Viviendo en El Aleph

Internet, cibercultura, sociedad de la información

¿Quién controla Internet?

Publicado por rtrejo on Abril 6, 2008

Publicado en el suplemento adncultura de La Nación, en Buenos Aires, el 29 de marzo

Internet es una Red de redes. Cuando enviamos un correo electrónico, incursionamos en un salón de chat o abrimos la página de un sitio web, nuestra computadora se conecta con el servidor que a su vez redirigirá nuestro mensaje o en donde se encuentra la información que buscamos. Ese servidor puede ser el de Google Mail si ese es el servicio de correo que tenemos, el de UOL en caso de que ese sea el servicio de chat que prefiramos o el del Museo del Louvre o el diario La Nación si de esos dominios son las páginas que deseamos recorrer en línea.

El carácter reticular hace de Internet un sistema de enlaces descentralizado. Al carecer de un eje único, la Red es flexible y resulta prácticamente imposible de controlar. Hay motores de búsqueda (Google, Yahoo, etc.) que pueden inventariar e incluso copiar gran parte de la información acumulada en los sitios web. Hay programas de espionaje como los que utilizan varias agencias gubernamentales en Estados Unidos que rastrean inmensas cantidades de mensajes electrónicos o monitorean las conversaciones en millares de salas de chat.

Cada paso que damos en la Red, deja huellas. Pero el rumbo de esos pasos, la intencionalidad de nuestros mensajes, los contenidos que deseamos mirar y dejar de ver, los decidimos nosotros mismos con plena libertad.

Así que cuando nos preguntamos quién controla Internet es pertinente recordar que su estructura en forma de malla permite que la recorramos sin más limitaciones que la velocidad de la conexión o del procesador de nuestra computadora.

Muchos gobiernos y consorcios privados han querido asumir el manejo de la Red. Hasta ahora existen organismos de coordinación técnica como la Corporación Internet para la Asignación de Nombres y Números (ICANN, por sus siglas en inglés) que establecen protocolos para que computadoras y contenidos puedan enlazarse entre sí. Pero el control de la Red lo tenemos sus usuarios. Al menos, todavía.

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Los mexicanos y la cultura en línea

Publicado por rtrejo on Marzo 20, 2008

Resumen del texto entregado al Segundo Coloquio Oaxaca. Cultura mexicana: revisión y prospectiva. Septiembre de 2007. Publicado en Nexos, febrero de 2008.

 
No hay espacio más abierto a la cultura que la colección hasta ahora prácticamente infinita de sitios, territorios, bitácoras y recursos audiovisuales que, entre muchos otros contenidos, ofrece Internet. Nunca antes la humanidad había dispuesto de una diversidad tan extendida, y sobre todo despejada de taxativas y restricciones, como la que hay en la Red de redes. Y nunca hasta ahora, en parte debido a esa abundancia de recursos informáticos, habíamos estado tan cerca de saturarnos, abrumarnos e incluso intoxicarnos con una avalancha de contenidos tan apabullante como la que existe en Internet y en otras de las afluentes de la sociedad de la información. Abierta y ancha, la ilimitada colección de avenidas informáticas que es Internet se encuentra, sin embargo, vedada para quienes no tienen el privilegio de contar con equipamiento y conexiones suficientes.

  

El rezago digital

   A fines de 2007, 20% de los habitantes de América Latina tenía acceso a la Red. En México, si hemos de atender a los optimistas datos oficiales, en ese año habría cerca de 23 millones de usuarios [1], que constituían algo menos del 22% de los cerca de 106 millones de habitantes en el país. Es una cifra alta si tomamos en cuenta que, de acuerdo con las mismas fuentes, en el transcurso de 7 años los usuarios de la Red casi se quintuplicaron, para pasar de algo más de 5 millones en 2000 a los ya mencionados 23 millones. Pero siguen siendo pocos si reconocemos que casi 8 de cada 10 mexicanos carecen de ese servicio.

   Si las conexiones y la instalación de equipo aumentaran durante los siguientes años al mismo ritmo que lo hicieron en lo que va del siglo 21, antes de una década tendríamos una cobertura casi total de Internet en este país. Sin embargo tanto la experiencia internacional como el reconocimiento de la capacidad actual de la infraestructura mexicana y el simple sentido común permiten recordar que, después de haber llegado a un límite de eficacia, esos recursos crecen de manera más lenta. Sin embargo el gobierno federal dice que, para 2012, 70 millones de mexicanos serán usuarios regulares de Internet [2]. De ser así México se convertiría quizá en la nación con más intenso crecimiento en la cobertura de ese servicio en tan solo un lustro. Entonces podríamos hablar, con certeza, de un país plenamente incorporado a la sociedad de la información.

   Lamentablemente no hay sustento suficiente para compartir esa esperanza de las autoridades mexicanas en materia de telecomunicaciones. En América Latina, el país con mayor cobertura de Internet es Chile (43% a fines de 2007) seguido de cerca por Argentina y Uruguay (34%) [3]. En todo el mundo, por lo general, el desarrollo de la Red ha sido posible gracias a la existencia de políticas nacionales (y a veces, como en Europa, además regionales) que han incluido programas de gobierno para promover infraestructura en áreas que para las empresas privadas no son tan rentables como las grandes ciudades. Han existido regulaciones de los precios, así como de la competencia en las telecomunicaciones. Y en la mayoría de los casos se ha impedido que una sola entidad privada controle o acapare la oferta de servicios en ese campo.

   Nada de eso ha ocurrido en México. La postura gubernamental en el terreno de las telecomunicaciones ha sido la ausencia de política, con la esperanza de que la inversión privada subsanaría la ausencia de inversiones y regulaciones suficientes por parte del Estado. Los mexicanos que en 2007 tenían acceso a Internet en sus domicilios alcanzaron ese privilegio a costa de pagar una de las tarifas más altas que existen para dicho servicio en todo el mundo. En la primavera de ese año, el costo mensual de un megabite por segundo era de 27 centavos de dólar en Japón, 1.64 dólares en Francia, 3.33 dólares en Estados Unidos, 6.50 en Canadá, y 12.50 en España. Por ese mismo servicio, los mexicanos pagábamos 60.01 dólares [4].

 

e-México, desigual e insuficiente

   Nos referimos esencialmente a la Red de redes porque constituye, como hemos señalado en otro sitio, la columna vertebral de la sociedad de la información [5]. Por ella pasan los archivos de audio y/o video que, una vez descargados, pueden ser transportados y utilizados en dispositivos portátiles como el Ipod, lo mismo que las películas que cada vez resulta más frecuente bajar de Internet para mirarlas en la pantalla casera.

   En México solamente hasta la administración del presidente Vicente Fox, y con grandes limitaciones, existió un programa específico para el desarrollo de Internet. El proyecto e-México consistió fundamentalmente en la concentración de los recursos informáticos del gobierno federal, tanto en línea como en la infraestructura computacional que podía estar a disposición de los ciudadanos. El primero de esos aspectos significó la creación de una identidad común y la organización de ligas a docenas de sitios gubernamentales a partir de un portal centralizador ubicado en www.e-mexico.gob.mx. La segunda tarea fue la instalación de 7200 centros comunitarios digitales en todo el país.

   Los CCDs, habilitados con computadoras y conexiones a Internet, pudieron haber sido un poderoso eje para el desarrollo de una extendida cultura digital entre los ciudadanos. Sin embargo muchos de ellos carecían de instalaciones y equipamiento eficientes y, sobre todo, su creación no estuvo acompañada de proyectos de capacitación tanto para el personal que los atendería como para sus posibles usuarios. En la gran mayoría falta mantenimiento técnico y no hay proyectos para actualizar las computadoras allí instaladas. Se ha estimado que, hacia el final de ese sexenio, una quinta parte de tales Centros habían estado fuera de servicio [6]. El investigador Scott S. Robinson ha considerado que los centros digitales y los sitios en Internet del programa e-México tuvieron más desventajas que aportaciones, entre otras causas debido a que pocos gobiernos municipales se interesaron en aprovecharlos para difundir información útil a sus ciudadanos y ese proyecto dependió del software del consorcio Microsoft, cuando pudo haber utilizado programas de código gratuito o libre.

 

Espacio para irradiar y hacer cultura

   Los productos culturales que se encuentran definidos fundamental o exclusivamente por el afán mercantil abarrotan las redes informáticas de la misma manera que han colmado, antes, las programaciones de los medios de comunicación tradicionales. En la Red, los criterios que determinan la popularidad de un producto cultural son tan flexibles como el interés que pueda suscitar entre audiencias cada vez más heterogéneas y que por lo general tienen parámetros de calidad complacientes. Internet es plataforma de difusión pero, al mismo tiempo, espacio de creación, experimentación y confrontación de propuestas culturales. En sus imbricaciones con la cultura Internet tiene, entre otros, los siguientes rasgos [7].

   1. Internet reproduce contenidos culturales y de otra índole de los medios convencionales (televisión, prensa, radio). La prensa mexicana en línea se ha extendido con tanto éxito en la Red que varios de los sitios más consultados y originados en este país (especialmente www.eluniversal.com.mx  y www.jornada.unam.mx) son mantenidos por algunos diarios de la ciudad de México. Por lo general se trata de la simple reproducción de contenidos que esos medios difunden por cauces tradicionales. En 2005 la profesora Lizy Navarro Zamora compiló un inventario que da cuenta de la existencia de por lo menos 300 medios mexicanos en línea [8].

   2. Internet es en sí misma medio de comunicación, con posibilidades de interactividad, acceso y especialización que no tienen los medios tradicionales. Sin embargo el periodismo que se hace en la Red –y esta apreciación podría ampliarse a muchas otras formas de creación y/o difusión cultural– no suele aprovechar esas opciones. Sus mensajes siguen siendo, en lo fundamental, unilaterales y sin facilidades para que lectores, radioescuchas o televidentes de tales contenidos se conviertan, a su vez, en productores de sus propias comunicaciones. En otros países –el ejemplo de Gran Bretaña en este campo es tan pionero como en la radiodifusión abierta– los medios de carácter público ofrecen espacios en línea para que sus audiencias discutan e, incluso, coloquen sus propios textos, audios y videos. En México ha sido de la televisión comercial de donde han surgido iniciativas de modesta pero vistosa interacción. En 2007 el periodista Carlos Loret de Mola, conductor del noticiero matutino en el canal 2 de Televisa, abrió un espacio para la presentación de videos y fotografías enviados por los televidentes [9].

   3. En Internet se desarrollan o amplían formas de expresión e intercambio de productos culturales que aprovechan la versatilidad de formatos, así como la intemporalidad y la ausencia de barreras geográficas que tiene la Red. El talante colaborativo que suele haber en Internet permite que sus usuarios hagan consultas, pidan ayuda y se ofrezcan respaldo en asuntos de toda índole, entre ellos cuando requieren apoyo en tareas culturales. Un aficionado a la guitarra, por ejemplo, puede solicitar información acerca de una partitura y si lo hace en un espacio adecuado para ese tema es altamente posible que la obtenga en poco tiempo [10].

   4. Internet puede llegar a localidades remotas o a comunidades que experimentan alguna forma de marginación y en donde no se difunden otros medios. Aunque requiere de infraestructura que no todos tienen, la Red es una opción de comunicación e intercambio cultural en sitios lejanos de las zonas urbanas gracias a redes satelitales e inalámbricas que cada vez tienen mayor capacidad para conducir contenidos digitales. En septiembre de 2007, el Congreso Nacional de Comunicación Indígena que se reunió en la ciudad de México reconoció en una de sus resoluciones: “los comunicadores indígenas entendemos el proceso de comunicación en su sentido más amplio, con todas las formas posibles, desde las tradicionales de cada uno de nuestros pueblos, así como la prensa, la radio, la televisión, la Internet, cine y video” [11].

   5. Internet permite abrir espacios para la reflexión y la evaluación crítica de todas las formas de expresión cultural. Los aficionados y creadores en las más diversas manifestaciones culturales –cine, literatura y artes plásticas y desde luego televisión o radio– tienen numerosas opciones para discutir, contrastar y difundir opiniones. Los espacios para deliberar acerca de estos temas en los principales sitios de chats y/o de foros en línea son de los más frecuentados.

   6. Internet es el repositorio más amplio que existe para conservar, propagar, reproducir y compartir productos culturales. En el otoño de 2007 había aproximadamente 128 millones de sitios en la World Wide Web [12]. Cada sitio tiene una o muchas más páginas. Si indagamos en el buscador Google cuántas referencias tiene inventariadas con la palabra cultura, encontraremos que había, según ese recurso digital, 65 200 000 páginas en las que apareció ese término [13]. Cuando buscamos los términos “cultura” y “México”, los resultados se acotaron a 1 460 000. Eso no significa que haya tal número de páginas con contenidos de calidad. Pero esa cifra indica alusiones, conversaciones, construcciones, apropiaciones y circulación de contenidos relacionados con las más diversas concepciones del quehacer cultural.

   7. Internet propicia, imbricada con dispositivos de registro de contenidos digitales, nuevas formas de expresión multimedia. La versatilidad de los lenguajes digitales permite desarrollar formas de expresión creativas, en todos los campos del arte, que no serían posibles en los formatos convencionales. Hay tantos artistas mexicanos que han incursionado en el diseño, las artes gráficas y la fotografía digitales que resultaría muy extenso un inventario de su presencia en Internet. Valga señalar que la amplia diversidad de galerías digitales ya disponibles en línea y sobre todo el hecho de que cada creador puede montar sus propias exposiciones tan solo con armar un blog, permiten una difusión que nunca antes tuvieron las creaciones de carácter plástico. En otros terrenos, también ha sido posible desarrollar experiencias de literatura colectiva, entre ellas varias novelas.

   8. Internet facilita la apropiación de productos de carácter multimedia y nuevas formas de consumo. Los Ipods y otros artefactos para la reproducción portátil de archivos en formatos como el mp3 se han convertido en una de las más contemporáneas y versátiles formas de apropiación cultural. Esa utilización de productos culturales implica desafíos inéditos al concepto y las consecuencias del concepto de derecho de autor. Los dispositivos portátiles, además, se están convirtiendo en destinatarios de creaciones audiovisuales específicamente producidas para ser difundidas en ellos a través de archivos en formato podcast.

   9. Internet permite difundir, más allá de los cauces tradicionales, la actividad de artistas y creadores. El carácter abierto de la Red permite la propagación de contenidos de toda índole con la misma posibilidad de llegar a internautas en las más variadas latitudes. Por ejemplo el sitio MySpace, originalmente creado para colocar bitácoras personales de jóvenes estudiantes, ha sido aprovechado por músicos de todo el mundo con tanto éxito que su presencia allí ha sido motivo de interés periodístico: “El fenómeno de MySpace ha resultado benéfico para muchos músicos mexicanos, no sólo a los que viven en el país, sino a quienes han emigrado a distintas partes del mundo. Bandas como Bengala, Los Dinamyte y los tapatíos Porter han creado una fiel legión de seguidores en el ciberespacio. Son muy pocos los grupos que no utilizan esta herramienta, popularizada debido a la falta de espacios en compañías discográficas. MySpace ha servido no sólo para dar a conocer artistas, sino para mantener la carrera de algunos que por distintas razones se encuentran inactivos, como el caso de Sussie 4, que debido a un pleito legal con su primera disquera se mantuvo sin presencia discográfica más de dos años, pero en este sitio se colocó material para mantener el interés de todos sus fieles seguidores” [14].

 

83 millones sin blogs ni chat

   De los aproximadamente 23 millones de internautas mexicanos que de acuerdo con las estimaciones ya mencionadas habría en 2007, se calculaba que 15 millones han subido fotos o video a Internet. 6 millones de esos 23 millones han colocado o visto videos en YouTube. 13 millones dicen tener una página personal. 8 millones aseguran que el sitio de páginas personales que visitan con más frecuencia en MySpace. 18 millones han leído blogs [15]. No sabemos con certeza qué contenidos son los que consumen en esos videos, sitios y bitácoras. Pero podemos suponer que esos internautas son fundamentalmente espectadores de los audiovisuales y textos que otros han colocado, más que autores de sus propias opiniones, reflexiones y creaciones.

   Independientemente de lo que hagan o de lo que dejen de contribuir, consumir o crear en línea, esos hipotéticos 23 millones que incursionan en la Red constituyen una presencia importante pero insuficiente. Junto a ellos hay al menos 83 millones de mexicanos que no navegan, chatean, bloguean ni se asoman a YouTube porque no tienen facilidades técnicas ni materiales para ello. Los escritores, músicos, fotógrafos, videoastas y, en general los ciudadanos del mundo mexicano de la cultura que han quebrado inercias para aventurarse en los senderos del ciberespacio, se encuentran entre los pioneros que exploran y conquistan territorios en donde podría haber más y quizá mejores expresiones del quehacer artístico y el pensamiento en este país. Resulta imprescindible, para garantizar la creatividad que ahora despliegan y la que seguramente podrán extender y ejercer con más asiduidad, que se mantengan las libertades que han sido piedra de toque en el desarrollo inicial de Internet. También es necesario reconocer que, entendidos en su acepción más amplia, los derechos sociales de los ciudadanos –y, así, la construcción de una plena ciudadanía– requieren del cumplimiento del derecho a la comunicación del cual forma parte el acceso con calidad, libertad y seguridad a la Red de redes informáticas.

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[1] Primer Informe de Gobierno del presidente Felipe Calderón Hinojosa. “Servicios de radiocomunicación y usuarios de Internet” en “Estadísticas nacionales”. Septiembre de 2007. Disponible en:

http://www.informe.gob.mx/ESTADISTICAS_NACIONALES/?contenido=288

La información de esta fuente estimaba que en 2007 habría 22 813 000 usuarios de Internet.

[2] México, líder mundial en centros comunitarios digitales: Del Villar”. Comunicado de prensa no. 122 de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, 21 de septiembre de 2007. Ese documento recoge declaraciones del subsecretario de Comunicaciones, Rafael del Villar Alrich.

[3] http://www.internetworldstats.com Consultas realizadas en septiembre de 2007.

[4] Datos recopilados por Daniel K. Correa “Assessing Broadband in America: OECD and ITIF Broadband Rankings”. The Information Technology and Innovation Foundation, April 2007. Disponible en:

http://www.itif.org/files/BroadbandRankings.pdf Estos datos incorporan la reducción de precios que Telmex, en México, estableció en su servicio de Internet durante el primer semestre de 2007. Antes de dicho ajuste la conexión de banda ancha que vende esa empresa costaba casi el doble.

 

[5] Raúl Trejo Delarbre , Viviendo en El Aleph. La sociedad de la información y sus laberintos. Gedisa, Barcelona, 2006.

[6] Scott S. Robinson, “Después de e-México: una propuesta”. En Scott Robinson, Héctor Tejera y Laura Valladares, coordinadores, Política, etnicidad e inclusión digital en los albores del milenio. Miguel Ángel Porrúa y UAM Iztapalapa, México, 2007, p. 367.

[7] En este inventario seguimos, adaptándola para la circunstancia mexicana, la descripción de rasgos culturales de Internet que hicimos en el ensayo “Internet en el espacio público Iberoamericano. Redes digitales en la cultura y la comunicación iberoamericanas. Apuntes para una agenda de cooperación” que forma parte del libro, coordinado por Enrique Bustamante,  La cooperación cultura – comunicación en Iberoamérica (título provisional) que será editado por Gedisa.

 

 

[8] Lizy Navarro Zamora, Comunicación mexicana en Internet. Guía de medios en línea. Fundación Manuel Buendía y Universidad Autónoma de San Luis Potosí. México, 2005, p. 52.

[10] El sitio artelinkado.com, creado por guitarristas de España y México, ofrece espacios para discutir temas relacionados con ese instrumento y su música y permite intercambiar partituras y recomendaciones entre sus aficionados: http://www.guitarra.artelinkado.com

 

[11] Declaración del Congreso Nacional de Comunicación Indígena. Reproducida en el sitio web de Radio Jenpoj, radio comunitaria mixe, cuyas transmisiones en Tlahuitoltepec, Oaxaca, son amplificadas a través de Internet: http://www.radiojenpoj.org/

[12] Netcraft, “August 2007 Web Server Survey”. http://news.netcraft.com

[13] Búsquedas en Google.com realizadas en septiembre de 2007.

[14] Franco Daniel Gómez. “Myspace oportunidad en internet”. El Universal, México, 27 de noviembre de 2006

[15] Asociación Mexicana de Internet, AMIPCI, cit.

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Investigar en la sociedad de la información

Publicado por rtrejo on Enero 31, 2008

Participación en Investigar la Comunicación, Congreso Fundacional de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación.

Santiago de Compostela, 31 de enero de 2008.

   La sociedad de la información es el contexto indispensable en el examen de las nuevas tecnologías de la comunicación pero, al mismo tiempo, es objeto de estudio en sí misma. Igual que en otros casos en las ciencias sociales, los investigadores de estos temas tenemos la oportunidad, pero también el desafío, de analizar el entorno que las determina lo mismo que las innovaciones comunicacionales y sus efectos específicos, los cuales son posibles gracias a la imbricación de los contenidos digitalizados con las telecomunicaciones.

   El entorno constituido por la sociedad de la información ha propiciado reflexiones fundamentales, y a veces fundacionales, que toman en cuenta elementos como la globalización económica y cultural, la propagación instantánea y abrumadora de abundantes contenidos, la irradiación de datos y experiencias consustancial a Internet y las dificultades que se mantienen en amplias zonas del mundo para conectarse regularmente a ella.

   A la sociedad de la información se le ha idealizado lo mismo que denostado. El debate acerca de los intereses y consecuencias que hay detrás y por efecto de ella ha sido tan crispado como, a menudo, esquemático. Los enfoques integrado y apocalíptico, ampliamente conocidos cuan frecuentemente esgrimidos en estas discusiones, han vitoreado de manera prematura, lo mismo que descalificado irreflexivamente, la existencia misma de la sociedad de la información. Cuando nos hemos limitado a ensalzarla, o a estigmatizarla, hemos incurrido en alguno de los más frecuentes síndromes que conducen a perspectivas parciales e insuficientes en las ciencias sociales. Mirar únicamente a la sociedad de la información como asunto general equivale a prestar atención sólo al bosque, desdeñando la complejidad, las ramificaciones e incluso los senderos contradictorios constituidos por los muchos árboles que la pueblan. De la misma manera, ocuparnos únicamente de uno o varios de esos árboles sin tomar en cuenta el bosque en donde surgen, se expanden, encuentran sentido y se convierten en fenómenos sociales y culturales, implica renunciar a reconocer el contexto que los hace posible.

   Para dejarnos de metáforas botánicas, vale decir que entender a la sociedad de la información de hoy en día requiere comprender en su contexto y estar al tanto de temas como las viejas y las nuevas opciones de producción audiovisual, los mecanismos de propagación digital que modifican el sentido original de la radio e incluso de la prensa, la expansión de Internet y las formas de apropiación que la gente ejerce respecto de ella, el surgimiento o la extensión de códigos culturales que se pregonan en el chat o en los blogs y que son parte del sustento de nuevas formas de socialización, el intenso y hasta hace poco impredecible desarrollo de la telefonía móvil y las maneras como está modulando y afectando a la interacción entre los individuos, la asimilación de las industrias de la información digital a extensos pero concentrados grupos comunicacionales… Hablar de la sociedad de la información puede convertirse en un enorme y reiterado cliché si no dotamos de contenido a esas reflexiones.

 

Diez rasgos en la investigación

 

   1. Un primer problema con el que tropezamos cuando queremos hacer diagnósticos lo mismo panorámicos que segmentados de la sociedad de la información, es la rapidez con que cambian algunas de sus principales manifestaciones. La velocidad misma, tanto para la transmisión de mensajes como en la irradiación de los nuevos dispositivos tecnológicos, es uno de los rasgos de la sociedad de la información. Ese atributo se convierte en dificultad cuando tratamos de registrar las mutaciones del nuevo entorno tecnológico y social.

   2. Con frecuencia, en segundo lugar, más que análisis de estas nuevas tecnologías hacemos apenas la crónica de su desarrollo, obligándonos siempre a fragmentar su circunstancia y efectos para poder ocuparnos de ella. Somos o queremos ser –o tenemos que ser– a la vez investigadores y protagonistas de ese desarrollo. Cuando estudiamos los usos de la Red de redes, los efectos del teléfono móvil o las implicaciones de los dispositivos de reproducción audiovisual con formatos mp3, nuestra experiencia personal se sobrepone inevitablemente al examen de esas nuevas tecnologías.

   3. Un tercer desafío se encuentra en la costumbre de abandonarnos a la seducción que siempre impone la reflexión conceptual o circunscribirnos a reproducir la gracia del dato duro. La tirantez entre especulación metodológica e información empírica, se presenta con frecuencia en las ciencias sociales y especialmente en el estudio de los medios. A veces nos asombramos tanto con el descubrimiento personal de nuevas utilerías tecnológicas y sus apropiaciones sociales que, a cada innovación, creemos que nos encontramos ante cambios drásticos o definitorios de nuevos efectos o conductas. Entre quienes observamos estos temas es frecuente la costumbre de querer encontrar, a cada momento, transformaciones substanciales o parteaguas históricos. En el otro extremo, tenemos a nuestra disposición tantos y a veces tan contradictorios datos acerca de estas nuevas tecnologías que a veces, abrumados en ellos, nos limitamos a glosar cifras y a remachar en ellas sin ceñirlas a un contexto analítico y crítico.

   4. En cuarto lugar, y esta no debiera ser queja sino fuente de exigencias, tenemos una producción intelectual tan constante y abundante acerca de temas como los mencionados que resulta prácticamente imposible estar al tanto de toda ella. En todo el mundo los estudiosos de la comunicación, pero también cada vez más los profesionales de otras disciplinas, se interesan por la sociedad de la información y los asuntos correlativos a ella aunque no siempre los reconozcan con las mismas denominaciones. Y tan sólo en el campo de quienes nos asumimos como estudiosos de la comunicación, hay una bibliografía y una proliferación de otros productos académicos tan variada (tesis, papers, artículos en revistas, ensayos en libros colectivos y ahora documentos en sitios web) que, por lo general, apenas si acertamos a estar al tanto de lo que se hace en unas cuantos países o solamente en algunas universidades.

   5. Esa abundancia de textos académicos, en quinto lugar, no significa que, por lo general, existan corrientes analíticas claramente diferenciadas ni que en todos los casos atiendan a metodologías únicas. Sería exagerado considerar que tenemos marcos teóricos del todo precisos para el estudio de la sociedad de la información. La novedad de estas indagaciones, lo mismo que las mutaciones que experimentan los nuevos medios y sus efectos, dificultan la adaptación al examen de la sociedad de la información de enfoques como los que se originan en el funcionalismo, la economía política, el análisis del discurso o los estudios culturales, entre algunas vertientes de la reflexión que ha prosperado en otras áreas de la comunicación. Sin duda hay tendencias y preferencias a las que de manera franca o implícitamente se adscribe cada investigador. Pero este campo es tan reciente que, a excepción de enfoques polares como los que antes comentábamos, aun están por conformarse escuelas de pensamiento expresamente diferenciadas en la búsqueda de explicaciones y para la comprensión prospectiva de los nuevos medios y sus variadas implicaciones.

   6. El estudio de la sociedad de la información, en sexto término pero esta es una de sus exigencias primordiales, tiene que ser multidisciplinario e incluso, como cada vez resulta más posible, transdisciplinario. Quienes hace algunos años nos acercamos al estudio de la comunicación desde la sociología, la antropología, o la filosofía, por mencionar solo algunas de las formaciones disciplinarias de quienes estamos involucrados en estas tareas, con frecuencia tenemos que ampliar el diafragma de nuestras lentes analíticas para tomar en cuenta elementos de la economía, la historia, el derecho, o incluso de especialidades como las ingenierías y la cibernética. Hemos tenido que confirmar, en ese desarrollo, la maleabilidad de la comunicación como disciplina y posiblemente, incluso, la necesidad de que se mantenga su indefinición como espacio de convergencia entre vertientes antaño disímiles de las ciencias sociales y las tecnologías.

   7. El estudio de los medios que concurren y se expanden en la sociedad de la información implica la fascinación de lo novedoso. Al observarlos, dicho sea en séptimo lugar, con frecuencia nos sentimos pioneros porque hay mucho de exploración inédita y de identificación de nuevas expresiones sociales y culturales en el atisbo de estos medios. Sin embargo tenemos que mantenernos alertas para distinguir lo auténticamente inédito de tendencias e inercias ya conocidas en el estudio de la comunicación. Estamos ante medios cuya originalidad tecnológica no siempre significa prácticas comunicacionales realmente nuevas.

   8. Pero indudablemente hay tendencias originales que podrían trocarse en nuevos usos sociales y culturales cuando por ejemplo, a pesar del entrañable aprecio que muchos de nosotros tenemos por la tinta y el papel, cada vez hay más documentos, incluso libros, que circulan exclusivamente de manera electrónica y que jamás serán impresos ni leídos de manera convencional. Algo está ocurriendo cuando en Japón algunas de las novelas de mayor difusión en los meses recientes fueron escritas para ser leídas en el teléfono móvil y han sido “descargadas”, en algunos casos, por más de 20 millones de personas. ¿Qué complejidad dramática, cuál lenguaje y con qué sintaxis pueden tener esas novelas que se leen en el móvil y se conservan en el disco duro de las computadoras? Algo cambia, también, cuando para centenares de millones de personas en todo el mundo las redes sociales de las que forman parte en Internet complementan de manera insustituible a las formas de relación presenciales y cara a cara de las que ya disponían antes de MySpace o de la concurrencia a salones de chat.

   9. A quienes nos interesamos en el estudio de la sociedad de la información nos corresponde no solo inventariar sino, además, tratar de entender el alcance de esas transformaciones. Estamos no sólo ante una multiplicación inédita y formidable de las opciones de consumo cultural sino ante formas distintas de apropiación de los productos de esa índole. Ahora, por ejemplo, los aficionados a un determinado tipo de música pueden elegir una sola melodía y no necesariamente todas las que están incluidas en un disco, de la misma manera que los interesados en un libro pueden seleccionar un capítulo en línea y no necesariamente todo el volumen. Esas nuevas formas de apropiación implican mayor libertad en el consumo pero también la segmentación e incluso la atomización, en la práctica, de las obras culturales. Es preciso entender esos fenómenos sociales y culturales en sus variadas dimensiones. Así, en un tema adyacente al que hemos mencionado, por lo general, existe más preocupación por los derechos de autor (a los que se confunde con las ganancias de las empresas) que por los derechos de las audiencias.

   10. En el estudio de los nuevos medios y de la sociedad de la información tenemos, en décimo lugar, la necesidad de trascender los lugares comunes que frecuentemente les hemos impuesto. Hemos creído, sin indagar lo suficiente, que Internet tuvo un origen puramente militar, que con la Red estamos ante un advenimiento fatal y promisorio de la interacción entre emisores y receptores, que estos recursos modifican radicalmente los quehaceres político, cultural y periodístico, o que resultan inevitablemente democratizadores. Sin embargo, en los mencionados ejemplos, el nacimiento de la Red de redes no estuvo tan supeditado a intereses del Pentágono como a menudo se dijo, la interacción que hace posible ha sido aprovechada por unos cuantos de sus usuarios mientras la gran mayoría sigue limitándose a un consumo pasivo de contenidos, el periodismo sigue y muy probablemente seguirá siendo realizado por profesionales de ese oficio que se nutrirán de abundantes fuentes de toda índole –entre ellas blogs y otros recursos en línea–, y por lo pronto Internet ha servido como espacio de información y discusión aunque, en lo fundamental, la conformación de la cultura cívica en nuestras sociedades sigue dependiendo de los ámbitos de socialización y medios de comunicación convencionales. En el otro extremo, hay quienes se limitan a mirar exclusivamente los efectos alienantes de espacios como los blogs y dispositivos como los Ipod, o la capacidad de Internet para propagar contenidos basura, delitos y pornografía. En esa tendencia a frasear y luego reiterar lugares comunes influye mucho la ya señalada tentación maniquea, que con frecuencia se reduce al enfoque tremendista o al de índole complaciente. Pero la práctica de simplificar el análisis de estos asuntos también se debe al apresuramiento con que a menudo (sujetos como solemos estar a exigencias, agendas y sistemas de evaluación académica un tanto compulsivos) debemos resolver nuestras tareas de investigación.

 

   Empeñarnos por aprender de la Sociedad de la Información para aprehender cabalmente sus significados sociales y culturales, tomar distancia respecto de manifestaciones triviales o anecdóticas sin perder la dimensión real de sus implicaciones, reconocernos en esa Sociedad de la Información sin olvidar que cuatro quintas partes de la humanidad siguen al margen de estos beneficios digitales y mediáticos, acaso nos permita contribuir para que además de datos este entorno tecnológico y cultural propague reflexiones. Todos estaremos de acuerdo en que es preciso lograr que la sociedad de la información lo sea también del conocimiento. Desde la investigación de estos temas, tenemos la oportunidad de favorecer la reflexión por encima de la negación o la estupefacción ante ellos. Podemos en suma, desde la investigación de los medios, coadyuvar a construir una sociedad de la argumentación y la deliberación.

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Ciberperiodismo. Nuevo periodismo, viejos dilemas

Publicado por rtrejo on Enero 10, 2008

Publicado en Topodrilo, revista de la UAM Iztapalapa. Nueva época, número 2, noviembre - diciembre 2007.

El periodismo –más allá de la plataforma tecnológica en la que se apoye– es invariablemente búsqueda, revelación, novedad. La tarea esencial de los periodistas es identificar la noticia, recogerla y comunicarla. De allí que uno de los atributos medulares del periodista sea la vocación por lo noticioso. Noticia periodística es aquella que antes no se conocía y tiene suficiente interés para ser difundida de manera pública. Pero en la actualidad nos encontramos ante un escenario público repleto de noticias de las más variadas temáticas. Distinguir entre unas y otras, jerarquizarlas de acuerdo con su significación para la sociedad y difundirlas, es tarea de los periodistas. Una gran cantidad de esas informaciones aparece, se propaga y permanece en el espacio cibernético de la red de redes de computadora. La digitalización de la información y su expansión a través de Internet, impone nuevas condiciones pero mantiene muchos de los viejos dilemas del periodismo.

Hoy disponemos de una apabullante abundancia de informaciones en la que, con frecuencia, encontramos más motivos de confusión que de orientación. Centenares de canales de televisión y radio y millares de sitios web con información periodística, o que pretende serlo, no necesariamente son mejor opción a los mecanismos tradicionales que han nutrido de noticias a nuestras sociedades. Estar sumergidos en la sociedad de la información constituye un privilegio y un desafío, aunque también puede ser una manera de ahogarnos en el mar de datos y mensajes que nos circunda y se ensancha constantemente.

Los nuevos soportes tecnológicos propagan como nunca antes los mensajes mediáticos y periodísticos, pero el alcance social y las responsabilidades públicas del periodismo siguen siendo los mismos. En línea o fuera de ella, la prensa –dominada hoy por corporaciones mediáticas aunque también con zonas de diversidad y contraste cada vez más acreditadas– sigue teniendo aquel “poder espiritual” que hace tres cuartos de siglo le reconocía, no sin preocupación, José Ortega y Gasset. Desplazado el ascendiente de la iglesia y en retirada el poder ideológico del Estado, en la sociedad no había otra influencia que la de la prensa: “hoy no existe en la vida pública más ‘poder espiritual’ que la prensa. La vida pública se ha entregado a la única fuerza espiritual que por oficio se ocupa de la actualidad: la prensa”, recalcaba ese autor [2].

Así que desplegado en tinta y papel, acotado a los formatos de la radiodifusión o deambulando por las redes digitales, las repercusiones del periodismo obligan a pensar en él como bastante más que una actividad técnica y al periodista, como mucho más que un mero intermediario entre el acontecimiento y sus públicos. El periodismo cibernético tiene formatos, posibilidades y características no solo distintivas respecto del que se ejerce en otras modalidades sino que, incluso, le confieren una versatilidad que no alcanzan las plataformas convencionales. Pero es pertinente que no olvidemos que impreso en rotativas, propagado en ondas hertzianas o plasmado en páginas de la red de redes, el periodismo no deja de ser, como ha dicho Gabriel García Márquez, esa “pasión insaciable que sólo puede digerirse y humanizarse por su confrontación descarnada con la realidad” [3].

Y es que para los internautas, el ciberperiodismo constituye una posibilidad de información y esparcimiento en ese océano de contenidos y provocaciones que es la red de redes. Para las empresas mediáticas se trata de un desafío –a menudo sobredimensionado y las más de las veces mal entendido– en el desarrollo de sus negocios. Para los medios convencionales el ciberperiodismo es fuente de dudas, competencia y retos. Para los periodistas, se trata de una oportunidad… de seguir siendo, ni más ni menos, periodistas.

Novedad, opción y coartada

Junto con Internet misma, el periodismo cibernético ha crecido de manera exuberante y pocas veces a partir de un esquema previamente establecido. La información en tiempo real circula con tanta prodigalidad que para muchos de sus usuarios el problema no es encontrar noticias sino discriminar entre la formidable oferta de contenidos que hay en Internet. Millares de diarios y revistas entienden a sus sitios web como espejos, herederos y a la vez pregones de sus ediciones impresas. La imbricación de la prensa en línea con otras formas de comunicación de masas está volviéndose habitual y, sin trastornarlo sustancialmente, comienza a modificar el panorama de los medios masivos.

Interactividad y formato hipertextual, se han convertido en posibilidades pero a menudo también en coartadas del periodismo cibernético para considerarse novedoso. La búsqueda del hecho o el dicho más recientes, siempre consustancial al trabajo periodístico, es divisa básica del ciberperiodismo pero a menudo lo condiciona hasta desfigurarlo, o privarlo de su sentido informativo e interpretativo. En no pocas ocasiones la forma –aderezada de efectos visuales, diseños estruendosos y recursos tecnológicos no siempre indispensables– se sobrepone al fondo en el periodismo en línea.

Después de un desarrollo constante e intenso, el ciberperiodismo comienza a encontrar encrucijadas. Periodismo para todos o especializado, oferta de contenidos universal o restringida, información constantemente actualizada o reproducción de formatos y plazos de las publicaciones fuera de línea, servicios de paga o gratuitos, periodismo de escándalo o apuesta por la profundidad: allí se encuentran algunos de los dilemas que los editores de la prensa en línea deben resolver todos los días.

Recibir y responder

La interactividad es la más notable de las virtudes del periodismo electrónico. Ningún otro medio, como Internet, tiene esa cualidad para que los destinatarios de sus mensajes reaccionen, repliquen e incluso se conviertan en productores de nuevos contenidos, todo en el mismo canal.

La modalidad más plena de la interactividad es la retroalimentación. Gracias a sus posibilidades para que los mensajes circulen de ida y vuelta, la red de redes ha materializado aquella vieja y siempre incumplida aspiración de los patriarcas de las teorías de la comunicación que consideraban que mientras no hubiera plena capacidad de réplica la transmisión de mensajes era, simplemente, flujo de información. Comunicar es recibir y contestar, se decía en esos iniciales y aun indispensables esquemas. E Internet, a diferencia de los medios de propagación masiva que difunden el mismo mensaje a muchos que son simplemente receptores, ofrece esa anhelada posibilidad de respuesta. Foros de discusión, chats en tiempo real, y correo electrónico directo al ordenador del reportero o el articulista, se encuentran entre las opciones para que los destinatarios del periodismo electrónico vayan más allá de la recepción pasiva.

Pero los lectores de prensa en línea, por lo general, siguen conformándose con ser solamente consumidores. Muy pocos trascienden la costumbre de recibir mensajes sin replicar a ellos. A pesar de que tienen la posibilidad de enriquecer sus contenidos con las aportaciones de sus destinatarios, todavía son escasos los espacios periodísticos que hacen de esos foros un elemento central de su presencia en Internet. Al mismo tiempo, los visitantes de sitios de contenido periodístico casi siempre se consideran (o se comportan como) consumidores y no actores en un intercambio creativo y participativo.

Quizá suponer que los usuarios o beneficiarios de la información periodística querrán siempre reaccionar a ella constituye una quimera que, por lo demás, si se cumpliera pondría en aprietos serios a los periodistas y sus medios cibernéticos. Si todos los lectores de una página de noticias en la Red les replicaran en correos electrónicos a quienes la han creado, los editores de la prensa en línea no se darían abasto. De hecho una de las nuevas tareas de los ciberperiodistas, o incluso de aquellos cuyas contribuciones aparecen en medios convencionales en donde se indican sus correos electrónicos, consiste en leer todos los días una extensa colección de mensajes que les llegan por e-mail. Allí se encuentra una forma de retroalimentación entre el periodista y sus públicos pero, por lo general, quienes se dirigen por correo electrónico al autor de una información o una opinión en los medios siguen siendo pocos entre todos aquellos que han tenido acceso a ese contenido.

La retroalimentación todavía constituye una posibilidad solo esporádicamente explorada y no ha modificado sustancialmente el comportamiento de los lectores o destinatarios de la prensa en el ciberespacio. Muchos de ellos son consumidores condicionados por los hábitos pasivos que imponen los medios convencionales. Aunque pueden hacerlo, no tienen interés en replicar al texto que han leído en la Red y mucho menos en colocar sus propias reflexiones o informaciones en Internet.

Construir el relato periodístico

La retroalimentación de los destinatarios de la información periodística respecto de los editores y emisores de estos mensajes, puede ser un recurso magnífico del periodismo en línea pero sólo como complemento de su tarea esencial que es la difusión de las noticias y su presentación en contexto. Otra forma de interactividad, menos ambiciosa pero distintiva del ciberperiodismo, es el recorrido de un contenido a otro, siguiendo las ligas que el consumidor de noticias encuentra en las páginas de contenidos noticiosos. A esa manera de transitar por la información se le suele considerar navegación hipertextual.

El lenguaje del periodismo electrónico se sustenta en los mismos códigos expresivos de la prensa convencional. Pero cuenta con la posibilidad de tender, cruzar y sugerir referencias con otras páginas en la Red de redes. El hipertexto es una herramienta insuperable para construir el contexto de un acontecimiento. La posibilidad de brincar de una página a otra, permite que cada quien componga el panorama en el que habrá de ubicar la información que le ha interesado. Pero el hipertexto, en rigor, es mucho más que el sistema de referencias que conduce de una a otra página web.

En su sentido originario y estricto, el hipertexto es una forma de escritura en donde cada bloque de texto puede ser acomodado de diversas maneras, de tal forma que adquieren distintos sentidos de acuerdo con el orden que se les da. En la creación hipertextual el lector desempeña un papel activo al elegir cómo recorrerá –o mejor dicho, reconstruirá– el texto según sus preferencias. Un empleo más enriquecedor del hipertexto radica en la producción de un relato con la colaboración de varios autores, cada uno de los cuales añade su aportación para darle sentido a las que le han precedido. Habitualmente restringida a la creación literaria, esa modalidad podría ser útil para rescatar las miradas de varios periodistas sobre un mismo acontecimiento.

El aprovechamiento más creativo del hipertexto, desde el campo del periodismo, aun está por explorarse. Más que en la difusión de informaciones o de géneros periodísticos que no requieren especial complejidad, ese recurso de lnternet puede ser muy valioso para la presentación de reportajes. Amalgamar el texto y su contexto, vincularlo a fotografías o documentos audiovisuales, enlazar la pieza periodística con los materiales en los que se ha apoyado su autor, son opciones con las cuales puede enriquecerse la presentación de una indagación periodística.

Hipertextos y pretextos

Mientras tanto, es preciso reconocer que en algunas ocasiones el hipertexto puede ser subterfugio para la presentación de notas muy simples a las que únicamente se adereza con ligas a otras páginas web. La reducción del ciberperiodismo a reglas pretendidamente acreditadas y que establecen parámetros estrictos para el diseño de periódicos en línea se traduce, entre otras consecuencias, en la proliferación de páginas electrónicas plagadas de vínculos no siempre necesarios ni útiles para ampliar el conocimiento o el contexto de una información.

Los recursos hipertextuales son de singular provecho para ubicar, ampliar, explicar o matizar los contenidos de carácter periodístico. Pero en ocasiones las ligas a otros sitios y páginas parecieran no tener más intencionalidad que la de colorear las páginas noticiosas de vínculos seleccionados caprichosamente. Colmar una información periodística de ligas a otras páginas puede ser una excusa para no incorporar dentro de ella el contexto que le de sentido y que permita a sus lectores ubicarla y entenderla. Puede ocurrir entonces que al emplear ese recurso sin criterios profesionales, tengamos pre-textos repletos de hipertexto.

La interactividad y sus modos constituyen la zona posiblemente más promisoria pero, mientras tanto, más incierta del ciberperiodismo. Habituados a la inacción que propician los medios convencionales, muchos usuarios de la prensa en línea simplemente no se plantean la eventualidad de tener ante ella un comportamiento activo. Que lleguen a interesarse en aprovechar los recursos interactivos –desde la posibilidad de respuesta directa hasta la construcción de su propia lectura navegando en las opciones del hipertexto– depende de la utilidad que los cibernautas puedan encontrar en involucrarse en un ejercicio recíproco, rompiendo las inercias de un consumo de medios tradicionalmente pasivo.

La interactividad es un recurso pero, salvo excepciones, no constituye la finalidad principal del periodismo cibernético. Aprovechar, potenciar, profundizar y diversificar las opciones de interactividad puede dar lugar a un periodismo en línea que sea original y, a la vez , didáctico.

Velocidad, costos y riesgos

Un tercer rasgo –junto con la retroalimentación y el hipertexto– que distingue al periodismo cibernético del que se hace para medios que no se encuentran en línea, es la actualización constante de la información. La página de contenidos periodísticos que se actualiza permanentemente y en donde las informaciones más recientes aparecen durante algunos minutos, desplazando a las que a partir de entonces comienzan a ser antiguas, es expresión de la velocidad de vértigo con que circulan las noticias en la sociedad contemporánea.

Los sitios de periodismo en la Red pueden tener ventanas por las que se deslizan las informaciones como en un antiguo teletipo y, también, pueden ser actualizados con tanta frecuencia como quieran y sean capaces sus editores. Esos dos recursos le confieren a la prensa en línea una vitalidad de la que carecen muchos otros medios.

Cuando un diario imprime su edición definitiva, o cuando termina la emisión del informativo en una radio o televisora, sus productores y públicos saben que ha terminado un ciclo en la cotidiana propagación de noticias en la que están interesados. El periódico será tan efímero como el día durante el cual circula y los noticiarios en la radiodifusión inician y concluyen un ciclo en cada transmisión.

El sitio de información periodística en la Red, en cambio, constantemente puede mudar de contenidos. Gracias a esa versatilidad es factible complementar, actualizar e incluso modificar o suprimir una noticia conforme el ciberperiodista recibe nuevas informaciones. El periódico permanente, que ha sido un sueño –o más bien una pesadilla– de muchos jefes de redacción habitualmente atenazados por la ineludible hora del cierre de cada edición, en Internet puede convertirse en realidad.

Titulares, ilustraciones, columnas, secciones y desde luego las noticias que son su esencia, pueden cambiar a cada momento. Esa posibilidad permite mostrar lo último, lo más nuevo, de acuerdo con el interés de los lectores ciberespaciales que suelen buscar los contenidos más novedosos. Pero el afán para tener un sitio actualizado al segundo, puede ser una riesgosa fuente de errores, distorsiones y engaños en la prensa en línea. Cada medio impone sus respectivos ritmos a sus procesos editoriales. La edición de un diario, desde que el periodista termina de redactar su texto hasta que es procesado para imprimirlo, implica cadencias que permiten que una nota sea evaluada por varias miradas en la redacción. En la televisión y la radio, aunque de ritmos de producción más veloces, suele haber procesos de evaluación de los contenidos.

Por lo general, en los medios convencionales después de que ha sido elaborada tienen que pasar varios minutos para que una información sea transmitida. En Internet, en cambio, el proceso para colocar información es tan sencillo y su realización requiere de tan escasa división del trabajo que una sola persona puede encontrarla, evaluarla, editarla y publicarla. Por su sencillez técnica el periodismo en línea puede rescatar los acontecimientos más recientes, superando en rapidez al que suele desarrollarse en otros medios. Todo el proceso de identificación, selección y publicación puede ser realizado por unas cuantas personas e incluso, aun con frecuencia, por una sola.

La médula del blog

Los weblogs, esas bitácoras personales que pueden ser actualizadas a cada momento sin que sea necesario que quien las edita tenga conocimientos de informática, se están convirtiendo en una de las opciones más sencillas y populares de la red. Los blogs suelen exponer, con pleno consentimiento suyo, la intimidad y la vida cotidiana pero también sueños, afanes y limitaciones de quienes llevan esos diarios expuestos a la mirada de cada quien.

A los blogs los distinguen la instantaneidad con que sus contenidos quedan en una página web y, por otra parte, el enfoque personal de sus autores. Cualquier tema puede ser contemplado desde esa perspectiva que, habitualmente, es relatada en primera persona. Así, cuando están destinados a propagar contenidos noticiosos los blogs tienen la singularidad de ocuparse de asuntos públicos pero, a diferencia del enfoque habitual en los medios de comunicación convencionales, el punto de vista y el tono narrativo que asumen es explícitamente personal.

Esa personalización, o individualización de la información, subraya la perspectiva propia de cada periodista que siempre existe en el tratamiento de cualquier noticia pero que, a menudo, los medios convencionales buscan disimular e incluso negar. Con el pretexto de que la información profesional es objetiva, los medios acostumbran ufanarse de una imparcialidad que jamás resulta absoluta. La recolección, la edición y la divulgación de una noticia siempre están permeados por consideraciones subjetivas.

Pero una cosa es reconocer la subjetividad inherente al tratamiento de las noticias y otra, hacer de ella un valor periodístico fundamental. En numerosas ocasiones los blogs, más que información original, ofrecen las apreciaciones del periodista acerca de un suceso. La versatilidad y velocidad con que pueden circular las informaciones en esos sitios de la red de redes han conducido a suponer que en los blogs quizá se encuentra una nueva forma de periodismo e, incluso, una suerte de democratización en el proceso de la información.

Hay quienes consideran que gracias a los blogs se modifican los estilos tradicionales de la construcción periodística. En vez de los esquemas usuales en la profesión, que exigen que una noticia comience por anunciar el meollo del asunto y luego lo vaya deshilvanando y que se procure responder a las preguntas básicas que nos hacemos ante un acontecimiento (qué, quién, cuándo, cómo) los blogs pueden privilegiar la experiencia personal del periodista frente a ese hecho. La médula del blog, en esos casos, no es la noticia sino la posición del periodista ante ella. No todos los blogs se ciñen a ese estilo pero, por lo general, no es frecuente que en ellos exista información nueva y mucho menos periodismo de investigación, sino reacciones –comentarios, réplicas, opiniones– a los sucesos que ya han sido conocidos.

Gracias a la agilidad y al poder de esas herramientas de edición, los usuarios de los blogs pueden recoger y colocar información en línea. Pero es arriesgado decir que, de esa manera, cada bloguero se convierte en periodista. En ocasiones la divulgación de esas bitácoras abiertas permite que se conozcan ángulos peculiares, definidos por la mirada personal de sus autores. Por ejemplo, cuando ocurrieron los ataque terroristas contra las Torres Gemelas, en septiembre de 2001, varios periodistas neoyorquinos que vivían al sur de Manhattan crearon blogs para dejar testimonio de los terribles acontecimientos que les había tocado presenciar. En varios de esos espacios cibernéticos se pudieron expresar los sentimientos más directos e incluso el recuerdo personal de algunas de las víctimas, relatados por quienes las habían conocido. El valor afectivo de esos textos es indudable pero no tenemos la certeza de que hayan sido piezas específicamente periodísticas.

El periodismo siempre busca trascender en la sociedad. Su espacio natural es la esfera pública. Y hoy en día, para que una información periodística tenga relevancia pública, es preciso que sea recogida por los medios de comunicación convencionales. Los blogs pueden ser espacios de expresión, creatividad e incluso de búsqueda personales, capaces de interesar a segmentos importantes de cibernautas. También pueden ser puentes entre el periodismo y la sociedad, o entre la realidad y quienes la comunican. Pero, por lo pronto al menos, los blogs no son una alternativa a la comunicación de masas. Quizá su implicaciones más importantes se encuentras, en primer término, en la difuminación a la que contribuye entre las zonas de lo público y lo privado. Y al mismo tiempo, en la posibilidad que ofrecen para que en ellos se expresen ciudadanos que de otra manera no tendrían acceso a foro alguno.

Los blogs constituyen un fenómeno creciente, extenso y que es imposible soslayar entre los espacios de expresión e interacción de las sociedades contemporáneas. Ninguna otra forma de expresión en Internet ha tenido un crecimiento tan vertiginoso como el que los blogs han experimentado.

Recetas contra la creatividad

La libertad del blog no la suele haber en los sitios más formales del ciberperiodismo. Aunque se trata de un género muy joven, el periodismo en la Red ha comenzado a estar ceñido por normas que se imponen a la diversidad, creatividad y versatilidad que suelen ser atributos del periodismo fuera de línea.

La investigación acerca de pautas y preferencias de los usuarios de estos y otros sitios en Internet ha ofrecido contribuciones muy importantes para saber quiénes y cómo navegan en el ciberespacio, especialmente en sitios dedicados a la información periodística. Pero aun es demasiado pronto para considerar que todos los usuarios, en todas las circunstancias, reaccionarán de la misma manera ante esquemas similares de manejo informativo y diseño gráfico. Sin embargo en muchas ocasiones el boceto de los sitios de material periodístico en la Red, la disposición de sus contenidos y especialmente la dosificación que hacen de textos en beneficio de las imágenes, son definidos a partir de criterios de mercado de improbable eficacia.

Las fórmulas para diseñar y manejar información en Internet se están convirtiendo en un corsé para el periodismo en el entorno digital. A partir de ellas muchos sitios tienen estructura, criterios y en ocasiones contenidos idénticos o muy similares. A veces sin proponérselo y en otras ocasiones por falta de recursos o de imaginación, los editores de tales sitios confeccionan páginas semejantes a las que consideran que han sido exitosas y entonces, unas parecen clonadas de las otras.

El periodismo en la Red, gracias al entorno de libertad en el que se desarrolla y a la ausencia de limitaciones temporales y espaciales, tiene las mejores condiciones para desplegar todo el talento del que sean capaces sus autores. Sin embargo en no pocas ocasiones esas posibilidades quedan coartadas por la supeditación de los proyectos editoriales a las fórmulas que establecen la moda, los mitos y el marketing.

Los diseños más socorridos se convierten en paradigmas sin haber pasado por la prueba del tiempo. Con gran facilidad se construyen leyendas acerca de la supuesta eficacia de uno y otro esquema para presentar las noticias. Y ya dejan sentir su presencia las empresas de mercadeo que aseguran tener la fórmula exacta para que un sitio alcance audiencias numerosas y notoriedad en la Red.

No siempre esas recetas tienen éxito y con toda certeza puede decirse que nunca bastan para hacer periodismo, en el entorno que sea. En línea o fuera de ella, el periodismo –vale la pena reiterarlo– es búsqueda, oportunidad, sensibilidad y originalidad: los estudios de mercado y las pautas para diseñar páginas web pueden ser útiles pero no aseguran el desarrollo de ninguno de esos rasgos.

Depauperadas redacciones

Otro de los mitos alrededor del ciberperiodismo es la suposición de que basta llevar un ordenador a la sala de redacción y poner a un capturista a levantar en línea la edición impresa para que tengamos, solo por eso, auténtico periodismo digital. Los directivos de muchas empresas dedicadas a la información en tinta y papel han creído que Internet es una ventana más para hacer negocio y que solo es preciso llevar los contenidos a un sitio web y empezar a recabar cuotas de quienes los consultan. Esa forma de vanidad, o de simpleza periodísticas, ha llevado al fracaso financiero y al estancamiento editorial a millares de aventuras periodísticas en la Red.

Los medios en línea aun se debaten entre la posibilidad de cobrar o no por el acceso a sus contenidos. Hay conocidos casos de empresas que han invertido millones de dólares con el propósito de recuperarlos y acrecentarlos con rapidez y al cabo de un par de años han tenido que reconocer que el negocio en la Red, si lo hay, será a mediano o largo plazo.

Todavía no se inventa una fórmula para que la prensa en línea sea financieramente exitosa y quizá jamás la haya. No es un error querer hacer dinero con el periodismo –el cual, en la medida en que es redituable, está en mejores condiciones de alcanzar mayores públicos y mejorar la calidad de sus contenidos–. El problema, aparentemente, ha sido el intento por trasladar a la Red los criterios de comercialización y negocio que existen para la prensa fuera de línea.

Internet toda y especialmente la WWW, es un enorme, creciente y hasta ahora ilimitado mercado de contenidos. La gran mayoría de ellos son gratuitos y los internautas avezados han aprendido a obtener materiales de calidad equivalente a aquellos por los que tienen que pagar. Ese es uno de los motivos del escaso rendimiento financiero que, salvo excepciones, han tenido los proyectos periodísticos de paga en Internet.

En ese océano de textos, imágenes e incluso memoria y sensaciones que hay en Internet, la única vía para que un sitio pueda singularizarse radica en la combinación de originalidad y calidad que logre ofrecer. Allí es donde falla el esfuerzo de una gran cantidad de publicaciones digitales.

Entre otras expresiones del escaso impulso que las empresas de este ramo invierten para hacer periodismo en línea se encuentra el poco respaldo que suelen tener los grupos a cargo de las ediciones digitales. Dos o tres redactores, con escasos recursos y a veces sin formación periodística práctica, son a menudo el motor, el alma y el soporte único de las publicaciones para la Red. Una investigación sobre las rutinas profesionales en cuatro redacciones para periodismo en línea en Cataluña encontraba: “La vida diaria en esas redacciones está lejos del modelo ideal. El trabajo de los periodistas en línea es pobremente considerado por sus contrapartes tradicionales y por ellos mismos. Las rutinas cotidianas ayudan para ello, obligando a los reporteros en línea a producir breves y rápidas piezas informativas” [4].

Rapidez no es calidad

La rapidez constituye una virtud del periodismo y especialmente del que se difunde en línea. Pero la prisa suele ser enemiga de la reflexión. Cuando un sitio de periodismo en línea tiene como prioridad la publicación de informaciones casi al mismo ritmo en que se están produciendo, no solo aumenta el riesgo de equivocaciones como indicamos antes. Además, esa urgencia tiende a desplazar una de las funciones básicas del periodismo que es, después de la información, la explicación de los acontecimientos. Más rapidez puede significar más abundantes e incluso apabullantes contenidos, pero no necesariamente mejores ni más originales elementos que ayuden al usuario de la prensa en línea a entender las realidades de las que se está enterando.

Desprovisto de limitaciones de tiempo y espacio, el periodismo en línea puede renovarse constantemente. Pero ese periodismo entendido como flujo permanente de noticias, pocas veces se propone tomar distancia respecto de los hechos de los cuales informa. En muchas ocasiones contribuye a la infoxicación pero no a la interpretación, que es una de las tareas básicas de la prensa.

En cualquier formato el periodismo tiene responsabilidades. Por eso es pertinente que en línea, o fuera de ella, los periodistas hagan explícitos los parámetros con los que manejan la información. Los temas habitualmente reconocidos como necesarios para la ética del periodismo impreso son los mismos que es pertinente practicar, y reivindicar, en el periodismo digital. Ya que la facilidad y la rapidez para difundir informaciones constituye una de las virtudes pero también uno de sus riesgos, los principios de ética periodística (acreditar las fuentes, distinguir entre información y opinión, rectificar falsedades, respetar la vida privada de la gente y la autoría de otros colegas, etcétera) son especialmente necesarios para el periodismo en línea.

Ciberperiodismo y ciudadanos

Pero la responsabilidad periodística, en la sociedad contemporánea, no se agota en las conocidas aunque frecuentemente incumplidas cantinelas que prescriben los códigos de las redacciones. Una concepción avanzada y desde luego ambiciosa de ética le atribuye al periodismo –y a los medios de comunicación en general– el compromiso de contribuir a que la sociedad no sólo esté más enterada, sino mejor enterada de los acontecimientos. Se trata, en esa perspectiva, de informar para que la gente entienda y no únicamente sepa, se entretenga o se estremezca. La profesora Adela Cortina, de la Universidad de Valencia, ha explicado esa posibilidad al referirse a la construcción de una ciudadanía mediática en donde los destinatarios de la comunicación de masas puedan constituir “una opinión pública madura y responsable en esa esfera de la discusión abierta que debería ser la médula de las sociedades pluralistas”. Mejor y más libre información, diversidad de opiniones, deliberación pública y con razones –y, añadimos nosotros, no solo respaldada en impresiones o emociones– forman parte de las prácticas que pueden conducir a que tengamos no sólo consumidores, sino ciudadanos en y delante de los medios de comunicación [5].

“Sentirse ciudadano –dice Cortina– exige, entre otras cosas, saberse reconocido en la propia sociedad”. Internet, con sus capacidades para la interlocución permanente y extensa, la explicación sin limitaciones de espacio ni conceptuales y el contexto comprensivo y minucioso, pareciera el medio idóneo para practicar y promover ese periodismo socialmente responsable y de calidad no solo profesional sino, también, ética. Pero en ella también hay indolencias y tentaciones capaces de reproducir las imperfecciones más conocidas del periodismo. Errores y engaños, simplificaciones y exageraciones son, entre otros defectos, algunos rasgos del periodismo en la Red.

Por eso es pertinente reiterar que, más allá de la plataforma tecnológica que lo distingue, el ciberperiodismo es, antes que nada, periodismo. Y que en tal virtud los cánones de esta actividad están vigentes independientemente de que la practiquemos para ser leída en papel, presenciada en los medios de radiodifusión o consultada en Internet. La red de redes puede ser un escenario formidable para practicar un periodismo competente, responsable, inquisitivo e inteligente. Pero en ella también pululan los más añejos problemas de la prensa y los periodistas.

Quizá en Internet la prensa convencional pueda tener el contraste que la obligue a ser tan rigurosa consigo misma como suele serlo con el resto de los actores sociales y políticos. Acaso en el ciberespacio podamos cimentar un periodismo capaz de contribuir a la misión que Ortega y Gasset buscaba para la Universidad, de la cual pretendía: “metida en medio de la vida, de sus urgencias, de sus pasiones, ha de imponerse como un ‘poder espiritual’ superior frente a la Prensa, representando la serenidad frente al frenesí, la seria agudeza frente a la frivolidad y la franca estupidez” [6]. Un periodismo en la Red que recupere las mejores virtudes y que intencionalmente resista excesos y errores del periodismo en otros formatos, sería el que mejor podría rescatar la nobleza de esta actividad y la generosidad del espacio abierto y libre, repleto de futuro, que es Internet.

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[1] Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México. rtrejo@servidor.unam.mx

http://raultrejo.tripod.com

[2] José Ortega y Gasset, Misión de la Universidad, 1930

[3] Gabriel García Márquez, “El mejor oficio del mundo” Palabras ante la 52 asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa. Los Ángeles, 7 de octubre 1996. http://www.fnpi.org/biblioteca/biblioteca-mejor-oficio.htm

[4] David Domingo Santamaría, Professional routines and values in Catalan online newsrooms: online journalism in real contexts. II Congreso Online del Observatorio para la Cibersociedad. Grupo de trabajo 89, Periodismo en Internet: ¿nuevos medios o viejos paradigmas? Noviembre de 2004. http://www.cibersociedad.net/congres2004

[5] Adela Cortina, “Ciudadanía mediática” en El País, Madrid, 24 de noviembre de 2004. Desde hace años el investigador Néstor García Canclini ha insistido en esa distinción en obras como Consumidores y ciudadanos. Grijalbo, México, 1995.

[6] José Ortega y Gasset, cit.

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Rasgos de la Sociedad de la Información

Publicado por rtrejo on Octubre 17, 2007

Tomado de la revista Telos , julio-septiembre de 2007

Manuel Parés i Maicas
Editorial ILCE /Gedisa. Raúl Trejo Delarbre. Viviendo en el Aleph. La Sociedad de la Información y sus laberintos
Barcelona, 2006

El autor nos ofrece un interesante estudio sobre la Sociedad de la Información (SI), que ofrece la particularidad de constituir, a la vez, un homenaje a Jorge Luis Borges, puesto que tanto el título como cada uno de los epígrafes hacen referencia a textos de este gran escritor argentino. Su punto de partida es que en Borges podemos encontrar «alusiones que nos permiten reconocer, anticipados, algunos de los trazos básicos que definen ahora a Internet y a la Sociedad de la Información. El Aleph borgeano es una hermosa metáfora y precursor aviso no sólo de la vastedad fabulosa de la red de redes, sino también de sus contingencias y paradojas» (pág. 19).

Esta breve nota introductoria nos permite subrayar la relevancia del trabajo que es objeto de este comentario. Trejo Delarbre señala que los recursos de la SI no cambiarán por sí mismos la humanidad, ni extirparán sus defectos y adversidades. Si se puede comparar la SI con Internet, dada su complementariedad, podemos afirmar que por su extensión son un considerable arcano; por su diversidad, un calidoscopio; y por su contenido y capacidad, una biblioteca. Pero todo ello –señala el autor de Viviendo en el Aleph– no es suficiente para representar la variedad de enfoques y visiones del mundo, un inmenso, intenso y polisémico laberinto.

A renglón seguido, trata sobre las posibilidades de la SI y de Internet, su presencia global y regional, sus dificultades locales y sus características y funciones.

En lo que concierne a la Cumbre de la SI, de Ginebra de 2003, ofrece una breve visión de la misma y destaca los temas que considera pendientes: los escasos resultados en la disminución de la brecha digital y en la governanza de Internet. Indica que las resoluciones adoptadas fueron influidas por el gobierno estadounidense y por las principales compañías de informática y radiodifusión.

Definiciones sobre la SI

En relación con Internet, el autor destaca que es el medio más influyente surgido de la digitalización y de las telecomunicaciones. Es interesante la mención de Trejo Delarbre sobre las calificaciones que Google ofrece de la SI, de las que recoge las siguientes: a) es una red para la gente; b) es una prioridad mayor para el gobierno; c) es un proyecto en el que el conocimiento tiene una posición central; d) está en el corazón de lo político; e) no es ideológicamente neutral; f) es un término empleado para describir una sociedad y una economía que hacen el mejor uso posible de las tecnologías de la información y de la comunicación; g) es tan deseable como ineluctable; h) es la que mejor capacita a la gente para realizar sus aptitudes y cumplir sus aspiraciones; i) está siendo generada en varios países; j) es el impacto de la tecnología de la información y de las comunicaciones en toda la economía y en la sociedad civil.

La definición que Trejo Delarbre considera más apropiada para definir la SI –la cual no fue aceptada por la mayoría de los gobiernos y fue soslayada en el encuentro realizado en Ginebra– es la siguiente: «Es una nueva forma de organización social, más compleja, en la cual las redes TIC más modernas, el acceso equitativo y ubicuo de la información, el contenido adecuado en formatos accesibles y la comunicación eficaz deben permitir a todas las personas realizarse plenamente, promover su desarrollo económico y social sostenible, mejorar la calidad de vida y aliviar la pobreza y el hambre». A título personal coincido con el criterio del autor.

Rasgos de la SI

El último capítulo de Viviendo en el Aleph formula la aportación más importante de esta obra al identificar veinte rasgos definitorios de la SI: 1) la desigualdad, originada por la actual economía de mercado; 2) la exuberancia de datos y contenidos, reflejada en la WWW; 3) la irradiación de contenidos y formatos, que definen la globalización actual, y la construcción de redes sociales; 4) la omnipresencia de accesos a la SI, pero matizada por la desigualdad en la presencia en los medios; 5) la ubicuidad, que permite el uso del ordenador en los lugares más distantes; 6) la velocidad en las formas de socialización y de apropiación cultural, pero que también origina un consumo superficial de la información; 7) la inmaterialidad respecto a los aspectos físicos de la obtención y transmisión de datos; 8 ) la intemporalidad en la crisis de los parámetros cronológicos, y el riesgo de caducidad de la información; 9) la innovación en función del desarrollo tecnológico y su utilización mercantil; 10) la volatilidad de los contenidos, como una forma de incertidumbre; 11) la multilateralidad o la variedad, y la concentración en las sedes globales de las que proceden muchos de los contenidos de la SI; 12) la libertad o la posibilidad de que por Internet circulen contenidos de todo tipo, a diferencia de lo que ocurre en los medios de comunicación convencionales, con la contrapartida de la vigilancia y el control que puede establecerse en la SI; 13) la interactividad, a diferencia de lo que sucede en los medios convencionales; 14) la convergencia de diferentes artefactos y formatos, que originan el desarrollo de medios multifuncionales, los cuales, frecuentemente, obedecen más a intereses de lucro que a las necesidades reales de los posibles usuarios; 15) la heterogeneidad de la circulación de los más diversos contenidos y temas; 16) la multilinealidad de posibilidades en la arquitectura de Internet como en las formas de obtener una información; 17) el enmascaramiento en el juego de identidades en el chat o en los videojuegos, así como la intensa implicación en Internet; 1 8) la colaboración que se expresa tanto en acciones solidarias como en proyectos intelectuales que no serían concebibles sin el soporte de la Red; 19) la ciudadanía, que implica; a) el reconocimiento de pertenecer a territorios singulares en el universo informático; b) la visión cosmopolita adquirida por los usuarios de las redes; c) las implicaciones que la SI pueda tener en la consolidación del espacio público, base del sistema democrático actual; 20) el conocimiento para que la información tenga este carácter, así como la alfabetización informacional.

He expuesto prolijamente, pero a la vez sucintamente, los mencionados rasgos porque constituyen, a mi entender, la columna vertebral de un interesante y oportuno estudio, que acredita la relevancia de la investigación en América Latina, y específicamente, en México, ámbito en el cual el autor es un distinguido investigador.

Como colofón de su aportación, termino este breve análisis haciéndome eco de una afirmación de Trejo Delarbre: «La información no es conocimiento y el conocimiento no es sabiduría. Jamás es suficiente por sí sola. Sin ella no hay ciudadanía posible en la sociedad del conocimiento» (pág. 238). Sin duda, esta reflexión merece una profunda consideración, que espero que el autor desarrolle en futuros trabajos.

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Tonos del celular: proclamas estéticas en miniatura

Publicado por rtrejo on Septiembre 6, 2007

Nexos, número 356, agosto de 2007.

 

 El año pasado había más de 2300 millones de teléfonos celulares en todo el mundo. Se trata, en cifras aproximadas, de un celular para cada 2.7 personas. Los teléfonos móviles prácticamente duplican, ya, a los de carácter fijo (que en 2006 eran alrededor de 1300 millones). La posibilidad de hacer y recibir llamadas sin estar atadas a la línea alámbrica ha cambiado hábitos y capacidades comunicacionales de las personas en todo el orbe.

   A la vez que nos ha hecho más libres, el celular nos ha creado nuevas dependencias. El teléfono portátil no solo nos vuelve ubicuos. Además suscita novedosas formas de comunicación y expresión que van desde el intercambio de mensajes de texto hasta la creación de cadenas de usua