado un nuevo blog. Al finalizar 2006 había más de 63 millones de esas bitácoras personales que registran asuntos de la más diversa y exuberante índole. Al menos la décima parte de la humanidad –algo más de 600 millones de personas– acostumbra consultar blogs, colocar comentarios en algunos de ellos e incluso elaborar los suyos propios. Se trata de un fenómeno social y comunicacional, y de esa manera cultural y político, que es imposible soslayar. En los blogs se desarrolla buena parte del debate actual –y se confirma la pobreza que lo define en muchos casos– acerca de los más variados asuntos.       Hay que acudir a Wikipedia, otra de las contradictorias maravillas de Internet, para conseguir una de las definiciones más precisas de esos espacios: “Un blog es un sitio en la Red cuyas entradas están hechas en estilo de diario y desplegadas en orden cronológico inverso”. De allí viene su nombre inicial: web-log, es decir bitácora en la Red.       No hay acuerdo acerca de cuándo exactamente aparecieron los weblogs pero fueron bautizados a fines de 1997, cuando comenzaba a extenderse la creación de sitios organizados a la manera de diarios abiertos. El surgimiento, más tarde, de programas de edición que facilitan la creación de blogs y la gratuidad de ese servicio contribuyeron definitivamente a su expansión ya avanzado el nuevo milenio. 

De 1 a 60 millones en 3 años     

   A comienzos de 2003 no había más de 100 mil blogs, pero eran más de un millón a fines de ese año. En la primavera de 2004 crecieron a 2 millones. Un año después eran 10 millones. A fines de 2005 había más de 22 millones de blogs. Y en el transcurso de 2006 surgieron otros 41 millones para llegar a los mencionados 63, siempre de acuerdo con los informes de Technorati.com.       Hay estimaciones más cautas. A fines de 2006 la empresa Blogpulse estimaba que no había más de 40 millones de blogs en todo el mundo. Sin embargo consideraba que cada día aparecían alrededor de 44 mil –es decir, más de 30 cada minuto–. Hay que precisar que muchos blogs dejan de ser nutridos con nuevas entradas y desaparecen pronto: cerca del 35% tienen una vigencia de solamente tres meses.       Cualquiera con acceso a una computadora, conexión a Internet y algunos minutos disponibles puede crear un blog. Y a casi nadie le hacen falta asuntos sobre los cuales considere que tiene algo que decir. El periodista de asuntos tecnológicos Dan Burstein considera que la propagación de blogs manifiesta la inherente necesidad de expresión de la gente: “Nuestro DNA cultural y biológico nos lleva a querer articular una idea o una vision y a ‘publicarla’  y, por lo tanto, a reclamar la propiedad y el crédito sobre ella”. No sabemos si el anhelo por la expresión pública está impreso en nuestro código genético pero en todo caso, siguiendo al mismo autor, pareciera cierto que cada vez más individuos en el mundo, quizá porque ahora tienen la posibilidad de hacerlo y antes no, quieren “interactuar, comentar, conversar, comunicarse, reaccionar, responder, elaborar, ironizar, informar, clarificar, discutir, criticar, y todo ello con otros miembros de nuestra tribu más allá de las fronteras de tiempo y espacio”.   

   Para todo eso sirven los blogs. Su carácter de diarios abiertos ha propiciado que la mayoría estén dedicados a relatar vicisitudes y cavilaciones personales de quienes los ponen en línea. Se necesita cierto desparpajo, pero sobre todo un intenso afán expresivo, para emplazar en esa colección infinita de ventanas abiertas que es Internet la narración de asuntos personalísimos (amistades, inquietudes, contrariedades, anhelos, sueños, etcétera) que dan a conocer millones de blogueros, sobre todo jóvenes, que pueblan la Red con sus diarios íntimos. El espacio público del que es parte Internet se colma de temas privados en virtud de ese desnudamiento emocional –y de repente también corporal– que practican los autores de tales diarios abiertos. La blogósfera, dice el venezolano Sebastián Delmont, “no es más que la democratización del ego”. 

Lugares para escribir y leer     

   Los blogs –con más intensidad que la que antes han tenido el correo electrónico y los chats– han permitido, y/o propiciado, una contemporánea reivindicación de la escritura. Dígase lo que se diga, los sesenta y tantos millones de autores de blogs lo hacen fundamentalmente por escrito. Y los consumidores de tales espacios, que son al menos 10 veces más, tienen que enterarse de sus contenidos practicando esa vieja y noble rutina, cuya desaparición algunos con apremio demasiado tremendista se han anticipado a dictaminar y que es, como rezaba aquel memorable texto de secundaria, el galano arte de leer.       No sabemos en qué medida, pero seguramente no es poca, muchos jóvenes de ahora ejercitan lectura y escritura gracias a sus travesías de blog en blog. Tal vez los que hay allí no son los contenidos más edificantes ni más necesarios y seguramente no es en ellos donde mejor se pueden aprender los rudimentos que permiten aprobar las asignaturas escolares. Quizá con frecuencia los blogs no enseñen nada excepto trivialidades que a sus autores les parecen dignas de ser compartidas. Pero las impresiones que tienen de la cultura y los espectáculos, de los asuntos públicos, las relaciones personales, los gustos y las emociones –de la vida, en fin–, millones de jóvenes las obtienen, comparten o confirman en el universo de los blogs. Estas bitácoras además convocan a la interactividad ya que, por lo general, los lectores pueden dejar sus comentarios al calce de cada entrada. Los blogs en ocasiones articulan variadas redes de relaciones personales.      Apuntalados en la escritura, los blogs sin embargo son crecientemente audiovisuales. Ahora que cada teléfono celular es además cámara de fotografías, la posibilidad de registrar imágenes ha convertido a muchos blogueros en reporteros de su propia actualidad. Algunos estudiosos de las nuevas formas para la propagación de información han creído, también con apresuramiento, que el auge de los blogs anticipa la desaparición del periodismo. En realidad hay motivos de sobra para que ese oficio, y especialmente la actividad del reportero que busca y propaga temas de interés público, se mantengan con la centralidad que han adquirido en la sociedad contemporánea. Pero los medios convencionales experimentarán el creciente contraste que significará la existencia de cada vez más sitios en Internet, especialmente organizados a la manera de blogs, en donde se evalúa y discute su desempeño.  

Idealización e ignorancia  

   A la abundancia de fotografías que acompañan o definen las “entradas” en los blogs se ha añadido la posibilidad de colocar videos o, mejor dicho, ligas a los reservorios más sobresalientes en donde se conservan y exponen materiales de esa índole como el importantísimo YouTube.com –cuyo efervescente éxito habrá que comentar con detenimiento–. Los blogs también han sido espacios abiertos a la propagación de archivos de audio. Hay quienes graban clips con la versión sonora de sus bitácoras personales para que los visitantes de sus blogs puedan bajarlas al IPod y escucharlas en cualquier lugar.  

   La imagen y el audio le han añadido a los blogs una mayor capacidad de registro y, así, de exhibición, chocarrería, sarcasmo, escrutinio, denuncia o testimonio, según sea el caso. Tales recursos, el crecimiento vertiginoso que han tenido especialmente en los dos años recientes y la ubicuidad de sus contenidos que pueden ser consultados pero además hallados con facilidad en los principales motores de búsqueda de la Red, hacen de los blogs territorios de publicación e intercambio tan versátiles como paradójicos. Frente a ellos, como ocurre con todo nuevo recurso tecnológico, suelen contraponerse las actitudes de quienes idealizan sus posibilidades (la blogósfera, dicen sus lugareños más devotos, está llamada a desplazar a otras formas de comunicación) con las de aquellos que, al no entenderlos, prefieren ignorar a los blogs.   

   Los blogs no reemplazan a los medios convencionales pero en ocasiones les imponen un contexto crítico que resulta insoslayable. En algunos de los episodios más conocidos en su aun breve historia varias de estas bitácoras abiertas han ocasionado auténticos cismas mediáticos y políticos como cuando, en 2004, las informaciones difundidas en un blog de talante conservador desmintieron las acusaciones que Dan Rather, conductor de noticias de la cadena CBS, había presentado contra el presidente George W. Bush acerca de la manera como había evadido cumplir con el servicio militar. En la guerra contra Irak tanto la BBC británica como la CNN ordenaron a sus periodistas que dejasen de escribir blogs desde el frente de batalla porque allí difundían informaciones y opiniones que contradecían los lineamientos de la censura militar. En esa misma guerra, las fotografías que permitieron documentar los abusos criminales del ejército estadounidense en la prisión de Abu Ghraib fueron inicialmente conocidas en blogs a donde algunos soldados enviaron tales imágenes para ufanarse de ellas. Más recientemente, después de las elecciones que se realizaron a comienzos de noviembre de 2006 el ex presidente George Bush, padre del actual mandatario estadounidense, atribuyó el resultado de esos comicios al clima de confrontación “que ahora probablemente es algo peor debido a los medios electrónicos y a los bloggers y a ese tipo de cosas”.   

   Ante episodios drásticos como los atentados de septiembre 11 de 2001, el Tsunami de diciembre de 2006 y, por otra parte, las elecciones estadounidenses y mexicanas, entre muchos otros momentos, han surgido millares de blogs que a veces son vehículo de servicio y, en ocasiones, simplemente instrumentos de catarsis de quienes presencian tales acontecimientos.  

Jóvenes, la mayoría     

   Esa oportunidad y profusión no significan, necesariamente, que tales blogs alcancen influencia política o cultural. Cuando se ocupan de temas políticos esas bitácoras, igual que otros sitios en la Red, suelen interesar fundamentalmente a quienes comparten las posiciones que allí se manifiestan o a aquellos que, teniendo opiniones distintas, no están dispuestos a modificarlas. Como instrumentos de propaganda política los blogs son más útiles para reforzar creencias y convicciones que como espacios de auténtico ntercambio.      Aun así, los blogs más visitados son aquellos que se ocupan de asuntos de actualidad –especialmente política y espectáculos– y se encuentran determinados por la agenda mediática estadounidense. El 24 de noviembre pasado, por ejemplo, los 10 nombres más mencionados en blogs, de acuerdo con BlogPulse.com eran los personajes de película Harry Potter y James Bond, el actor Daniel Craig, el presidente Bush, la cantante Britney Spears, el asesinado investigador ruso Alexander Litvinenko, el comediante Michael Richards, el cantante Michael Jackson, el cantante Justin Timberlake y el actor Brad Pitt.    Los blogs más visitados suelen ser obra de especialistas y/o de empresas mediáticas. Pero la mayoría de los blogs son propiedad de jóvenes. Una indagación realizada en 2005 en dos sitios que hospedan blogs –Spaces de la empresa Microsoft y Blogspot que es el más importante anfitrión de blogs– encontró que la edad promedio de los usuarios era de 22 años en el primero de ellos y de 29.2 años en el otro. La edad promedio de los usuarios mexicanos era de 20.6 y 25.1 años respectivamente.       ¿Qué buscan los jóvenes cuando hacen blogs? Estas son tres respuestas pescadas en la Red.   

   Sherry, de 22 años, que ahora vive en Puerto Rico y mantiene el blog “DollyHouse” considera: “Un blog es una page donde puedes escribir todo lo que quieras, exponer tus ideas y todo eso…y esperar respuesta y opiniones a cambio! Creo q es una buena forma de liberar el stress… así quien no tenga un blog… ¡haga uno!”.   

   Don Chucho, un joven zacatecano de 24 años, opina en el blog “Teletransportador”: “Un blog es el sacerdote en el confesionario, escribo para confesarme o simplemente para divagar (como muchas señoras lo hacen en la iglesia) y leo blogs para no sentirme el único y peor pecador de la tierra”.  

   MillyKash, visitante del blog “Theerror” explica: “para mi un blog es un espejo de nosotros mismos disponible a los ojos y boca del mundo entero”. 

Referencias

Matthew Hurst, “24 Hours in the Blogosphere”. BlogPulse.com, 2006.David Kline y Dan Burstein, blog!. CDS Books,
New York, 2005.
http://www.blogpulse.com http://www.technorati.com

Se transforma internet en una fantasía borgeana

Por Miryam Audiffred

Entrevista publicada en Excélsior el 6 de julio de 2006

Cuando estaba en la preparatoria, Raúl Trejo Delarbre leyó por primera vez El Aleph de Jorge Luis Borges. Entonces, no imaginó que años más tarde la lectura de esta obra del escritor argentino habría de ser el punto de partida para la elaboración de un estudio sobre la sociedad de la información. Tampoco pensó que las metáforas de Borges en torno a los espejos y el laberinto serían la base para la redacción de un libro: Viviendo en el Aleph, recientemente publicado por editorial Gedisa.

Ese lugar borgiano en el que están sin confundirse todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos, es el ciberespacio. Por lo menos lo es para este especialista de medios que aceptó el reto de analizar las paradojas e insuficiencias que enfrenta el desarrollo de la Sociedad de la Información.

Terminar con la desigualdad creciente en el acceso a las nuevas tecnologías es, en su opinión, el mayor reto. Sobre todo si se piensa que en el país sólo una quinta parte de los mexicanos puede acceder a las redes informáticas.

La situación es preocupante cuando se observan los datos globales, que indican que en África existen dos computadoras por cada 100 habitantes, mientras que en países europeos –como Alemania o Suecia– hay 56 y 76, respectivamente. En Estados Unidos, hay 74 ordenadores por cada cien habitantes y en América Latina la realidad varía de las dos computadoras que se registran para cada cien bolivianos a las 24 que hay para cada centenar de costarricenses.

En México, existen casi 11 computadoras para un centener de personas. Y esta situación, explica el también investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, responde a que el Estado jamás ha puesto en marcha estrategias de política pública encaminadas a conducir el crecimiento de Internet. De hecho, la inversión en tecnología apenas abarca 3.1 por ciento del Producto Nacional Bruto. Cifra que contrasta con 7.5 que se destina en Costa Rica y con nueve por ciento registrado en Colombia.

Además de una recopilación documental y estadística, Viviendo en el Aleph ofrece reflexiones sobre la presencia global y regional de las nuevas tecnologías y recupera los debates que a nivel internacional se están generando en torno al impacto que tiene en la existencia cotidiana el uso de estas herramientas.

También autor de La alfombra mágica –libro que publicó hace una década– Trejo Delarbre analiza los tipos de consumo de la red, las horas que los habitantes de cada país dedican a navegar en el ciberespacio y lanza al debate público su conclusión de que la Sociedad de la Información puede ser un fructífero Aleph del siglo XXI.

Pero también indica que se corre el riesgo de que exista tanta información sin orden ni utilidad que, en vez de recurso para el desarrollo, los bienes informáticos constituyan un terreno repleto de embaucamientos y escombros.

«A la sociedad de la información es preciso entenderla y así aprovecharla en sus aplicaciones más específicas, pero tomando de ella la distancia que nos permita avizorar tanto sus limitaciones como sus perspectivas. Sólo así podremos vivir en ella y no para ella».